Hacer la cama
En los torneos del fútbol nacional, pasadas escasas fechas, fueron cesados Javier Torrente, “Paqui” Meneghini, Gonzalo Villagra, Patricio Almendra y cuando transcurran otras tantas más nombres caerán, así está escrito.
No en el sentido literal, vale decir estirar sábanas, tender la frazada, ordenar colchas, acomodar almohadas y dejarla impecable, como en hotel de lujo.
Acá no se trata de una cama textual, por así decirlo, sino de una metafórica y fantástica, que en el habla de Chile son locuciones verbales como “poner paños fríos”, “repetirse el plato” o “apretar cachete”, que también sirven para el fútbol, y para la política, por si acaso.
En la frase de “hacer la cama” los protagonistas son los futbolistas enrabiados y la víctima, el entrenador de un equipo calamitoso.
Los dirigidos están disconformes con la dirección, no toleran al sujeto de la banca y entonces conspiran con disimulo y se conjuran bajo cuerda, para que los terribles resultados sucesivos hundan al entrenador y encajonen a los dirigentes en una sola dirección: echarlo porque sí y por qué no, pero echarlo.
En los torneos del fútbol nacional, pasadas escasas fechas, fueron cesados Javier Torrente, “Paqui” Meneghini, Gonzalo Villagra, Patricio Almendra y cuando transcurran otras tantas más nombres caerán, así está escrito.
Los entrenadores no son un bien duradero ni apreciado, se adivina cierta morbosidad y poca pena por el caído, porque la sospecha persistente es que en el racimo de los entrenadores hay mucho gajo falso con cuenteros, pícaros y bocazas.
El oficio deambula por un profundo cajón de sastre para un mercado saturado que los contrata y despide de manera mecánica, porque son muchos, abundan y por eso la corriente no se corta cuando los descabezan, reemplazan e intercambian como ampolletas de luz fría o cálida. Da lo mismo, no pasa nada y es la dura realidad, son dos puñados con trabajo y varias legiones de cesantes o dirigiendo donde se pueda o hablando solos por YouTube.
Lo de “hacer la cama” son más bien especulaciones y comentarios de secretos incomprobables y conjuras improbables difíciles de llevar a cabo. Deberían efectuarse en público y bajo las cámaras de televisión, y se notaría si los jugadores corrieran para atrás (esto tampoco es literal) y bajaran piernas y brazos, envueltos en el juego anodino de defensas amurrados, delanteros taimados y arqueros distraídos.
El resumen sería que se hacen los malos, pero no hay manera de descubrir el fingimiento, porque en realidad, a lo mejor, son malos.
En este universo impreciso lo políticamente correcto es que el entrenador no supo transmitir y a los jugadores no les llegó lo que tanto importa: el mensaje.
Nadie le hizo la cama, pero dejaron de creer en él, y entonces perdieron energía, alegría y compromiso. Y algo peor: dejaron de confiar.
Todo lo anterior, razonado y presentado dentro de lo que cabe, pertenece al anverso racional y blanco que explica el estado actual del fútbol chileno.
El reverso oscuro y visceral del discurso es terrible: deshacer la cama y malo el entrenador, malos los jugadores y malos los dirigentes.
Antonio Martínez
es periodista y crítico de cine; fue editor de Cultura de “La Época”, jefe de redacción de “Hoy” y director editorial de Alfaguara. Fue corresponsal, desde España, de “Estadio”, y columnista de “Don Balón”. Autor de “Soy de Everton, y de Viña del Mar” (2016), y junto a Ascanio Cavallo, de “Cien años claves del Cine” (1995) y “Chile en el cine” (2012).







