Santiago de Chile.   Sáb 04-04-2026
1:47

El día en que Omar Aguilar corrió como nunca

Estampó la mejor marca chilena de maratón en 1988 corriendo en Rotterdam. El detalle de la brutal preparación de un atleta hasta ahora insuperable en la distancia. Una reconstrucción inédita 32 años después.
Claudio Herrera de la Fuente07 de junio, 2020
“Yo era un comando que corría maratones”. La confesión de Domingo Omar Aguilar Cárdenas (1959) ayuda a descifrar la fortaleza mental que dio fama al atleta puntarenense.

El fondista empezó a labrar su carácter en la Isla Picton, enfilado en la marina durante los 70. “Uno como infante no piensa, actúa. Sigues órdenes y cumples el objetivo. Me tocó un periodo muy duro, con el agua hasta las rodillas, dispuesto a todo. Estábamos en zona de mucho pantano y para poder correr con un machete tenía que hacer los senderos, me decían ‘el loco’, pero era la única forma de mantenerme corriendo”, recuerda Aguilar, testigo del conflicto bélico que libró Chile con Argentina por la soberanía de territorios australes.

La esencia del “Pingüino” era correr siempre al límite de sus posibilidades. A la fuerza fue aprendiendo a regular las energías desmedidas. No pocas veces llegó al colapso. “No toleraba la derrota y corría más allá de lo que mi cuerpo podía, hasta a un punto donde se me nublaba todo y me desplomaba. Fueron como tres veces que me sentí la borde la muerte, una vez fue en la San Silvestre (fue segundo en la edición 1986)”, admite.

Con los años entendió que había momentos para desbocarse y otros para correr con la cabeza. En 1985, ya con 25 años y con un palmarés abultado en 5 mil y 10 mil metros, decidió probar su valía en el maratón. Debutó en el evento santiaguino de la Química Hoechst y venció con cierta holgura: 2 horas 21 minutos y 55 segundos.

“Omar era un gran corredor de 10 mil metros y diría que formidable en los 5 mil, que por su capacidad también era capaz de correr maratones; muscularmente muy potente, pero al mismo tiempo tendía a intoxicarse (con ácido láctico) más rápido porque tenía mucha masa muscular. Su tren superior era muy fuerte, era capaz de hacer una prueba que para cualquier fondista es muy compleja: subir la cuerda por lo menos diez metros hacia arriba, sólo con ayuda de los brazos”, es la radiografía de su emblemático entrenador Jorge Grosser.

UN PLAN DE 14 SEMANAS


De cara a Juegos Olímpicos Seúl 1988 el atleta decidió intentar en el maratón y para ello buscaría la marca respectiva en Rotterdam, circuito ideal por altimetría y clima, y que por aquellos años albergaba los récords planetarios en la máxima distancia.

El plan trazado comenzó el última día de 1987 con un periodo básico en Viña del Mar. El inicio fue complejo. Molestias físicas truncaron los primeros 14 días del microciclo. Apenas 68 kilómetros alcanzó a correr en la primera semana y en la segunda debió parar por completo, obligado a someterse a “tratamiento y reposo”, según reza la libreta personal donde Aguilar detallaba cada rutina y sensación del proceso.

Recién en la tercera semana, el cuerpo del atleta fue capaz de sostener la carga pauteada: 165 kilómetros, segmentados en jornadas por el Jardín Botánico, Laguna Sausalito, el borde costero y una ruta en el antiguo camino a Lo Orozco. La meta era completar la prueba en menos 2 horas y 14 minutos, crono requerido para lograr el boleto a China.


Las cuatro semanas venideras fueron incrementando la densidad de kilómetros: anotó 195, 213, 219 y 219 de forma sucesiva. Una molestia isquiotibial obligó otra vez a alterar a curva: solo 104k fue capaz de soportar en la semana siguiente. A la novena volvió a la exigencia máxima: 196, 222, 144 (compitió en un medio maratón en Punta Arenas), 118, 200 y 177 kilómetros fue el registro exacto antes de emprender viaje a Holanda. En rigor, en enero Aguilar acumuló 428 kilómetros, en febrero otros 755 y en marzo cifró 780.

El lunes previo a la carrera se embarcó junto en un viaje que comprendió escalas en Buenos Aires, Río de Janeiro, Frankfurt y Amsterdam antes de recluirse en Rotterdam. El día previo a evento Aguilar y Grosser asistieron a la reunión técnica, donde se ajustó la labor de las ‘liebres’. En el cónclave se acordó dividir a los ‘pacer’ en dos grupos: el primero avanzaría a tres minutos cada mil metros para atacar el récord del mundo vigente (2h07:12, del portugués Carlos Lopes) y el siguiente “tiraría” para cruzar la meta en 2h12. “Ahí te vas tú, en el segundo”, le dijo decidido Grosser a su pupilo. El puntarenense asintió nervioso.

LA CARRERA


Aguilar despertó temprano el domingo 17 de abril, hace 32 años. El día marcaba 13° de temperatura y una humedad de 90%. Dos horas antes de la largada bebió café y engulló dos tostadas con mermelada. El “Pingüino” tenía un particular ritual para entibiar los músculos: prefería rodar lejos de las cámaras y rivales, y recién entraba a escena sobre la hora. Reconoce que aquello lo fortalecía. Pero en Rotterdam los favoritos eran otros y su lucha era exclusivamente contra el reloj.

La partida demarcó de inmediatos los dos pelotones acordados. Cada cinco kilómetros un reloj instalado en el trazado mostraba los minutos transcurridos y aquello tranquilizaba al chileno, porque según los parciales estipulados iba con casi un minuto a favor, y su cuerpo no daba indicios de fatiga. “Se planificó una carrera pareja, aunque a Omar de verdad le gustaba otra cosa: correr adelante, tipo (Emil) Zatopek digo yo, a cagar como se dice, hasta donde aguantara. La mayoría le temen a esa sensación y prefieren ir atrás, él era como (Edmundo) Warkne, muy agresivo”, reconoce Grosser.

En el kilómetro 25 Aguilar enfrentó el primer dilema, casi existencial a esa altura: “Íbamos dos minutos por sobre el tiempo estipulado y por un momento dudé: sigo rápido o me quedo atrás. Mi mente me decía ‘este no es mi paso’, iba tres o cuatro segundos más rápido por kilómetro de lo que debía, pero miré para el lado e iba encajonado, ya no podía salirme del grupo”, recuerda.

En el kilómetro 35 el segundo pelotón se redujo a cuatro atletas e internamente Aguilar estaba convencido que lograría la tarea. Pero el tramo final le tenía reservado un sufrimiento extra: su gemelo derecho se endureció como una roca. “La calle nunca es totalmente pareja y uno se desbalancea, yo zigzageaba buscando el plano”, observa Aguilar, que llevaba el dorsal 34 en su día de gloria.

El sureño decidió obviar la molestia y enfrentó el remate con las escasas fuerzas que le quedaban. En la recta final todos empezaron a dar zancadas con las puntas de los pies, decididos a vaciar el estanque.
El último tramo tenía carteles apostados cada 100 metros, señalizando la distancia que restaba hacia la meta. Mientras más adelante el etíope Belayneh Dinsamo ya había ganado con récord (2h06:50), Aguilar estaba a 500 metros del arco final Aguilar y vio que el reloj apuntaba dos horas y 11 minutos. Dice que escuchaba aplausos, pero su noción se volvió difusa, no se atrevió a mirar atrás y apuró lo que más pudo. Cruzó la meta en 2 horas 12 minutos y 19 segundos. Ni siquiera se percató que sobre la línea de meta lo superó el japonés Toshihiro Shibutani. Llegó en 8° lugar. Nunca antes ni después un chileno corrió tan rápido un maratón.

LA MENTE


De regreso, sentado arriba del avión que lo depositaría a España y todavía con las endorfinas frescas, el “Pingüino” sintió la necesidad de escribir en su libreta, casi un diario de vida de la gesta.

“Trece de cada 100 corredores sucumben, ¿qué ha pasado entonces? Tuve que recordar el tiempo que he llevado una fuerte preparación física que me permitió afrontar este desafío. Durante meses los entrenamientos han sido diarios, he tenido obstáculos: viento, lluvia, cansancio, soledad. Es curioso, una sesión de 20 kilómetros en la parte final se hace insufrible, como si el organismo ya no pudiese más; lo mismo se siente en un 10k, pero el cuerpo se ajusta y se programa para lo que dicta la mente. Hasta la meta sientes esa sensación, después desaparece y todo funciona a la perfección, no existe el cansancio”, escribió de puño y letra.

“Hasta el kilómetro 25 el ritmo de carrera era muy superior al de los entrenamientos, la conciencia recomienda detenerse, no lo hice y nadie lo hace, parece absurdo prolongar el esfuerzo, pero el reto es para superarlo”, estampó luego.

Claudio Herrera De La Fuente

es redactor de Deportes El Mercurio, especializado en fútbol y en atletismo de fondo, especialmente en maratón y pruebas de ultradistancia, con más de 20 años de experiencia en periodismo escrito.

Relacionadas
A fondo con...