“Capitán”, el libro sobre un futbolista que no soñaba: la cruda historia de Mario Lepe
El periodista Cristián Arcos escribió una biografía de Mario Lepe, un jugador que superó una infancia miserable, en la que pasó hambre y debió enfrentar a su padre alcohólico antes de ganarse un lugar en la historia grande de la UC. Acá un extracto del libro.
Foto: Jorge Vargas
Equipo Deportes05 de mayo, 2024
Se presentan extractos del libro, incluida la entrevista de su autor con el protagonista de esta cruda historia, Mario Lepe, uno de los mayores símbolos de la UC.
(...)
Muchos niños sueñan con ser futbolistas. Imaginan un estadio lleno, la hinchada coreando sus nombres, vueltas olímpicas, murales con sus rostros, camisetas con sus apellidos tatuados en el dorsal. Vivir jugando a la pelota.
Mario Enrique Lepe González fue futbolista profesional por más de dos décadas y nunca quiso serlo. De chico no era hincha de ningún club. No tenía ídolos ni sentía admiración por los jugadores más renombrados de la época. Ni siquiera los conocía. Le gustaba el fútbol. Le encantaba jugarlo, todo el día, de sol a sol, en cualquier espacio disponible donde se pudiera simular una cancha. Pero no soñaba con ser futbolista. Mario Enrique Lepe González no soñaba.
(…)
—¿Quién es Mario Lepe?
“Es difícil definirse. Una persona de esfuerzo, sacrificado, honesto. Que tiene cosas muy malas y cosas muy buenas. Soy amigo de los amigos, aunque tengo pocos, eso sí. Trato de ayudar a la gente que uno puede en momentos difíciles. Soy tranquilo, callado, no me gusta salir mucho. Los amigos que tengo los veo poco. Soy más de mi casa, como la tradición de mi abuela y mi mamá. Ellas podían vivir en otro lado, pero su casa era siempre su casa. No soy de familia grande. Mi madre vive donde crecimos, en Las Condes. Se llamaba villa de Obreros Municipales, en Paul Harris con Río Guadiana. Antes de eso vivíamos en una toma que estaba en General Blanche con Paul Harris”.
—¿Cuál es tu primer recuerdo?
“Ahí, en esa toma. Se llamaba vivero Municipal y estaba cerca de la municipalidad, en pleno cerro. No había casas. Jugábamos al lado de una fábrica de ladrillos. La competencia era pasar entre los hoyos, donde metían el fuego. El valiente pasaba”.
Mario es el mayor de los hijos varones del matrimonio Lepe González, un clan compuesto por su hermana Verónica, la mayor, y sus hermanos Héctor, Óscar y Patricio.
—¿Cómo era tu vida en ese lugar?
“Era una casa en una toma, eso ya marcaba mucho. Una toma de los obreros. Cuando alguien se iba te tomabas el terreno y pasabas a tener más patio. Todo era camino de tierra. De la iglesia Los Dominicos hacia arriba no había nada. Parcelas, terrenos. Después de Paul Harris vivíamos nosotros. Era mucho más allá. Todo estaba distanciado. No pasaban micros. Teníamos que bajar a Apoquindo con Camino El Alba o ir a Tomás Moro con Colón y buscar una forma de transporte”.
—¿Fuiste al colegio por ahí cerca?
“Primero fui a la virgen de Pompeya. Llegué hasta sexto básico. Lo pasé muy mal en el colegio. Nunca me invitaron a ninguna ceremonia ni cuando se juntan los excompañeros. Recién me buscaron cuando era futbolista conocido. Les dije que no. Nosotros íbamos a ese colegio porque nos daban comida. Éramos pobres. Pobres como las ratas. Teníamos poca comida, el piso era de tierra, el techo de fonolita. El frío entraba por todas las rendijas. Nos calentábamos con un brasero. Vivíamos en un sitio con dos habitaciones. El baño era una pieza de dos por dos. Nos bañábamos en un tambor. De repente íbamos a buscar tomates, papas, choclos”
—¿Tenían noción de la pobreza en que vivían?
“La vivíamos a diario. Cuando dicen que el hambre duele, es verdad. Duele físicamente. Pasé mucha hambre. Ahí está el trabajo de mi mamá. Ella apuntalaba con la comida. No sé de dónde cresta sacaba plata. Si pedía fiado, prestado, no lo sé. Nunca se lo pregunté. El mérito era de ella porque mi papá fue un curado, un alcohólico, un borracho, desde que tengo uso de razón. Era mi mamá la que llevaba todo”.
La madre de Mario Lepe se llama María Hortensia González.
La figura del padre atraviesa su relato. Aparece por las grietas en diferentes momentos, sin poder evitarlo. Una figura distante. Un ejemplo para no seguir. Lepe se crió desde la oposición a su progenitor. Sin embargo, sus caminos se cruzan en cada sendero, aunque pretenda tomar un desvío. Ese padre violento, agresivo, adicto, con quien compartían nombre. Ambos eran Mario Lepe. Una sombra que lo persigue y lo mantiene atado a recuerdos que muchas veces quiso olvidar.
“Con la nueva ley que permite cambiar el orden de los apellidos yo pensé en hacerlo, pero la gente me conoce mucho. Cargar con el mismo nombre que mi padre es duro. Ya tengo un nombre, hice una carrera y sin querer lo di a conocer a él porque nos llamábamos igual. Incluso estoy proponiendo que para el nuevo San Carlos de Apoquindo la tribuna que lleva mi nombre se llame Mario Lepe González, porque creo que mi mamá se merece eso y mucho más, a pesar de que hoy no tengo una relación muy cercana con ella. No la voy a ver todos los fines de semana o todos los meses”.
El padre de Mario Lepe también jugó al fútbol. Hizo inferiores en la Universidad de Chile durante la época de máximo esplendor del club, cuando eran conocidos como el legendario Ballet Azul. Tuvo pocas posibilidades de encajar en una plantilla conformada por jugadores de enorme nivel. Fue a Ñublense, pero pocos recuerdan ese paso. El alcohol truncó una carrera que nunca despegó. La versión que conoció su hijo fue la de un hombre sometido a su adicción por la bebida.
“Mi papá era un verdadero animal. No sabía leer ni escribir. Mi mamá sí, por eso ella tenía un poco más de comprensión de cómo tratarnos. Era una mujer muy machista en una sociedad que era muy machista. Mi mamá empezó a trabajar. Esto siguió hasta que un día eché a mi papá de la casa”.
—¿Cuándo lo echaste y por qué?
“Tenía quince años. Ya estaba en la Universidad Católica. Un día llegué a la casa. venía con el ánimo arriba porque estaba siendo titular y al día siguiente jugaba, me estaban dando opciones en el equipo. Era un viernes y me acosté temprano. Yo sabía que ese día mi papá iba a llegar curado porque los obreros municipales se iban a tomar todos los viernes, día de pago. Los sábados mi papá andaba siempre pasado a copete. Esa noche llegó y siento gritos. Eran de mi mamá. Me levanté y estaba sangrando. Le pregunté qué pasaba y me dijo que había sido mi papá. Él estaba acostado, haciéndose el dormido. Me dio tanta rabia y me fui encima con todo. Le saqué la cresta. Nunca le había pegado”.
(…)
—¿Cómo te marcó la figura de tu papá cuando tú fuiste padre?
“Traté de ser totalmente distinto. Dejé que mis hijos hicieran lo que quisieran, nunca les prohibí hacer algo. Desde elegir su ropa hasta que decidieran lo que querían estudiar. Siempre estuve presente. Estaba en sus cumpleaños, sus fiestas de fin de año, todos sus actos. Apoyaba a los otros chicos, regalaba cosas en sus actividades. Los auspicié varias veces, porque jugaban al hockey, mi hija hacía patinaje. Traté de ser un hombre decente. Hacer todo lo contrario a lo que hacía mi papá. Yo no quería ser como él. No quería que mis hijos me recordaran así. No hablo mucho con mis hijos sobre mi papá. Ellos lo conocieron poco. Nunca los dejé solos con él porque mi papá era un animal y podía pasar cualquier cosa. Nunca lo dejé solo con mis hermanos. Hasta ese nivel de desconfianza tenía con mi papá”.
—¿Cómo hiciste para que toda esa violencia en la que te criaste no afectara tu forma de ser?
“Afortunadamente llegó la Universidad Católica. Y mi vida cambió para siempre”.







