¿Ha muerto el “bielsismo”?
El “bielsismo” sobrevivirá incluso a una posible hecatombe de los uruguayos en la actual Copa del Mundo, tal como logró mantenerse a flote pese a un desastre como el de los argentinos en 2002.
Dejar nombres como sinónimos de doctrinas en el fútbol no es algo inhabitual.
De hecho, es más común de lo que pudiera pensarse.
El “cruyffismo”, el “menottismo”, el “bilardismo” o el “guardiolismo” son sentencias en sí mismas y nadie, al menos que sea un absoluto ignorante del tema, no entenderá lo que significan esos sustantivos propios llevados a la categoría de conceptos.
¿Por qué ellos prevalecen y se mantienen anclados en la memoria?
Por una razón muy simple: no representan índices estadísticos. Ni siquiera, a veces, tienen como base una visión táctica muy específica o personal. No. Que una idea-base lleve un nombre significa que ese alguien impuso revoluciones, propuestas o sentencias que están destinadas a ser guía de otras revoluciones, propuestas o sentencias. Es el comienzo de algo que luego va tomando otras formas.
Por ello nada, en el fondo, puede borrar lo que ya se ha impuesto como parte de un ideario mayor.
Por eso es que nadie, en forma seria, puede señalar que el “bielsismo” ha muerto. Ni siquiera está en peligro de extinción.
No porque no pueda deslavarse e incluso desfigurarse parte de su esencia, sino porque no se puede sentenciar la desaparición de una escuela ideológica (por mucho que hablar bajo este criterio provoque urticaria en los círculos academicistas).
Sí, es cierto que Marcelo Bielsa no puede hoy, dirigiendo a la selección de Uruguay, enarbolar el cartel de triunfador.
Este Mundial, de hecho, está dejando en evidencia que el DT rosarino intentó, pero no logró imponer su idea de juego más tradicional. De hecho, la Celeste —en términos tácticos-estratégicos— es la menos “bielsista” de las escuadras que ha dirigido el rosarino, porque juega con tres adelante, pero sin un ‘9” referencial, ya no conforma su línea defensiva “con un zaguero más que el número de atacantes del rival” ni tiene laterales que sean extremos.
Pero eso no es el tema de fondo.
El “bielsismo” sobrevivirá incluso a una posible hecatombe de los uruguayos en la actual Copa del Mundo, tal como logró mantenerse a flote pese a un desastre como el de los argentinos en 2002. Ello porque, a pesar de que les duela a los “resultadistas”, la calidad de un entrenador no se mide solo por la cantidad de títulos, sino que también por la capacidad de hacer mejores, incluso a niveles insospechados, a jugadores que no pintaban para ello.
Bielsa detecta, analiza y finalmente pone toda su capacidad para mejorar el juego colectivo a través de la intervención individual.
Es cierto que cuando su fórmula no se concreta, surge el comentario de que su filosofía está caduca, superada. Discontinuada.
Pero eso pasa solo porque el simplismo evaluativo siempre es más fácil como arma para explicar lo que es difícil.
La doctrina Bielsa, su idea, esa irreproducible forma de ver el fútbol no va terminar porque Uruguay no le haya podido ganar a Arabia Saudita y Cabo Verde.
Vaya apostando desde ya que siempre habrá alguien, en el mundo, que dirá con orgullo que es “bielsista” toda la vida.
Sergio Gilbert
es periodista titulado en la UC, especializado en fútbol. Profesor universitario y redactor en El Mercurio. En Twitter: @segj66







