La historia de un pionero: Gabriel Vallejos, el nadador paralímpico que fue libre en el agua
A días de la inauguración de los Juegos de Tokio, recordamos a quien inició el camino de Chile en Barcelona 92 y obtuvo una medalla en Atlanta, aunque luego se la arrebataron. Vallejos le ganó a un diagnóstico fatal que solo le daba seis años de vida. Contador auditor de profesión, a sus 53 años sigue buscando reparación por haber nacido sin tres de sus cuatro extremidades, por culpa de un medicamento alemán que dejó a cientos de niños con malformaciones congénitas en el país. “Hice las paces con mi discapacidad”, dice el oriundo de Independencia. Esta es su historia.
El 11 de agosto de 1968, en una sala de la desaparecida Clínica Carolina Freire del centro de Santiago, Benjamín y Yolanda, padres de Gabriel Vallejos Contreras, aceptaron que la vida de su hijo sería efímera. "Seis meses. Quizás un par de años", fueron las palabras del médico cuando los progenitores preguntaron sobre la esperanza de vida del recién nacido. Por eso, convencido de que iban a tener que enterrarlo demasiado pronto, el padre decidió nombrar a su retoño Ángel Gabriel, por el santo católico. La madre, en tanto, no podía dejar de pensar en el sobre con pastillas que le entregó su ginecólogo cuando iniciaba su embarazo.
Gabriel Vallejos, contador auditor de 53 años y oriundo de Independencia, está sentado en su pequeña oficina en calle Fermín Vivaceta. Mientras conversa, se mueve con naturalidad: escribe en el computador, toma apuntes en una libreta, contesta su celular, prende un cigarro. Nada le cuesta, pese a que nació sin sus dos extremidades superiores, y solo con una pierna. Dos muñones y un dedo en el brazo izquierdo son suficientes. La rutina de Vallejos, exnadador paralímpico, no se ve interrumpida en lo absoluto.
“Mi discapacidad es producto de la talidomida, un medicamento que se le entregaba a las mujeres embarazadas para controlar las náuseas en los años 60, y que resultó tener consecuencias en los bebés. El diagnóstico era que no iba a vivir mucho, pero acá estoy”, cuenta Vallejos, con una pequeña sonrisa en su rostro.
“Nunca tuve una infancia reprimida. He aprendido a los golpes. La primera vez que me serví un café solo, obvio que me quemé, pero la segunda vez supe cómo tenía que hacerlo, y listo. Y así con todo. Salí de la zona de confort a la fuerza, corriendo riesgos a diario. Estar en la calle es un riesgo constante, pero ¿quién no corre riesgos en la vida?”, reflexiona.

Vallejos nadando en la piscina de la Universidad de Chile. Allí empezó con la natación y entrenó durante más de una década. Fue a tres Juegos Paralímpicos. Foto: Archivo personal
En las paredes de su oficina hay una treintena de cuadros, diplomas y fotos. Vallejos muestra una imagen suya en la piscina y recuerda sus inicios en la natación, un deporte que lo llevó a disputar tres Juegos Paralímpicos. “La primera vez que vi una piscina fue a los 8 años, en el recinto de la Universidad de Chile y en una actividad deportiva del colegio. Antes, la masa más grande de agua en la que me había sumergido era la tina de mi casa. Tampoco conocía el mar”, confiesa el exdeportista.
Por esa razón, cuando la profesora animó a los niños a meterse a la piscina, Vallejos –como pocas veces en su vida– dio un paso atrás y se fue a su casa.
El susto duró poco. “Me metí a la clase siguiente. Con alitas y con ayuda. De inmediato supe que era la mío. A los 11 años ya iba a competencias y me invitaban a participar en todas las actividades que había para discapacitados, en Santiago y en regiones. Ganaba todas las carreras. Era increíble estar en el agua”.
–¿Qué sentía?
“La natación me dio la libertad que no tenía en mi vida diaria. En el agua era un pez. No me costaba nadar. Me sentía libre. Me podía mover sin dificultad. Cuando niño me pusieron piernas ortopédicas y no me gustaba, me las sacaba. No era natural. En la piscina podía ser yo mismo”.
A los 22 años, Vallejos –quien dominaba los torneos nacionales– fue a su primera competencia en el extranjero, en Mar del Plata (Argentina). “Era algo soñado representar a Chile, imagínate. Allí, en ese torneo y gracias a conversaciones con unos nadadores europeos, me enteré por primera vez que se hacían Juegos Paralímpicos cada cuatro años. En ese momento, mi sueño cambió y pensé: quiero llegar ahí”.
ROZANDO LA MEDALLA
Dos años después de aquel certamen en Argentina, a las oficinas del Comité Olímpico de Chile llegaron dos invitaciones para participar de los Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992. Chile nunca había asistido a un torneo de ese nivel. Uno de los cupos fue entregado a Vallejos. El otro fue para el pesista Víctor Valderrama. “Cuando me llamaron no lo podía creer. Íbamos a ser los primeros chilenos en unos paralímpicos. Fue una noticia espectacular”, recuerda el santiaguino.
Y sigue: “Yo al tiro me mentalicé en conseguir una medalla. No quería ir a pasear, eso lo tenía claro. A todos los Juegos viajé con esa idea”.

Vallejos con su inseparable bicicleta previo a competir en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000. Fue su última cita de los cinco anillos. Foto: Craig Golding
Estuvo cerca de la presea: en España fue cuarto en los 50 metros espalda. Tuvo revancha en Atlanta 1996, pero de nuevo se le negó el podio, pese a tener la medalla en su poder: Vallejos había terminado cuarto en la final de los 50 metros mariposa, pero la descalificación del nadador griego Antonios Giapoutzis, que había quedado tercero, le cedió el puesto en el podio al chileno. Una gloria que solo duraría unos meses: finalmente, la decisión de quitarle la medalla al atleta europeo –por una mala brazada– fue revertida, y Vallejos se quedó sin el bronce.
“Ese tercer lugar lo perdí porque las autoridades chilenas de la época no pelearon en los escritorios para que ese bronce quedara en mi poder. Pero a mi no me importó. Yo igual me quedé con la medalla. La tengo en mi casa, no la devolví, y me siento ganador de ese tercer lugar, pese a que oficialmente salí cuarto”, dispara el chileno, quien también logró un segundo lugar en el Mundial de Natación de 1998 y una decena de medallas en eventos continentales.
En Sidney 2000 disputó sus terceros y últimos Juegos. Esa vez tampoco hubo metal. “Me retiré de la natación después de ese viaje a Australia. Ya tenia 33 años, y estaba postergando mi carrera profesional. Me costó mucho dejar el deporte. Tuve depresión varios meses. Fue algo insoportable. Pasaba todo el día en la piscina, y de repente me quedé con mucho tiempo libre. Fue difícil acostumbrarme. Pero di vuelta la página: tres meses después de retirarme encontré esta oficina, y acá me quedé. Me gusta mi trabajo, aunque no me apasiona tanto como la natación”.
–¿Y a la piscina, volvió?
“No”.
–¿Ni siquiera a nadar un rato?
“Desde Sidney 2000, creo que me he metido tres o cuatro veces a una piscina”.
–¿Por qué?
“Es que no me gusta nadar por nadar. A mí me gustaba la competencia, y ese tiempo ya pasó para mí”.
LA PELEA FUERA DEL AGUA
“Me siento un poco encerrado en estas cuatro paredes”, admite Vallejos, mientras fuma un cigarrillo. “Me agarró el pucho cuando dejé el deporte”, apunta.
El exatleta aprovechó la pandemia para meditar sobre un nuevo proyecto. “Quiero hacer charlas motivacionales. En algún momento hice, pero quiero retomar. Durante mi vida he logrado ser totalmente autovalente, pese a mi condición. Eso quiero transmitirlo, motivar. Hay muchas personas discapacitadas que se quedan esperando que los ayuden, y la sociedad aún nos ve como seres caritativos. Eso debe cambiar”, dice.

El exnadador participa activamente de la agrupación Vitachi, que reúne a las personas que sufrieron malformaciones congénitas debido al uso del medicamento Talidomida en los años 60. En la foto, Vallejos aparece en una marcha del colectivo. Foto: Vitachi
No es la única lucha que tiene Vallejos desde que se retiró de la natación. En 2010 se creó la Vitachi (Víctimas de Talidomida en Chile), organización que busca la reparación por parte del Estado hacia las personas que nacieron con alguna malformación congénita debido a este medicamento de origen alemán. El exnadador es uno de sus directores.
“He ido al Congreso, he participado en marchas, y me he juntado con autoridades. Hemos logrado algunos beneficios, pero no es suficiente. La responsabilidad es del Estado chileno. Las autoridades de la época sabían que este medicamento hacía daño, tenían la información, e igual autorizaron su uso. Eso está comprobado. La única vez que recibimos ayuda y una respuesta fue porque amenazamos con hacer una huelga de hambre. Después nunca más nos han escuchado. Doce años sin tener respuestas a las cartas que hemos enviado a los gobiernos de turno. Hay medio centenar de afectados en el país según los registros de la agrupación, pero se calcula que debe haber otros cincuenta más en Chile”, alega.
“Hace poco supe lo mal que lo pasó mi mamá después del parto. Estuvo con mucho estrés por como nací. Tanto que ni siquiera podía verme. Supe que pasé los primeros meses viviendo con una tía. Por mucho tiempo era yo quien le decía a mi mamá que ella no tenía la culpa de todo esto”, revela Vallejos.

Gabriel Vallejos apoyado en su bicicleta, en su oficina de contabilidad en Independencia, donde recibió a "El Mercurio". Atrás, dos afiches que retratan su participación en Juegos Paralímpicos. Foto: Diego Aguirre
El contador auditor suspira. Ya es hora de cerrar la oficina. Mientras ordena sus cosas, muestra con orgullo su bicicleta, esa que montará en un par de minutos para llegar a su departamento, ubicado a seis cuadras de su trabajo. Es su fiel medio de transporte.
“Esta bicicleta tiene 37 años. Se la regalaron a mi hermano cuando cumplió cinco años. Yo, que era un par de años mayor que él, vi la bicicleta y me dieron ganas de usarla. Me acomodé y anduve como pude. Todos los días llegaba un poco más lejos. Desde ahí que no la solté más y la bici se transformó en mi transporte. Literalmente la llevo a todos lados. Arriba del metro, de la micro, del taxi. Fui a todos los Juegos Olímpicos con la bici en la maleta. Desfilé en los estadios olímpicos con la bici. Hace cinco años me la robaron y casi me muero. Menos mal apareció tirada por ahí y me la devolvieron”, relata.
–¿Cómo resume su vida hasta ahora?
“Me siento muy contento por lo que he conseguido. Me entregué al máximo en la natación. Viví experiencias maravillosas. He luchado por las cosas que siento que son justas. Pero no me quedo con eso. Aún tengo muchos otros objetivos por cumplir”.
–¿Siente rabia por la negligencia médica que lo dejó en esta condición?
“No, yo hice las paces con mi discapacidad. Yo estoy donde tengo que estar, y listo. Durante mucho tiempo me resentí con Dios por haber nacido así. Me preguntaba, ¿por qué yo? Pero ahora ya no me cuestiono nada. Al revés, estoy agradecido de ser como soy, un apasionado de la vida. Yo tengo una frase, que siempre digo: ‘No por el hecho de que a un árbol le faltan ramas, va a dejar de dar frutos. Yo soy un árbol que da frutos. Mi espíritu no tiene discapacidad”.
Diego Aguirre Diez
es periodista de Deportes El Mercurio desde 2016, especialista en el área polideportiva, cubriendo tenis, golf, rugby, atletismo, básquetbol, entre otras disciplinas.







