Santiago de Chile.   Sáb 13-08-2022
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Las memorias de Eduardo “Mocho” Gómez: “Figueroa, Medel y Quintano son los mejores zagueros de la historia”

Defensor referencial de Cobreloa en los ochenta, desbordó clase, pero también se le fue la pierna. “La expulsión del 87 fue culpa mía solita”, reconoce. Sus lesiones más rebeldes y el gusto que generaba “entender” el juego. De haber tenido agente, estima, “seguramente habría jugado en Europa”. Le gustaba tanto el oficio que jugó hasta los 43 años. ¿Si hubiese tenido a Bielsa? “Le habría hecho caso, porque es habiloso”. Un crack retratado en los libros y un mural.
Foto: Juha Tamminen.
Claudio Herrera de la Fuente25 de junio, 2022
Del matrimonio Gómez Cortéz nacieron 11 hijos: seis mujeres y cinco hombres, cuatro de los cuales llegaron al fútbol profesional. Rubén (nació en 1956), Eduardo (1958), Osvaldo (1964) y Omar (1966). Ricardo, el restante, optó por las aulas. “Mi papá era ferroviario, él también jugaba bien, sostener a una familia grande no era fácil. Mi vieja partió el año pasado a los 93 años”, dice al teléfono el “Mocho”, un central de estirpe que dejó huella en los ochenta, aunque jugó hasta el siglo XXI, y cuyo apodo quedó para siempre a partir de un corte de pelo exagerado. “Me dejaron ‘mochito’”, contó alguna vez.

Los Gómez son patrimonio ovallino, aunque el “Nene” y el “Mocho”, según enseña la periodista Catherine Gómez, integrante de la familia, en su memoria de título —“Nosotros, los Gómez: el fútbol como herramienta de movilidad social”— fueron paridos en Recoleta, pequeña localidad del Límari.

¿Es verdad que el zaguero en cuestión era tan bueno? “De los mejores, cabezazo, buena técnica, completo, además gran tipo”, dice el mundialista Andrés Prieto, técnico que lo llevó a Cobreloa. “Era espectacular, tenía todo: velocidad, fuerza, panorama y era bravo, siempre decíamos con el ‘Trapo’ Olivera ‘este es más uruguayo que nosotros’, hoy jugaría tranquilamente en el extranjero, pero las lesiones le pasaron la cuenta”, asevera Jorge Luis Siviero, compañero en el régimen naranja.

“Es complicado hablar de uno”, advierte Gómez, “pero más de alguna vez me han dicho que yo tenía condiciones, pero el mejor, y a nivel mundial, era Elías (Figueroa) y después me llamaba la atención Alberto Quintano. Después, ya mirando lo de ahora, yo metería en segundo lugar a Gary Medel. Él maneja la defensa, es tiempista, no pierde pases, sale jugando, bien en el mano a mano. Luego vienen varios: Mario Soto, René Valenzuela, el ‘Chano’ Garrido, ahora me encanta Paulo Díaz”, sostiene el nortino, que sigue jugando con amigos en la categoría por sobre 60 años (“lo mejor es el tercer tiempo”).


Gómez sorteó lesiones invalidantes, pero aguantó estoico. “Me corté el tendón de Aquiles, que en esos tiempos era fatal, casi el fin de la carrera, le pasó al ‘Hippie’ Jiménez. Incluso cuando Pedro Morales me lleva a la U (1991) yo todavía me estaba recuperando, después el nervio ciático, la rodilla derecha, ahí acudí por mi cuenta al doctor Álvaro Reyes, una eminencia. Yo tenía el ligamento flexo, él me sacó un músculo y me inventó un ligamento, capísimo, quedé impecable, pero estuve casi un año sin jugar. Nunca quise retirarme, me gustaba demasiado el fútbol, eso podía más, tenía tolerancia al dolor”, cuenta.

Gómez cree que su mejor versión fue entre 1982 y 1985. Admite que pudo ir a Estudiantes de La Plata. “Rubulotta, que era un empresario de la época, me quería manejar, le dije ‘usted vea, hable con los dirigentes de Cobreloa’, pero no me quisieron vender. Si hubiese tenido representante seguramente habría jugado en Europa, porque en ese tiempo él llevaba jugadores allá. Podía haber coronado todo con un título en la Copa América 87, pero pasó lo que pasó, aunque nadie se acuerda que después también expulsaron a Francescoli”.

“Lo que pasó” hace referencia a una destemplada patada al crack uruguayo en una jugada sobre la banda (ya estaba apercibido por raspar a Pablo Bengoechea), que le costó la doble amonestación por parte del juez brasileño Romualdo Arppi Filho. “Esa fue culpa mía solita”, reconoce el exdefensor.

En Cobreloa generaron una sensación de imbatibilidad.

“Lo sentíamos así. Vicente Cantatore (DT) era gran tipo, pero muy exigente con el jugador, todos los entrenamientos eran al 100%, nadie se podía medir, la práctica de fútbol de los jueves era brava, él exigía canilleras, tenía visión para elegir jugadores; el equipo tenía un ritmo impresionante, temperamento, todos eran competitivos, nadie regalaba nada, había compañerismo, no éramos todos amigos, pero todos tirábamos para el mismo lado. En las instancias más importantes el equipo sacaba su clase”.

Uno va entendiendo el juego y es otra cosa: las posiciones, las funciones, cuándo apurar, cuándo se juega corto o largo, cuándo hay que aguantar. Por eso me gusta (Charles) Aránguiz, flor de jugador

¿Qué es lo que más trabajaba?

“El juego aéreo, tenía el brinco innato, pero me quedaba en un foso de arena saltando. Yo pesaba 71 kilos, y medía 1,77, a veces me achicaba medio centímetro, era liviano para chocar con tipos más grandes, tenía que arreglármelas, cuando saltaba con un grandote trataba de amarrarlo, usar las manos era importante, yo siempre me impulsaba con el pie izquierdo, pero también debes estar listo para saltar con los dos pies juntos porque a veces te cae de sorpresa la pelota y cuando pierdes un cabezazo no hay excusas, la culpa era de uno. En ese tiempo hacíamos el test de Cooper (mayor distancia recorrida durante 12 minutos), en Calama hacía 2.850 metros, no tan bueno, en Arica llegué a 3.050. El ‘Ligua’ (Puebla) volaba”.

El paladar de Gómez, un lector fiel de la antigua revista El Gráfico trasandina, nunca se perdió. “Desde chico me llamaron la atención los números 10, los 6 y los centrales, le hablo de (Daniel) Passarella, Elías, (Rodolfo) Dubó, el ‘Nene’ (Gómez), (Manuel) ‘Rojitas’, Rafael González, que tenía una zurda que la ponía en cualquier lado. Al principio uno jugaba no más por inercia, yo apuraba a todo el mundo, encaraba, iba a todas, pero después uno va entendiendo el juego y es otra cosa: las posiciones, las funciones, cuándo apurar, cuándo se juega corto o largo, cuándo hay que aguantar. Por eso me gusta (Charles) Aránguiz, flor de jugador, el arquero (Bravo) también, que para mí es el mejor de la historia, Sánchez, Vidal (…)”.

¿Qué partido le gustaría repetir?

“Usted me está buscando la final con Uruguay... Yo me aceleré, entré pasado de revoluciones, está bien la adrenalina, pero me tenía que medir. Las finales de Cobreloa en la Libertadores fueron todas parejas, se resolvieron por detalles, si se jugaba en Calama pudo ser distinto, pero eso nunca lo sabremos. En 1987 pudimos llegar a otra final, América de Cali nos dejó fuera por diferencia de goles, pero hay que darse cuenta que perdimos con equipos que fueron campeones del mundo (Flamengo en 1981 venció a Liverpool y Peñarol en 1982 a Aston Villa), hablamos de ese nivel”.

VOCACIÓN Y FIERRAZOS


Dice que nunca tuvo pasta para dedicarse a técnico. “Ya le digo, el fútbol me encanta, pero para dirigir hay que tener vocación, yo no la tuve. Algo parecido cuando uno es niño y quiere jugar a la pelota, muchos juegan, pero llegan los que tienen vocación. Recuerdo a Gustavo Huerta también ovallino, de chico era preocupado de todo, alineaciones, táctica, hablaba con el técnico”, afirma.

El “Mocho” rehúye cualquier halago de más. Le hizo un gol de chilena que se hizo viral a Universidad Católica en el arco norte de Ñuñoa, al meta Marcos Cornez (1985). “Buen recuerdo, ese día después del empate nos fuimos al matrimonio de ‘Panchito’ Ugarte”, matiza. La dureza de antaño era real. “En la Copa se pegaba cada fierrazo, era más físico, permisivo y claro que me tocó perder: fractura nasal, perdí dentadura, me luxé el brazo; ahora a los delanteros no se les puede tocar. Los mejores que enfrenté fueron el ‘Chino’ Caszely, alcancé a jugar contra Marcelo Salas, un fenómeno, fui compañero de Zamorano en la selección, los más grandes”.

Cree que sus mejores partidos por la Roja fueron en la eliminatoria a México 1986. Habla de Andrés Prieto (“él ama el fútbol”), resalta a Cantatore y no se olvida de Orlando Aravena. “Cuando me expulsaron en la final de 1987 yo dije que me iba de la selección, ‘cumplí mi ciclo’, declaré. Él me agarró después y me dijo con su estilo, ‘¿por qué te andai retiraaando?’. Si yo elijo los jugadores’. Y después me volvió a nominar”.


¿Cómo habría sido Gómez en los tiempos de Marcelo Bielsa? “Le habría hecho caso, un tipo muy habiloso. Siempre respeté mucho a los entrenadores, porque si están ahí por algo será, si uno se quiere hacer el vivo con el DT peca de desubicado, ahí partimos mal porque no le hace bien al grupo, las cosas no pueden ser a la pinta de uno en un equipo. Ahora llegó Berizzo, me gusta, es ubicado, ojalá aparezcan más jugadores, porque en su momento tuvimos cinco que eran de nivel mundial y otros que estaban cerca”, reseña.

En tiempos de pandemia Gómez no es inmune a los desvaríos. “Tengo todas mis vacunas, en mi caso me dio muy suave, he visto gente que lo ha pasado mal, muy mal”. Un homenaje espontáneo lo retrató: apareció un mural con su rostro en el centro de Ovalle, testimonio de su legado. “Quedó simpático, me lo tomo con tranquilidad, el artista (Kuriche) me consultó primero y le dije que ningún problema”.
Claudio Herrera De La Fuente

es redactor de Deportes El Mercurio, especializado en fútbol y en atletismo de fondo, especialmente en maratón y pruebas de ultradistancia, con más de 20 años de experiencia en periodismo escrito.

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