Santiago de Chile.   Mar 28-04-2026
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El modelo celeste

O'Higgins ha tenido la virtud, superando el hecho de ser un plantel corto para enfrentar tanto, de establecer un modelo de juego que incluso disimula eventuales ausencias importantes en su formación.
Foto: EFE
Sergio Gilbert27 de abril, 2026
O’Higgins, sin duda, es el mejor equipo chileno en lo que va de la temporada 2026.Los números lo respaldan.

Es la escuadra nacional que más partidos ha jugado este año, contando, además de su participación en la competencia doméstica (Liga de Primera y Copa de la Liga), su presencia en la fase de eliminación de la Copa Libertadores y en la Copa Sudamericana.

Pero claro, no es el mejor por ello.

Resulta que en todos estos torneos no solo es y ha sido competitivo, sino que ha tenido la virtud de establecer un modelo de juego que incluso disimula eventuales ausencias importantes en su formación, superando el hecho de ser un plantel corto para enfrentar tanto.

El mérito acá, sin duda, es de índole global.Desde el punto de vista de lo organizativo como club, los nuevos dueños de O’Higgins han sido hasta ahora respetuosos en seguir la línea impuesta por sus antecesores, en orden a mantener el principio de la constante promoción de valores emergidos de su cantera. Así, por ejemplo, si en años anteriores surgieron con fuerza nombres como el del lateral Felipe Faúndez y el volante Felipe Ogaz (quienes hoy ya alternan en la selección adulta), y el delantero Rodrigo Godoy (quien, siendo una gran figura el año pasado, desgraciadamente, ha perdido presencia en 2026), hoy exhibe como una nueva joya al mediocampista Martín Maturana, quien a los 22 años parece estar preparado para comandar el desarrollo ofensivo del equipo.

En lo técnico, sin duda que el sello que le ha impreso Lucas Bovaglio a su escuadra es digno de constatar.

Tal y como lo demostró en sus años como DT de Palestino, el argentino ha sabido combinar dos cosas que son importantes para el éxito de un equipo: proponer una matriz general y, en base a ello, motivar a que sus jugadores la asuman como propia.

No es, entonces, que O’Higgins esté aplicando fórmulas secretas o ideas muy revolucionarias. El cuadro rancagüino llega a ser incluso básico y hasta reiterativo en su forma de juego. Pero con ello, más que mecanizar obsesivamente, su fondo se convierte en el sustento para que jugadores como Juan Leiva o Martín Sarrafiore puedan tomar decisiones y establecer cambios y variantes en los momentos que el equipo requiere de ellos.

Bovaglio también ha hecho el trabajo que se espera de un entrenador: potenciar el material que tiene. Y el ejemplo es la buena temporada que está cuajando Arnaldo Castillo, quien el año pasado parecía ser solo un poste en el área, y que hoy es ya un atacante que cumple funciones tácticas importantes.

La guinda de la torta de esta escuadra que hoy se anota como la que más brilla en el ámbito chileno es la presencia de un jugador de otro nivel, distinto y capaz de generar aplausos como el argentino Francisco González. Desde que llegó a mitad del año pasado a O’Higgins, el jugador formado en Newell’s ha desplegado su talento no como lucimiento sino como arma colectiva.

Otro mérito en este O’Higgins del que vale la pena hablar.
Sergio Gilbert

es periodista titulado en la UC, especializado en fútbol. Profesor universitario y redactor en El Mercurio. En Twitter: @segj66

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