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Descifrando a Novak Djokovic, el tenista que busca ser amado

Este domingo, el número uno del mundo tiene la oportunidad de ponerse por encima de Roger Federer y Rafael Nadal y conquistar su 21º título de Grand Slam, si vence al ruso Daniil Medvedev en la final del US Open. Un registro que lo puede empujar definitivamente a ser considerado el mejor tenista de la historia. Sin embargo, con “Nole” el debate no se restringe a lo numérico. Sus polémicas y controvertida personalidad le quitan peso a su inminente coronación.
Foto: France Presse
Diego Aguirre Diez11 de septiembre, 2021
“Este público te ama, pero los pusiste en tu contra de un momento a otro”, decía el entrevistador del US Open a Novak Djokovic, entre abucheos, luego que el serbio venciera al local Andy Roddick en los cuartos de final de la edición 2008. Esa vez, el estadio celebraba al ganador, pero todo se crispó cuando “Nole” ironizó sobre unas declaraciones del estadounidense que le reprochaba simular lesiones para detener los partidos. Desde ese momento, Flushing Meadows no olvidó, y de vez en cuando los espectadores le regalan silbidos ensordecedores al tenista balcánico. Un hecho que, por diferentes motivos, se repetiría en las principales canchas del mundo. Djokovic pone de su parte: durante los años se ha encargado de sumar una decena de polémicas a su historial. Una mancha que eclipsa a ratos los vítores hacia un tenista extraordinario.

Amor y odio. Aplausos y abucheos. Una costumbre en su carrera. No opaca un registro notable de victorias que este domingo busca extender: jugará la final del torneo neoyorquino ante el ruso Daniil Medvedev con la misión de levantar su 21º título de Grand Slam.

Para entender por qué el número uno del mundo, y uno de los mejores tenistas de la historia, puede generar tanta idolatría y a la vez tantos anticuerpos, no solo hay que contar sus triunfos y tropiezos.

La conocida infancia de Djokovic en los 90, marcada por los bombardeos de la OTAN en su natal Belgrado, forjó el fuerte carácter del tenista. “El tenis no era solo un deporte para mí, era escapar de todo. La primera vez que escuchas que los aviones se te vienen encima, tiemblas de miedo, pero cuando pasan una, dos, tres veces y todavía sigues vivo, te conviertes en invencible”, dijo el serbio.

Los días de encierro en el sótano de su edificio, para refugiarse de los ataques, quedaron atrás cuando el niño prodigio no demoró en dar el salto a la élite. La entrenadora Jelana Gencic lo descubrió cuando tenía seis años, y vio en el pequeño Novak algo que le hizo recordar a Mónica Seles y Goran Ivanisevic, otros extenistas formados por ella. “Me decía que sería el número uno del mundo, y yo le creía”, contó Djokovic.

Djokovic y su primer trofeo grande: fue en 2008, en el Abierto de Australia, y con 20 años. Foto: France Presse

A los 12 años se alejó de Serbia y de las penurias de la posguerra. Se instaló en Alemania, en la academia de Nikola Pilic, y a los 16 se hizo profesional. Escaló rápido. A los 18 ya estaba entre los veinte mejores tenistas del mundo, y a los 20 ganaba su primer torneo grande, en Australia.

Sin pedir permiso, Djokovic llegó a sacudir cuatro años de un duopolio infernal entre Roger Federer y Rafael Nadal, quizás, su peor pecado. No fue una entrada tímida, tampoco. Fuera de la cancha, sus imitaciones a compañeros del circuito sacaron carcajadas. Lo apodaron “Djoker”, por el guasón. Pero no todos rieron con el personaje. Algunos sintieron que la personalidad avasalladora y extrovertida de la nueva estrella del tour sostenía cierta arrogancia. Aquel enfrentamiento con Roddick en 2008 fue el inicio. Justificado a veces, incomprensible en otras, el rechazo a Djokovic creció como la espuma.

“Ok, soy popular y me hago cargo. Mientras me quieran, todo estará bien. Cuando no lo hagan, lo aceptaré”, asumía un joven Djokovic ante los primeros desprecios.

En tres años tomó nota viendo jugar al suizo y al español, y también se dio el tiempo de conocer su cuerpo: fue diagnosticado con celiaquía y su alimentación dio un giro hacia los producto vegetales. “Me dio una excelencia física y mental”, contó el tenista.

En 2011 dio vuelta el tablero y ganó al hilo Australia, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos. Alcanzó el número uno del mundo por primera vez. Era invencible.

El tenista serbio compartiendo con niños durante una serie de Copa Davis entre su país y Bélgica. Ese año, el equipo balcánico perdió la final, pero tres años antes celebró el título con "Nole" a la cabeza. Foto AP


La guerra contra Federer y Nadal en el ranking estaba declarada. Fuera de la pista también. En popularidad, “Nole” no le llegaba ni a los talones a sus principales rivales. La perfección y elegancia del helvético por un lado; la potencia y esfuerzo descarnado del mallorquín por el otro. Dos deportistas amados incondicionalmente por la fanaticada, que vio incómoda cómo un intruso alteraba los planes de ver a “FedEx” y “Rafa” repartirse trofeos.

El serbio, que basa su juego en el error del contrario y en la elasticidad de sus movimientos, intentó —sin éxito— apoderarse de un cariño reservado solo para sus dos oponentes.

Quiso agradar haciendo imitaciones, con bailes en la cancha, con beneficencia a destajo, participando de videoclips musicales, interactuando con el público, y hasta comió pasto al ganar Wimbledon. Pero a la par, mostró su peor versión cuando perdía: rompiendo raquetas, gesticulando contra los espectadores, y rostro malhumorado.

También fraguó rebeliones en la interna de la ATP. Planteó un sindicato paralelo al organismo, sin el apoyo de Nadal y Federer, con el objetivo de buscar mejores ganancias para los tenistas del circuito, aunque advirtiendo que “los hombres deberíamos ganar más que las mujeres”. Y así, de un momento a otro, el mundo del tenis se dividió ante la figura del serbio.

Una máquina del tenis con poca simpatía, pero que en 2017 mostró una cara terrenal. Sufrió una crisis que lo alejó de los trofeos importantes y cayó al puesto 22 del ranking. Una lesión en su codo derecho y una introspección profunda que casi lo lleva al retiro. “Perdí toda motivación. Cuando logras tus sueños y alcanzas el éxito, llega esa etapa de tu carrera en la que te preguntas: '¿Y ahora qué?”, confesó el tenista. Pero volvió a lo suyo y siguió ganando. Se metió en el yoga, la meditación y la espiritualidad. Los escándalos, eso sí, no cesaron.

En Wimbledon 2019, jugando una recordada final ante Federer. El público inglés no disimuló esa vez y se volcaron a animar al suizo, multicampeón en el pasto londinense. Lástima para ellos: Djokovic se quedó con la corona y celebró su quinto major en esa superficie. Foto:Reuters


El año pasado firmó el divorcio con sus detractores más férreos. En plena pandemia, se mostró contrario a vacunarse, y organizó torneos amistosos con escaso protocolo anti coronavirus. Algunos tenistas, incluido él, se contagiaron, y poco antes fue visto en una fiesta sin mascarilla ni distanciamiento social.

“Me da la impresión de que tiene una obsesión enfermiza por ser querido”, disparó el tenista Nick Kyrgios sobre el serbio.

Luego, en el US Open, fue descalificado por propinarle de manera accidental un pelotazo a una jueza de línea, y en los Juegos Olímpicos de Tokio polemizó con las declaraciones de la gimnasta Simone Biles señalando que “tener presión es un privilegio”.

“Es torpe, comete errores. El tema es que no entiendo que los pague tan caro”, dijo el extenista Henri Leconte.

“Mi hijo no ha hecho nada para que lo odien. El tenis es un deporte de ricos y no comprenden que alguien de la pequeña y pobre Serbia sea el mejor del mundo”, se defiende Srdjan, el padre.

El serbio desafía al público de Flushing Meadows, en los cuartos de final del US Open, donde venció al italiano Matteo Berrettini en cuatro sets. Foto: France Presse

Engreído para algunos, seguro de sí mismo para otros. Djokovic es así. Un camino que parece incompatible: buscar ser amado sin perder el particular carácter que lo llevó a la gloria. Hoy, Djokovic se ve más preocupado de esto último. “Considero que yo soy el mejor, de lo contrario no hubiera llegado hasta aquí ni estaría hablando de hacer historia ni de ganar Grand Slams”, lanzó luego de ganar Wimbledon este año.

Este domingo va por otro grande. En Nueva York puede sumar su 21º major y dejar atrás a Federer y Nadal en ese registro, alcanzar cuatro títulos de Grand Slam en una temporada, y despejar dudas en el debate sobre quién del trío es el mejor. “Jugaré este partido como si fuese el último de mi carrera. Soy consciente de la historia…”, advirtió.

De todas formas, y pese a lo que ocurra este domingo, todo indica que la lupa de los críticos de Djokovic mirará más allá de sus triunfos.
Diego Aguirre Diez

es periodista de Deportes El Mercurio desde 2016, especialista en el área polideportiva, cubriendo tenis, golf, rugby, atletismo, básquetbol, entre otras disciplinas.

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