Santiago de Chile.   Mar 21-07-2026
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Una fiesta única, pese a todo

Más allá de las caricaturas y de las controversias, el Mundial 2026 remató con las dos mejores selecciones en la finalísima y con España como justo e inobjetable campeón.
Foto: France Presse
Felipe Vial20 de julio, 2026
La Copa del Mundo bajó el telón después de 39 días de emociones, alegrías, dramas y polémicas. Fue un campeonato incomparable: por la cantidad de escuadras participantes, por el nivel futbolístico —a contrario sensu de lo que muchos supusimos, la primera fase fue entretenida, dinámica y sorpresiva—; por la cuota nunca vista de goles convertidos (308), por el público que repletó los recintos en la mayoría de los encuentros, por los magníficos estadios que dispusieron Estados Unidos, México y Canadá, y porque más allá de las caricaturas y de las controversias, el Mundial 2026 remató con las dos mejores selecciones en la finalísima y con España como justo e inobjetable campeón.

Sin perjuicio de las criticadas pausas de hidratación, el certamen sorprendió por la mayor continuidad, fluidez y por la menor interrupción del juego. Se puede adjudicar al imperio del VAR sobre el ojo más errático de los árbitros y también a las disposiciones que debutaron en esta Copa, como la rebaja del tiempo para ejecutar los laterales y los saques del portero, y especialmente la que obliga a permanecer un minuto fuera a los futbolistas atendidos por el cuerpo médico en la cancha, lo que redujo las simulaciones y, consecuentemente, las detenciones que tanto lesionan la calidad de los partidos. Una eficaz regla persuasiva.

Fue, está advertido, una Copa marcada por la polémica. El poder de las redes sociales y la nula neutralidad del presidente del fútbol mundial, Gianni Infantino —quien se dejó ver festejando descaradamente a favor de Argentina—, instalaron como una verdad irrefutable que la FIFA y los poderes en las sombras de Zúrich predispusieron a sus estamentos para favorecer a Messi en el Mundial.

También debió influir lo que ocurrió en ese primer partido de los trasandinos, cuando el astro entró en plancha sobre un argelino, lo que para muchos mereció tarjeta roja y para unos pocos, amonestación. Pero no hubo uno ni lo otro, explicado quizás por la notoria rebaja de tarjetas amarillas en el certamen: fue evidente que los jueces recibieron la orden de disminuirlas.

Entonces afloraron las suspicacias, las teorías conspirativas y las acusaciones de trampa. Es probable que algunos réferis —aficionados como todos— puedan tener una vara distinta embrujados por la calidad desbordante de Messi. Y más si veían que su jefe (Infantino) festejaba sus goles como si hubiese sido parte de la delegación albiceleste. Vuelve esa imagen porque desató una avalancha de suspicacias e ironías que convirtieron en tendencia mundial los memes de Infantino y Messi durante toda la Copa. Algunos graciosos, otros no tanto, pero que igualmente lesionaron la transparencia del torneo.

En medio de la avalancha de conjeturas, el presidente de la FIFA agregó el “episodio Balogun” para seguir embetunando el campeonato: el Presidente Donald Trump le pidió amnistiar a Folarin Balogun para jugar contra Bélgica, e Infantino, servil y sin importar el daño inmenso que le estaba causando al certamen, se inclinó ante la prepotencia del anfitrión y lo hizo. Fue por lejos el mayor escándalo de la Copa, junto con el trato discriminatorio que recibió Irán, pues incumplió las normas mínimas de la competencia justa, violentó los pilares fundacionales de la FIFA y el Juego Limpio que tanto vocea.

Todo eso es muy cierto, pero otra cosa distinta es hablar de corrupción generalizada y dar por descontado que el Mundial estaba “arreglado” para Argentina. Una injusticia supina con una escuadra superior a todos los rivales que enfrentó (salvo España, claro) y también con Messi, jugador fantástico, fuera de serie, acaso si el mejor de todos los tiempos, enlodado por el fanatismo, la rabia, la ceguera y la “argentinofobia” que acompañó a su escuadra durante toda la participación en el Mundial. Injusto, además, porque salvo por esa jugada contra Argelia, casi todas las decisiones arbitrales que favorecieron a Argentina estuvieron explicadas en el ojo del VAR.

Hubo, entonces, un par de embarazos que sonrojaron a moros y cristianos, pero que no lograron “manchar la pelota”, como decía Diego Maradona; porque el fútbol y su torneo mayor sobrevivieron a las guerras, a las injusticias, a la prepotencia, a los malos dirigentes, a los corruptos y a las conspiraciones de los que odian todo. Y esta no fue la excepción: pese a quien le pese, en Norteamérica hubo una fiesta única e incomparable que entró en la historia grande de los mundiales.

Y está dicho: un campeón justo y contundente. Enhorabuena por España.
Felipe Vial

es el Editor de Deportes. Fue redactor en los diarios El Mercurio y La Época, en las revistas don Balón y El Gráfico; columnista de T13 Radio y Premio Nacional de Periodismo Deportivo 2014.

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