Santiago de Chile.   Sáb 10-04-2021
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Maradona: el último viaje del barrilete cósmico

Su vida entera fue una sobredosis, un exceso de todo. De extrema pobreza en la infancia. De extrema y vacía riqueza desde que su zurda de novela apareció en primera con apenas 15 años. Un dios pagano que no gambeteó sus propios demonios. Se quería tragar al mundo, lo conquistó y se convirtió en ídolo, rockstar e ícono pop. Amigo de políticos desde Fidel Castro a Carlos Menem, hasta sus últimos días fue una máquina de fabricar dinero que empezó a empobrecer al “Pibe de Oro”. Uno de los más grandes y exquisitos futbolistas de toda la historia que no paró con el cóctel de adicciones que persiguió sus días de celebridad. Fútbol de otro planeta, fama, religión, fiesta permanente y descontrol descerebrado. La autodestrucción acabó con el niño de Villa Fiorito. Sus últimos 20 años fueron algo parecido a un infierno con destellos de felicidad gracias a una pelota. Dos décadas que vivió gratis con un corazón erosionado. Maradona, simplemente, consumió a Maradona. Ad10s a una leyenda.
Antonio Valencia25 de noviembre, 2020
El corazón de Maradona era grande. Descomunal. Pero ese verano del nuevo siglo en Punta del Este lo puso de rodillas frente a frente con la muerte. Fue en enero de 2000 cuando sufrió una arritmia feroz autoprovocada por el consumo de cocaína y alcohol. El 10 de enero ya estaba en Buenos Aires internado, pero cuando salió para comenzar su desintoxicación en Cuba, su corazón no era el mismo: apenas funcionaba con apenas el 38% de su capacidad. El resto estaba enfermo. Insano.

Ese día su cuerpo empezó a morir en serio. Poco a poco y sin control. Nunca pudo ni supo superar la adicción. Nunca quiso frenar los excesos. Lo tuvo todo, pero culposo o incapaz de detener el personaje que creó con una pelota de trapo, declamaba al mundo que ya no más a sus adicciones porque decía que “El Barba”, como llamaba a su dios, le había dado otra oportunidad. Pero salió de la isla caribeña y cuatro años después pasó otros once días en una clínica bonaerense con la vida colgando de un hilo. Maradona estaba preso de sus excesos de los que nunca pudo escapar.

Su vida partió el 30 de octubre de 1960 en Villa Fiorito, un suburbio de la capital trasandina rodeado de pobreza extrema, de una pelota y de una zurda con habilidad pocas veces vista como única herramienta para salir de la miseria. Era el quinto de ocho hermanos y su gambeta sin techo empezó a rodar de boca en boca desde que jugaba en un
descampado y terroso potrero llamado “Las Siete Canchitas”.

La extrema precariedad económica empezó a acabarse cuando debutó con Argentinos Juniors el 20 de octubre de 1976. Tenía 15 años, poco más de un lustro después de llegar a las inferiores a integrar el equipo “Los Cebollitas” con el que llegó a estar 136 partidos invicto. Con su primer sueldo como futbolista, luego de un contrato firmado el 29 de abril de 1977, llevó a doña Tota, su madre, a comer a un pizzería en el barrio Pompeya. Se gastó todo el salario. “Nos comimos y tomamos todo. ¿Y qué querés si en mi casa en Fiorito pasábamos hambre? Se comía carne una vez al mes, el 4, cuando mi viejo cobraba su sueldo”, decía al narrar su historia.

El niño que empezó a jugar en una cancha de tierra. “Mi sueño es jugar el Mundial”, dijo en su primera entrevista televisada

Empezó como el futbolista peor pagado del equipo. “Y con eso parecíamos Bill Gates y la reina Sofía”, contaba el “Pelusa”, el niño pobre que jugó fútbol durante 21 años hasta llegar a lo más alto. De la prensa y la TV supo desde temprano. Su primera nota apareció cuando tenía 10 años en el diario Clarín y ahí describía al pibe prodigio con habilidades de crack. Sus malabares en el entretiempo de los partidos de Argentinos Juniors lo llevaron al programa de televisión “Sábados Circulares”. Nunca más dejaría de llenar páginas ni de cronometrar minutos y hacer estallar el rating.

De los “Bichos Colorados” de La Paternal pasó a vestir la abiceleste. Era tan joven que César Luis Menotti no lo quiso integrar a la selección que ganó el Mundial de 1978. Su primera revancha llegó un año más tarde, al titularse campeón del mundo juvenil en 1979 con Argentina. Boca Juniors, en 1981, fue la siguiente estación. En el equipo más popular de un país que come fútbol enloqueció a la masa y su fama recorrió el mundo: en su primer clásico contra River Plate en La Bombonera fue sacado en andas tras su golazo en que desparramó al afamado portero Ubaldo Fillol. Ese año levantó su único trofeo en Argentina.

El fastuoso Fútbol Club Barcelona lo esperaba. La vida nocturna de la Ciudad Condal también.

Sufrió en el Mundial de 1982. Marcó sus dos primeros goles, pero también la decepción de quedar eliminado por Brasil en segunda ronda. Su frustración convertida en rabia terminó en una expulsión tras una violenta patada a un rival.

En Barcelona pasó de todo. Y además de su gambeta y explosión fenomenal, extendió desencuentros con los entrenadores que no le eran de su agrado por imponer disciplina, o por lo que fuera. El alemán Udo Lattek fue despedido y Maradona se reencontró con Menotti, el mismo que lo excluyó de la Copa del Mundo de 1978 y con el que se coronó en el mundial juvenil. Con los blaugrana ganó tres torneos y fue ovacionado en el Santiago Bernabéu cuando enfrentó al Real Madrid, pero en septiembre de 1983 una bestial patada de Andoni Goikoetxea en el partido contra el Athletic de Bilbao lo mandó al quirófano: fractura de su mejor pierna, la zurda.

Maradona en el Barcelona. El zurdo probó la droga por primera vez en la Ciudad Condal.

Al año siguiente, con el “10” recuperado, se reencontró con su victimario en un duelo que terminó en una bestial gresca de barrio iniciada por Maradona. Era la final de la Copa del Rey. Lo castigaron tres meses sin jugar. Lo vendieron al Napoli a mediados de 1984.

En Italia se convirtió en un dios, un ídolo sobrenatural. Y si en Barcelona había comenzado sus primeros pasos con las drogas duras y las juergas, en Nápoles se descuadró, sobre todo después de conducir al modesto equipo sureño a sitiales impensados en la liga y también en Europa.

Al Olimpo de su recorrido escaló a mediados 1986. Campeón en la Copa del Mundo en México, proeza decorada con dos de los tantos más famosos en la historia del fútbol, ambos a Inglaterra en los cuartos de final: la “Mano de Dios” y la inconmensurable exhibición de magia, técnica, velocidad y destreza con que, minutos después, esculpió el mejor gol en la historia de los mundiales. “¡¡¡¡Genio, genio, genio!!!! Ta, ta, ta , ta, ta… ¡¡¡Goooooooool, goooooooool!!! ¡¡¡Dios santo, quiero llorar!!!! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡¡¡ Maradona!!! En una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?. Argentina 2, Inglaterra 0”, eternizó el relator uruguayo Víctor Hugo Morales al describir el “Gol del Siglo”.


Tras otra joya a Bélgica en semifinales y derribar a Alemania en la infartante final, levantó como capitán la Copa del Mundo. Cuatro años después, vio cómo el máximo trofeo del fútbol se lo llevó Alemania en el Mundial de Italia 1990. Un tropiezo que, quizás, hasta poco le importaba a su feligresía que, en 1998, fundó la “iglesia maradoniana”. El personaje de culto no iba a detenerse.

Su desatado romance con el éxito seguiría en Nápoles. En sus seis años en la escuadra azzurra conquistó dos scudetti y la cúspide del club en Europa al levantar la Copa de la UEFA. En Italia nacieron sus primeros hijos: el primero fue Diego en 1986, fruto de una relación extramatrimonial y a quien reconoció 29 años más tarde, Dalma en 1987 y Gianinna en 1989, ambas con su primera esposa, Claudia Villafañe. Maradona tendría otros herederos: Jana en 1996, reconocida por la fuerza de la ley luego de que el astro se negara a realizar un test de ADN, y Diego Fernando, quien nació en 2012 fruto de su relación con Verónica Ojeda. La nebulosa creció en 2019 cuando su abogado comentó que habría otros tres hijos e incluso un cuarto, nacido en Cuba en los tiempos en que el ya retirado jugador se sometió a una terapia de rehabilitación de sus adicciones.

La vida en Italia fue la más exitosa y también de las etapas más oscuras. Fue vinculado con la camorra, la mafia más poderosa de Nápoles y dio doping por cocaína en marzo de 1991 siendo suspendido por quince meses. Un mes más tarde, ya en Buenos Aires, fue detenido por la policía tras allanar una fiesta con dos amigos en un departamento en el barrio de “Caballito”. Fue sancionado por posesión de droga.

Al fútbol volvió en 1992 en Sevilla, se fugó para jugar y ganar con Argentina la Copa Artemio Franchi en 1993 y a fines de ese año regresar al fútbol trasandino en Newell’s. Los escándalos extrafutbolísticos continuaron: en febrero de 1994 protagonizó un incidente con un escopeta de aire para espantar a un grupo de reporteros que estaban fuera de su casa, siendo condenado por la justicia a dos años de pena remitida. De vuelta a la cancha con Argentina, acudió al Mundial de Estados Unidos 94.

“Maradona jugó, venció, meó y perdió”, escribió el literato Eduardo Galeano. Maradona arrojó doping por cinco sustancias con efedrina y sus sucedáneos, fue expulsado de la Copa del Mundo y suspendido por otros quince meses. “Me cortaron las piernas”, vociferó el astro en caída libre. “Se cortó las piernas solito”, retrucaría años después el entrenador Carlos Bilardo.

Maradona en Estados Unidos 1994, el día que le reclamó al mundo que le habían cortado las piernas. Foto: AP

El “Pelusa” colgó los zapatos de fútbol y comenzó su aventura como entrenador. Mandiyú (1994) y Racing (1995), hasta que regresó a jugar en Boca Juniors en 1995. Locura total. Un año después protagonizó una campaña antidrogas financiada por el gobierno argentino: “Fui, soy y seré drogadicto”, diría entonces. Se internó en Suiza, abandonó la clínica porque el médico entregó detalles a la prensa y en 1997 se descompensó en Chile durante un programa de TV. Increíblemente volvió a jugar fútbol por Boca Juniors y otra vez arrojó positivo por derivados de la coca. A los 37 años, puso término definitivo a su vida como jugador.

El ajetreado camino de Maradona lo llevó por negocios, actividades diversas. Fundador del sindicato mundial de futbolistas, comentarista de TV —uno de los más rimbombantes fue el programa para la televisión venezolana “De Zurda” durante el Mundial de Brasil 2014—, eterno rostro publicitario de cuanto emprendimiento comercial aprobaba su círculo cercano, incluido una tétrica marca de cigarrillos durante sus últimos meses de vida.

Amigo de Fidel Castro, de Hugo Chávez, pero también de Carlos Saúl Menem, los lazos del “10” se extendieron por el mundo.

La dirección técnica también le brindó jugosos ingresos, con Argentina en el Mundial de Sudáfrica 2010 en que dirigió a Lionel Messi, y sobretodo en Emiratos Árabes, como entrenador del Al Wasl en 2011, cuyo contrato fue avaluado en 34 millones de dólares, y luego en Al Fujairah en 2017. Un año mas tarde era el rey en Bielorrusia, luciendo un anillo de diamantes de 300 mil euros y montando vehículos anfibios como presidente honorario del Dinamo Brest.

La imagen publicitaria del pibe de Villa Fiorito, como siempre, valía oro. Las primeras estimaciones mencionan que de la fortuna que amasó, pese a la montaña rusa que vivió, deja al menos 80 millones de dólares de herencia.

Los excesos siempre acompañaron el recorrido de Maradona. En la foto, disfrutando de un habano en una playa cubana. Foto: Reuters

La bitácora de su figura de leyenda tuvo más capítulos. Asumió en 2018 como técnico de Dorados de Sinaloa de México, donde además de dólares, lo agasajaron con controvertidas canciones: allá nació el narcocorrido dedicado a él (“Si viniste a Sinaloa es pa’ quedar bien drogado”, dice la letra), un tema que se sumó al soundtrack de su vida que estuvo sazonado con homenajes a sus proezas deportivas en ritmo de cumbia o rock como la piezas de colección del cantante argentino Rodrigo con “La mano de Dios”, Manu Chao con “La vida tómbola”, Andrés Calamaro con “Maradona”, Los Piojos con “Maradó” y Mano Negra con “Santa Maradona”.

Películas, documentales, libros biográficos y autobiográficos, todos mezclan el cóctel de fútbol y cocaína que sumió al crack en la decadencia que el propio Maradona vio venir hasta desde el subconsciente. “Soñé que había escalado la cima el Aconcagua. Que estaba parado bien en la punta y que me balanceaba y podía caerme a la izquierda o a la derecha. De un lado, abajo, había una grieta. Del otro, el vacío. Finalmente me caía. Y cuando empezaba a caer, me quedaba enganchado en una punta y me salvaba”, confesó en una entrevista en 2004 concedida en la habitación de la clínica en la que estuvo 11 días internado tras un problema cardíaco al que llegó, además, empastillado hasta más no poder.

“Diego toma todo lo que le dicen que le hace bien”, decía entonces su amigo y representante Guillermo Coppola. Píldora y media para dormir y una más para la presión, además de cuatro medicamentos para evitar los ahogos, uno más para la erupción de la piel, el dolor de hígado y la pesadez en el estómago. “Si usted toma tres kilos de cada cosa no le va a hacer bien”, le reprochaba el médico hace seis años.

Pero “Maradó” no se detuvo, era un paciente difícil y sus adicciones a las bebidas y las pastillas nunca cesaron. Ya ni modular podía en cada rueda de prensa que, balbuceando ideas inconexas, lograba brindar en su último club como DT: Gimnasia y Esgrima de La Plata que, con su figura, proyectó recaudar quince millones de dólares en ganancias. Este año recayó por un edema en la cabeza y el 3 de noviembre fue operado. Pero su cuerpo y su corazón, que apenas funcionaba a un tercio de su capacidad, no aguantó más. Murió a los 60 años presa de los innumerables males de un mortal que desde mucho antes ya había pasado a ser, simplemente, inmortal.

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