Cacicatlón
Colo Colo, de pronto, sin darse cuenta, se convierte en un chiste, pero eso no es lo peor, lo triste es cuando una institución histórica y más que centenaria camina por un escenario endeble y poco reflexivo, que es por donde anduvieron el año pasado: el ridículo.
El argentino Fernando Ortiz y su personal, los responsables técnicos de Colo Colo, tuvieron una idea. Decir idea en realidad es demasiado, más bien una ocurrencia. En una tormenta cerebral, lo que también es demasiado, alguien dijo hagamos esto, otro lo ratificó y entre varios buscaron el nombre y lo encontraron: Cacicatlón.
Un nombre que se lee y escucha malsonante y forzado en el intento de reunir lo de cacique con maratón y triatlón, o algo así.
Se convocó a la prensa, se subió un video y por lo visto están satisfechos y orgullosos de la iniciativa.
Fue en Pirque y en la Casa del Futbolista del Sifup, participó el plantel completo, desde luego los referentes, en una iniciativa liviana y poco exigente. Más bien para el recreo. La Cacicatlón es equivalente al ejercicio inicial de una tropa de pequeños scouts y es el tipo de actividad deportiva que surge en los municipios de provincia para los niños de la zona.
Un pasatiempo infantil se convierte en tontorrón cuando lo organizan y protagonizan personas adultas.
Ortiz y sus asesores a la suma de pruebas de la Cacicatlón le asignaron finalidades múltiples: camaradería, bienestar social, sana competitividad y potenciar el trabajo en equipo, dijeron los creadores de la fantasía en la que participaron jugadores veteranos y jóvenes divididos en cuatro coloridos grupos.
Embocar una pelota en el centro de un neumático tirado por el suelo.
Empujar entre varios otro neumático, uno pesado y de grandes dimensiones, y arrastrarlo, voltearlo y llevarlo de acá para allá, y podría ser de allá para acá.
Hay una prueba de tiro con arco y flecha, pero no a un blanco reducido, sino a un telón, para achuntarle y porque todo esto es infantil.
También deben atravesar en kayak y de a uno una piscina, de pronto alguno se va al agua, el total se divierte, carcajadas van y vienen, chapotean de lo lindo y echan la talla en esa prueba y en otras, porque es un pasatiempo simple y barato que se puede hacer cualquier a día y a cualquier hora, porque no son más que juegos, leseras y tonterías.
La Cacicatlón, un nombre que cruje al escribirlo, la vendieron como una suma de coordinación, fuerza, comunicación, concentración y equilibrio. Y lo compraron como tal, aceptaron un vulgar recreo como estrategia educativa-deportiva.
La responsabilidad final, por cierto, no está en los iluminados de Fernando Ortiz y su staff, sino en los que pagan la cuenta de la luz y les ponen ampolletas.
Colo Colo, de pronto, sin darse cuenta, se convierte en un chiste, pero eso no es lo peor, lo triste es cuando una institución histórica y más que centenaria camina por un escenario endeble y poco reflexivo, que es por donde anduvieron el año pasado: el ridículo.
Antonio Martínez
es periodista y crítico de cine; fue editor de Cultura de “La Época”, jefe de redacción de “Hoy” y director editorial de Alfaguara. Fue corresponsal, desde España, de “Estadio”, y columnista de “Don Balón”. Autor de “Soy de Everton, y de Viña del Mar” (2016), y junto a Ascanio Cavallo, de “Cien años claves del Cine” (1995) y “Chile en el cine” (2012).







