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La vida en EE.UU. de Jeremy Laprida, el mejor jinete de Chile

Después de ganar el Derby y el Gran Premio Latinoamericano, viajó a Filadelfia en busca de un sueño: llegar al Salón de la Fama de la hípica. Quiere cumplir la promesa que le hizo a su padre, fallecido hace 17 años.
Raúl Neira08 de agosto, 2020
Jeremy Laprida tenía solo ocho años, pero recuerda cada uno de los detalles. “Fue el 20 de julio de 2003… Siempre acompañaba a mi papá, pero ese día estaba con mi mamá en la casa de su hermana: se iba a cortar el pelo, porque la operaban de cáncer. Encendimos la televisión para ver las carreras. Y en la primera vino la rodada…”.

Sucedió en el hipódromo Isidro Bosh de Antofagasta. Francisco Laprida, de 35 años, montaba a Roico, cuando la silla le jugó una mala pasada y cayó. “El caballo de atrás lo pisó… Llamaron a mi mamá para avisarle que lo llevaban al hospital, estaba grave. Yo me quedé en la casa. Tenía las costillas fracturadas, el corazón perforado, el pulmón igual… Murió”, recuerda.

A Jeremy Laprida siempre le gustaron los caballos, pero dice que la partida de su padre generó un lazo todavía más fuerte: “A él lo acompañé siempre, lo veía como superhéroe, entonces quería ser jinete desde chico. Era todo para mí. Cuando lo estábamos velando, le prometí que iba a ser jinete. Y siempre me decía que tenía que ser mejor que él”.

—¿Nunca sintió miedo?

“No, al contrario; es una profesión muy riesgosa, lo sé, lo tengo asumido. Murió mi papá, varios jinetes han perdido la vida. Y todos los días está el riesgo. Lo tengo asumido, pero cuando las cosas estén por pasar van a pasar. Aunque miedo no voy a tener nunca”.

Laprida y uno de sus triunfos más memorables: montando a Ya Primo se adjudicó El Derby 2019. Crédito: Photosport

—Antes de ser jinete, usted pudo ser futbolista.

“Cuando mi papa murió, mi mamá me quitó la hípica, no me dejó ir más. Fueron tres años fuera. Empecé a jugar a la pelota, también bailaba, eran mis pasatiempos. Me iba bien, me fui a probar a Deportes Antofagasta, quedé, hice una pretemporada. Estaba en la Sub 15, jugaba de ‘6’, de contención, me desenvolvía bien. El problema es que yo iba de mala gana. No quería. Era flaco, bajito, pero había que trabajar pasa sacar más cuerpo, fuerza. Yo no quería, porque si crecía más de la cuenta y sacaba músculos no iba a poder ser jinete. Después conversé con mi mamá y le dije”.

—¿Qué le dijo?

“Le pedí a mi hermana que me ayudara; le expliqué que ser jinete era mi sueño, que cuando estuviera grande le iba a doler sacarle en cara que no pude seguir en la hípica por culpa de ella. Le dije que se lo iba a reprochar siempre… Aceptó, con la condición que de lunes a viernes estaba concentrado en el colegio, no podía salirme. Y así me organizaba: me levantaba a las cinco, galopaba, a las siete estaba en la casa y a las 7:30 me iba al liceo. Así fue hasta que se abrió la opción de irme a Santiago, a la escuela de jinetes”.


—¿Cómo?

“Mi secretario, mi tata Juan Palma, era muy connotado, veía las carreras. Contactó a un amigo en Antofagasta y me ofreció venirme, que me recibía y me hacía entrar a la escuela. Le dije a mi mamá y ella ‘no, estás loco’. El caballero insistió, habló con mi mamá, le volví a doblar la mano y dijo ‘ya, te voy a dejar’. Ahí empezó todo. Mi primer triunfo fue con Los Sauces, con el preparador Manuel Velarde. Fue un sueño, el primero que tenía. Mira dónde estoy ahora: en Estados Unidos, dispuesto a cumplir otro sueño”.

Es una lástima que en Chile no se pueda correr, son muchas las familias que vivimos de esto. Hay muchos propietarios humildes que no pueden pagar pensión y el preparador no tiene cómo pagar alimento o a los cuidadores. Los jinetes sin carrera no producen, no ganan. Es un dominó que va botando todo

—¿Muy grande el cambio de Antofagasta a Santiago?

“Sí, pero maravilloso. Por la televisión veía El Ensayo, el Derby, el Gran Premio, los clásicos, a Luis Torres, Ányelo Rivera, Héctor Barrera, Manuel Martínez, los jinetes que seguía y miraba para aprender… Después estaba corriendo con ellos. Había viajado solo desde Antofagasta, fue difícil. Me hizo madurar rápido, porque con 17 años iba a ser papá. Yo, un cabro chico, sin plata, sin nada, tenía que aterrizar y generar lucas para que a él no le faltara nada. Fue un cambio radical, pero lo mejor que pudo haberme pasado”.

—¿Lo miraban raro los jinetes grandes?

“Como mi papá había sido jinete, me miraban y decían: ‘Es el hijo de Laprida…’. Mi papá corrió en Santiago, entonces lo conocían. Sabían quién era yo. Nunca tuve problemas. Cuando empecé a ganar comenzó la envidia, pero eso pasa en todos los trabajos: envidia, mala onda, enemigos, pero es parte de la vida, de los trabajos. Es lo de menos”.

LOS TRIUNFOS Y ESTADOS UNIDOS


Jeremy no demoró en ganar respeto. Ya no era el hijo de Francisco: “En 2016 gané mi primer Grupo Uno. Y 2019 fue excepcional, gané todo: viajé al extranjero, gané en otro país, representé al país, me eligieron el mejor deportista del año, recibí el Cóndor… Empecé a soñar en grande”.

Tan alto soñó que este año se mudó a Estados Unidos. “Es la mejor hípica a nivel mundial; es como los futbolistas que sueñan con llegar a España, o a la Premier. Lo mismo con los jinetes; pasa que en Chile la hípica no es bien mirada ni reconocida”.

—¿Por qué?

“Con los años se ha ido ensuciando. Antes era distinto, ahora por la juventud, el tema de las drogas, el alcohol, eso la ha ido desprestigiando… Vivo en Filadelfia, otro mundo totalmente distinto. La vida es más cara, pero se gana más dinero. Una por otra”.

En Estados Unidos todo es normal, como si nada hubiese pasado con el covid. Está más que asumido. En los jugares cerrados y locales comerciales hay que andar con mascarilla y alcohol gel, pero afuera es todo normal. Los niños van a los parques, por ejemplo

—¿Qué es lo que más le gusta de Estados Unidos?

“El trato a los caballos; la importancia de los jinetes, el reconocimiento que les dan, los miran como a los futbolistas. Somos bien respetados… Es sacrificado igual: me levanto a las cinco, a las seis voy con los primeros caballos, monto hasta las 10 y si después hay carreras, empiezo a correr. Alrededor hay cinco hipódromos, están todos a una hora; si no, me quedo en casa, troto, bajo de peso”.

Laprida junto al monumento a Rocky Balboa en Filadelfia. “He visto la película diez mil veces”, dice. Crédito: Archivo Personal

—¿Complicado el tema ese?

“Siempre se juega con el peso: si corres con 54 kilos, tienes que estar pesando uno y medio más. Al final uno se acostumbra, aunque hay que pasar hambre, sed, salir a correr arropado y al sol, comer en pocas cantidades; se restringen hartas cosas, pero es parte del trabajo. Igual voy a los McDonalds y como pizza… Pero hay que hacer sacrificios, ser constante, no puedo perder tiempo, porque si desapareces hay 200 jinetes más. Y a mí no me van a esperar. Tengo que darle duro por lo menos de tres a cinco años, sin parar, para hacerme un nombre. Como en Chile: me sacrifiqué siete años, trabajando duro, duro, hasta que se me dieron los frutos y logré todo lo que me propuse. Acá tiene que ser lo mismo: constancia, perseverancia, que la gente te vea, ser profesional”.

—¿Qué sueños tiene ahora?

“Ahora son los sueños en grande: ganar una estadística, un clásico, el Derby de Kentuchy, correr en los hipódromos más grandes, llegar al Salón de la Fama como José Santos”.

—¿Le hablan mucho de Santos?

“No, no tanto. Igual pasó harto tiempo. Tiene su prestigio, está en el Salón de la Fama. Es como el futbolista: ¿qué se habla se Caszely? Que se le fue el penal, ya ni se acuerdan de Caszely. De Zamorano, ¿qué hablan de Zamorano? Del Transantiago. Ya ni se acuerdan de Zamorano. Esto es así, se vive el presente, de la actualidad”.

Raúl Neira

es redactor de Deportes El Mercurio y especializado en fútbol. Con más de 25 años de carrera, ha estado en la Copa Confederaciones de Rusia 2017, la Copa América de Chile 2015, copas Libertadores, sorteos y partidos clasificatorios a la Copa del Mundo.

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