Desidia y capricho
Fernando Ortiz, en especial cuando el equipo hace de local, comparte su protagonismo con Arturo Vidal, que cuando no está en la cancha, sino en la banca y alrededores, sigue los partidos de pie, grita instrucciones, gesticula con los brazos y en esos tramos participa en la gestión del partido con el director técnico que, apenas puede, lo abraza.
Esta no es una obra clásica y dramática, algo como “Los amantes de Teruel”, aunque es verdad que el pueblo llano inventó lo de tonta ella y tonto él, pero eso es un desliz y de eso no se debe llevar apunte.
Lo que importa es que por donde se le mire esto no es una obra clásica, al contrario, es algo muy menor, no va ni de sainete, desde luego ocasional y al aire libre, tampoco en un escenario, sino sobre el pasto y entre el área técnica, la banca y alrededores, y se monta, por lo general, cuando Colo Colo juega en el Monumental.
Son dos los intérpretes: Fernando Ortiz y Arturo Vidal, pese a que las reglas de la FIFA establecen que una persona está autorizada a transmitir instrucciones tácticas de pie y desde el área técnica. El entrenador principal y su asistente, pero si se levantan simultáneamente a gritar instrucciones, ambos pueden ser amonestados.
El numerito consiste en lo siguiente.
El entrenador argentino, en especial cuando el equipo hace de local, comparte su protagonismo con Arturo Vidal, que cuando no está en la cancha, sino en la banca y alrededores, sigue los partidos de pie, grita instrucciones, gesticula con los brazos y en esos tramos participa en la gestión del partido con el director técnico que, apenas puede, lo abraza.
Lo abraza cuando lo saca, cuando el partido finaliza, cuando hay un gol esperado, cuando las circunstancias lo precisan, lo abraza porque sí.
Y lo que pudo ser una primera vez espontánea y parecía una salida de libreto por las características de un partido en particular, se fue convirtiendo en costumbre y en algo normal.
La televisión, cuando se da, lo filma con nitidez y ganas.
Todo el respetable lo presencia, en vivo, en directo y en el estadio, no hay ánimo ni disposición a la crítica y tampoco a cuestionar la legalidad de esas actitudes.
Colo Colo tolera la lenidad y con descendencia de un entrenador, Fernando Ortiz, no solo con un jugador, sino con su propia profesión, porque le resta méritos y respeto a la dirección técnica desde la banca.
Y tolera la tendencia irrefrenable del que fue un gran jugador, por convertirse en una leyenda que va más allá de sus posibilidades.
La institución que auspicia y promueve es Colo Colo, que es del país entero, de Arica a Magallanes, y que ha sabido ser campeón. Esta semana, por un homenaje a Ismenia Pauchard y al básquetbol, se recordó su frase: “Llevo un indio en el pecho en lugar de corazón”. Colocolina, claro está. Y siempre “Tres tristes tigres” (1968) de Raúl Ruiz, dedicada a dos personas —Joaquín Edwards Bello y Nicanor Parra— y a una institución: “Al glorioso club deportivo Colo Colo”.
Colo Colo es una institución seria, antigua y clásica. Y lo suyo deben ser las obras mayores. No es amateur ni descuidado, ni poco profesional ni ignorante, por eso lo intolerable es que tolere, por desaprensión e irresponsabilidad, la desidia de un entrenador y los caprichos de un futbolista.
Antonio Martínez
es periodista y crítico de cine; fue editor de Cultura de “La Época”, jefe de redacción de “Hoy” y director editorial de Alfaguara. Fue corresponsal, desde España, de “Estadio”, y columnista de “Don Balón”. Autor de “Soy de Everton, y de Viña del Mar” (2016), y junto a Ascanio Cavallo, de “Cien años claves del Cine” (1995) y “Chile en el cine” (2012).







