Santiago de Chile.   Sáb 13-06-2026
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Fernando Zampedri: “Si alguien te dice que no podés conseguir tus sueños, es mentira”

Hoy es goleador, capitán y líder de la UC. “Dejar una marca, una huella en una institución, pocos jugadores lo pueden lograr”, dice a propósito de su legado, que está próximo a ser leyenda. Sin embargo, su vida no siempre fue igual de alegre: vivió penurias en Newell’s, “fui a Italia, pero nadie me dio bola” y lloró en Uruguay. A los 20 años colgó los botines y comenzó a trabajar en el campo, con su padre. Hasta que un DT salvó su carrera. Así fueron los años sin fama del depredador estudiantil.
Foto: Carla Pinilla
Raúl Neira01 de junio, 2024
En la cancha, Zampedri es un rudo, un duro, por algo lo apodan “Toro”. Fuera de ella es un tipo más permeable, de fibra más dócil. Y de revelar sensaciones notablemente más profundas.

“Mi hijo tiene dos años. Le digo ‘vamos al jardín’ y responde ‘no, no, Cato, Cato’… Por él pasaría siempre en San Carlos. Le encanta la pelota. Y cómo no, si en mi casa el televisor está prendido siempre en el fútbol”, reflexiona el capitán de Universidad Católica.

Zampedri tiene 36 años. Es el tetragoleador del fútbol chileno y el hombre de los 111 gritos con la camiseta franjeada, a solo siete tantos de igualar el récord de Rodrigo Barrera. Sin embargo, su vida no siempre fue así de feliz.

“Nací en Chajarí una ciudad de 30 y pico mil habitantes ubicada al norte de argentina. Ciudad de campo; como dice el letrero de entrada ‘Chajarí, ciudad de amigos’. Y es un poco de eso, de amigos, gente conocida, se conocen todos con todos”, cuenta.

Mis padres me dieron todo. Jaime y Mónica siempre trabajaron y llevaron la comida a la casa. Siempre tuvimos una vida muy linda. Nunca faltó nada. De mi infancia me quedó el gusto por el campo y los caballos Zampedri recordando su época de niño
“Mi infancia fue muy linda; me gustaría que mis hijos tuvieran la infancia que tuve. Nací en un barrio común, de pueblo; en diagonal a mi casa había una canchita de fútbol armada con dos arcos de madera. A los pibes se les dice gurises y los gurises más grandes hacían los arcos; los más chicos dibujaban la canchita. Era un terreno común. Mi infancia fue ir al colegio, volver y a la canchita. Mi viejo me compraba pelotas, no sé cuántas me habrá comprado. Lo jodía tanto que todos los regalos eran pelotas… Al tiempo nos mudamos a la vuelta, y resulta que al frente había otra canchita. Increíble. No sabía en cuál jugar. No es como acá, que los chicos por ahí en algunos sectores, o como en Buenos Aires, no pueden salir de la casa. Yo tenía cinco años e iba a la canchita a la hora que quería. A las 2, a las 5, desde las 2 de la tarde a las 10 de la noche... Era una libertad tremenda. Era todo el día fútbol”, relata.

—Su primera incursión en el fútbol más competitivo fue en Newell’s Old Boys.

“Y duré un año. Fue de los 13 a los 14. No me fue bien. Era la experiencia que todo chico de pueblo quería tener, ir a un club. Somos muy del interior, entonces estar en un club de Primera era único. En ese momento éramos dos gurises de Chajarí: Facundo Roncaglia que fue a Boca Juniors y yo a Ñuls. Era como ‘qué loco, qué grande Fernando que se fue allá’. Yo estaba feliz de la vida y cuando llegué allá me di cuenta que no era tan lindo todo. Te ponen a competir de muy chico, tenés que luchar contra todo, porque estás solo en una pensión con 50 chicos. Tenés que empezar a aprender muchas cosas, a vivir, a compartir cosas que no estabas acostumbrado. Todos los días a competir. Y en esa competencia no me tocó jugar casi nunca. La infancia del fútbol pasó de un día a otro de ser tan linda a ser cruel”.


—Duró un año así, no fue poco.

“No fue poco, incluso iba a aguantar otro año más, pasa que me echaron… Pero estaba dispuesto a seguir. ¿Vos sabés que en todo el año no me puse nunca la camiseta? Faltaban tres partidos y me citaron a un partido; mi papá viajó a verme, en colectivo. Llegó y con un poco más de cancha, canchero, fue a saludar al técnico, como diciendo ‘mirá que hice tantos kilómetros, que el pibe juegue un ratito’. De eso me di cuenta tiempo después, no en ese momento… El asunto es que estaba entrando en calor y me llama el técnico. Como hace un año que no me vestía, estaba perdido, no sabía en qué minuto íbamos del segundo tiempo. Me llama, me pongo en la línea para entrar. Me posiciono, saca el arquero y termina el partido”.

—Fatal.

“Fatal, tremendo. Y yo con vergüenza, porque mi papá me había ido a ver y no pude jugar. ‘Qué loco que el técnico me haya hecho eso’, pensaba, porque nunca le había dicho nada en todo el año en que no me citó. Nunca le falté el respeto. Cumplía 14 años, difícil que un chico diga algo, quizás hoy puede ser, pero antes no… Me quedaba callado, iba de lunes a viernes, nunca era citado y pasó esto. El asunto es que me voy con mi papá a la pensión, en colectivo, con la cabeza contra el vidrio, mirando hacia fuera y con ganas de llorar, pensando ‘qué vergüenza, me vino a ver mi papá y no jugué…’. Tremendo. Mi viejo se fue, quedaban dos partidos y jugué un poco más. Terminó el año y me dijeron que no fuera más”.

—Y siguió. Las famosas ganas de jugar.

“De jugar, de querer ser futbolista. Todos los chicos dicen ‘quiero ser futbolista’, pero lo dicen inconscientemente, porque uno tiene que trabajar. El asunto es que a esa edad no hay que trabajar, hay que disfrutar, divertirse y amar lo que uno hace. Y yo no me divertía nunca. Nunca jugaba. Ponían a los titulares con suplentes a jugar y yo quedaba fuera. Y yo quería jugar a la pelota, divertirme y no lo pasaba bien. Así y todo, si me decían que me quedaba dos o tres años, me iba a quedar por amor al fútbol, nada más”.


—La vida le empezó a sonreír un poco cuando llega a Atlético Rafaela. Ya era grande.

“Había tenido un técnico que a los cinco años me llevó a un club, ‘1 de Mayo’, en Chajarí. Y me tuvo hasta los 13. Ese técnico, Oscar Castro de los Santos, se fue de ayudante de Osvaldo Piazza en Atlético Rafaela. Y siempre me llamaba, que fuera a probarme, que vaya, que vaya. Como él volvía siempre a Chajarí en diciembre, porque le hacían un homenaje, insistió tanto y un domingo por la noche me dijo que fuera. Yo estaba en mi casa, trabajando con mi papá, lejos del fútbol… Resulta que me probé el lunes y anduve bien, pero el coordinador me dijo que tenía que trabajar más en el aspecto físico; yo en Chajarí jugaba por diversión, y laburaba”.

—¿En qué?

“En el campo con mi papá; tenía animales, era carnicero… Oscar me dice: ‘Cómo te fue en la prueba’. Le contesté: ‘Creo que bien, pero el coordinador me dijo que tenía que mejorar en lo físico’. Me dice: ‘Espera, que ya vengo’, al rato viene y dice: ‘Te quedás’. Quedé en blanco: tenía 19 años, mi trabajo, algo de dinero, uno es grande y era arrancar de cero, sin nada. Todo un poco más difícil. Llamo a mi papá y le digo: ‘Mirá, me dijeron que me quede, me dan la pensión, pero de qué vivo, cómo es la cosa no me dan nada…’. Él me tiró para adelante: ‘Quédate, que te voy a ayudar’. Jugué en la Sub 21, me fue muy bien, al otro año empecé a mejorar y me subieron al primer equipo”.


—Después jugó por una serie de equipos antes de llegar a Rosario Central, donde fue campeón. Enseguida su historia en la UC que conocen todos….

“Fue una experiencia a los 19 y otra a los 13. En ese intervalo estuve un año afuera, porque me fui tres meses a Italia, siete a Uruguay, y también la pasé mal. Todo me costó demasiado, me costó mucho, porque a cada lado que fui en la preadolescencia y adolescencia me fue mal. Todo lo lindo que era la infancia del fútbol cambió cuando empecé a trabajar en eso y me fue mal. Mi experiencia no es tan buena… Pero un consejo que le puedo dar a los chicos es que si uno tiene un sueño hay que luchar por él; si hay gente que te dice: ‘No podés conseguir tus sueños’, es mentira”.

—¿Nunca le dieron ganar de decir ‘se acabó’?

“El amor por el fútbol es tan grande que decir ‘se acabó’ es muy difícil. Muy, muy difícil. Hay muchas personas que te dicen que no, pero hay una que confió en vos y vos decís: ‘Cómo no le vas a dar una oportunidad a esa persona’. Si una persona viene y te dice: ‘Confío en vos’, te tirás de cabeza”.

—Contó que estuvo en Italia y Uruguay.

“Un 17 de febrero de 2007 fui tres meses a Venecia, al club Venecia. Me había ido muy bien, pero no pude tener la ciudadanía en ese corto plazo y además el equipo bajó de segunda a tercera. Hubo un quilombo grande. Yo estaba sin papeles, sin nada, entonces nadie me dio bola. Poco antes de eso le había dicho a mi papá que estaba todo bien, incluso le dije que viajara a Italia. Se estaba acomodando para partir y pasó todo el problema. Desapareció todo lo del club, obviamente tampoco me pagaban. Vivía en la casa del club, con dos paraguayos. En mi desesperación les pregunto cómo hago para volver a Argentina sin tener que pedirle plata a mi padre. Me dijeron que era imposible. Les pregunté si me podían apuntar con unos representantes para que me dieran una posibilidad sin papeles, sin nada. O que me manden para Argentina... Me mandan donde un italiano: llevaba tres meses allá y tenía que hablarle en su idioma. No me entendió nada, me miraba como diciendo ‘vos de dónde saliste’. No tuve ninguna chance. Reboté”.

El ‘Beto’ Acosta hizo una historia, tiene un recorrido inmenso por este club. No trato de competir con él, sino que trato de forjar y hacer mi propio camino el capitán de la UC y el exdelantero estudiantil

Es una parte de la historia. La otra, igualmente increíble, sucedió después. “Fui a mirar otro partido, jugaba el equipo primavera de Venecia contra Juventus. Encuentro a un uruguayo. Pienso: ‘Este habla mi idioma, lo tengo que convencer si o si’. Lo convencí. Gerenciaba un club que se llamaba Juventud Las Piedras. Me explicó todo. Era un jueves y me dijo que viajaba el lunes. Me tiré encima de él, empecé a llorar, le lloré para que me llevara. Y me dijo que sí. Me pidió un número de teléfono, pero no tenía teléfono. No tenía nada. Solo le dije donde vivía. El domingo llama y me dice ‘prepárate que mañana a tal hora paso’. Yo no lo podía creer, no lo podía creer. Pasó a buscarme con los boletos, viajamos a Uruguay y allá paramos en el Sheraton. Era un sueño. Un día en el Sheraton, increíble… Fuimos al club y estuve hasta diciembre. Ahí me dijo que teníamos vacaciones, los papeles de ciudadanía no me salían, entonces me volví a mi casa. Llegué de madrugada, de sorpresa. Y le dije a mi papá que no quería jugar más, que me dedicaba a trabajar con él, que todas las experiencias no eran lo que esperaba. Solo quería divertirme, pasarlo bien, disfrutar de lo más lindo… Y lo aceptó. Empecé a trabajar. Y justo llegó lo de Rafaela. Ahí empezó todo”.

—Larguísimo el recorrido. Y hoy haciendo historia.

“Era el sueño que tuve desde los 2 a los 13 años… Todo lo fantástico lo estoy viviendo y disfrutando hoy. Desde los 13 a los 20 fue de terror. En la vida hay pruebas para cada persona; depende de uno si está dispuesto a superarlas o no, a vivirlas, a seguir machacando e ir por un sueño”.

—Probablemente la realidad superó el sueño.

“Muy feliz de estar en Católica, disfrutar cada día. Dejar una marca, una huella en una institución, pocos jugadores lo pueden lograr. Puedo decir ‘jugué en Católica, ‘jugué aquí’, ‘jugué allá’, pero solamente pasé. No todos pueden dejar una marca, una huella, tu nombre y tu apellido en un club. Eso me emociona mucho. Es lo que siempre soñé”.
Raúl Neira

es redactor de Deportes El Mercurio y especializado en fútbol. Con más de 25 años de carrera, cubrió la Copa Confederaciones de Rusia 2017, la Copa América de Chile 2015, copas Libertadores, sorteos y partidos clasificatorios a la Copa del Mundo.

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