El fútbol que vivimos
Afirmar que “el fútbol de antes ya no existe” es una absurdo. A pesar de los negocios fraudulentos, de las coimas, de los entendimientos por debajo de la mesa, de los bonos por cerrar la boca, lo que el fútbol sigue entregando es la emoción de ver un campeón del mundo que juega como reloj, a un puñado de cracks realizando su último baile o a uno conjunto de jóvenes que demuestran que las generaciones no mueren, sino que simplemente se transforman.
Si bien el fútbol, como cualquier actividad socializada, se puede analizar desde cualquier punto de vista -todos los grupos e individuos tienen derecho a pataleo- el intento constante por “intelectualizarlo” parece más un deseo de sobresalir en el mundillo de las interacciones sofistas que una legítima forma de contribuir a los debates serios.
En los últimos tiempos se ha inventado hasta un sustantivo para generar ruido y posicionar ciertos principios: postfútbol.¿Qué significa esa palabra? ¿Qué sentido tiene? ¿Apunta a algo verdaderamente profundo que puede convertirse en el punto de partida de una explicación sociológica?
Postfútbol es una expresión creada para señalar que el deporte socializado por los ingleses en el siglo 19 y que tuvo su explosión como fenómeno social en el siglo 20 - bajo el alero de los medios de comunicación masivos- ya no existe. Murió.
Se disecó por obra y gracia de un montón de situaciones, pero resumidas en un concepto: el incontrolable mercantilismo que padece.
¿Es un análisis errado? No del todo. Es cosa de seguir el rastro básico para concluir que el negocio y la ganancia rápida es un elemento que determina la actividad en todo el mundo actualmente.
Pero que a partir de eso se instaure como verdad que el fútbol se ha denigrado o autoaniquilado es no entender y tampoco conocer la historia de este deporte apasionante.
Es cosa de ver lo ocurrido en el último Mundial, que fue un paradigma para profundizar en estos temas. Es cierto: la Copa del Mundo 2026 estableció la evidencia más incuestionable de la comercialización brutal y hasta absurda del fútbol como espectáculo.
Las cifras así lo indican. Son escandalosas. Y no es todo. Ver cómo el burdo presidente de la FIFA, Gianni Infantino, intentó “comercializar” el próximo Mundial poniendo en venta el 20 por ciento del producto y constatar cómo manejó el negocio con los árabes para que se quedaran con el Mundial 2034 reafirma que existe un desenfreno en la intención de conseguir ganancias ostentosas.
Pese a todo, afirmar que “el fútbol de antes ya no existe” es una absurdo. A pesar de los negocios fraudulentos, de las coimas, de los entendimientos por debajo de la mesa, de los bonos por cerrar la boca, lo que el fútbol sigue entregando es la emoción de ver un campeón del mundo que juega como reloj, a un puñado de cracks realizando su último baile o a uno conjunto de jóvenes que demuestran que las generaciones no mueren, sino que simplemente se transforman.
Ese es el fútbol que vivimos. Y mucho les pese a quienes se sienten llamados a establecer modas literarias, sigue siendo un deporte que nos llena el corazón. Igual o más que antes.
Sergio Gilbert
es periodista titulado en la UC, especializado en fútbol. Profesor universitario y redactor en El Mercurio. En Twitter: @segj66







