La semana antepasada aparecieron dos columnas muy curiosamente coincidentes en el tema de la importancia de cuidar nuestras ciudades y de la trascendencia de la belleza para la salud espiritual de sus habitantes.
La primera, de Elena Irarrázabal, se titula
“Homero y el Mapocho” (27 de julio) y comienza con una frase de la Odisea: “No puedo contemplar nada más dulce que mi propia patria”. Y en contraste, plantea ella el tema del odio al hogar, a la cultura y al espacio heredado, que algún autor ha llamado “oikofobia” y que en nuestro país se manifestó en forma extrema en el “estallido social” e invadiendo, ya desde antes, nuestra cotidianidad a través de grafitis y rayados que han “generado espacios intimidantes, donde reina la fealdad”. Y agrega: “…que el INDH hable del riesgo de cohibir la expresión artística es innecesario. Podrá haber o no un registro de vándalos —es opinable—, pero pintarrajear sin autorización debe tener un castigo eficiente”.
David Gallagher, por su parte, en su columna del 29 de julio, titulada
“Enemigos de la belleza” y a propósito de una novela de Mishima, cuyo personaje se obsesiona con destruir un templo cuya belleza le resulta insoportable, sostiene que este afán de destruir la belleza se debe quizás a “un aire de superioridad que de ella emanaría”, el que “desmiente a quienes aspiran a la igualdad, y como consecuencia, despierta rabias y envidias… de allí esos actos revolucionarios en que hordas rabiosas destruyen lo bello”. Gallagher termina aludiendo al drama de nuestras ciudades, víctimas del “afán octubrista… por incendiar o por afear rayándolo todo” (con el objeto) “de bajar a la belleza de su Olimpo”.
He llamado la atención sobre estas dos columnas, porque ambas, desde distintas perspectivas, apuntan a la trascendencia que tiene la belleza en la vida humana y a los peligros que encierra el atentar contra ella vía, por ejemplo, la destrucción de nuestras iglesias, monumentos y edificios patrimoniales, quemándolos o ensuciándolos con grafitis. El centro de Santiago ha empezado a recuperarse lentamente, pero los barrios aledaños, como Recoleta, han llegado a extremos de fealdad y suciedad difícilmente superables. Así, la calle Recoleta, al costado del Cementerio General y más al norte, bien podría ser considerada como la más fea del mundo.
Es raro que alguien pueda defender estas expresiones de carácter anárquico y que representan una verdadera agresión visual a los que caminan o circulan por nuestras ciudades. Un ejemplo extremo son los muros de contención del río Mapocho, hasta hace 20 años limpios, estéticos y hasta elegantes, y hoy pintarrajeados en forma casi obsesiva, sin dejar un solo espacio libre. Y esto no ocurre solo en Santiago, sino también en Valparaíso, Concepción, Chillán, Curicó, y es probable que en todo el resto de las ciudades del país.
El problema es que los grafitis no son inocentes. La ciencia del comportamiento ha realizado innumerables estudios, en particular en Países Bajos y Alemania, sobre el efecto que estos tienen sobre la conducta humana (K. Keyzer et al., 1990; H. Beck, 2004; H. Chalfant, M. Cooper, 2006; M. Spitzer, 2009). En resumen, se podría decir que los rayados y grafitis estimulan sustantivamente la conducta antisocial. En septiembre de 2009 publiqué un artículo titulado “Grafiti y conducta antisocial”, donde comuniqué los resultados de algunos de estos experimentos. Desgraciadamente, este artículo no tuvo ninguna repercusión.
Frente a la actual discusión a nivel político de si se prohíbe o no, o si al menos se regula esta conducta, vale la pena recordar lo que dice la ciencia. Uno de los experimentos consistió en lo siguiente: una cámara secreta filmó a las personas que paseaban frente a un buzón de correo en el que asomaba una carta donde se podía ver claramente que contenía un billete de 10 euros. Si el paseante se enfrentaba a una pared que estaba limpia y bien cuidada, un 13% de ellos se llevó el sobre, pero la proporción aumentó a un 27% cuando otro día, frente al mismo buzón con el sobre a la vista, la pared estaba llena de grafitis.
La conclusión fue que si una persona observa una situación en la que no importa atentar contra una norma (en este caso una pared ensuciada con grafitis), aumenta la probabilidad de que ella atropelle otras normas. Los demás experimentos fueron análogos: una señal de no pasar, un papel de propaganda que no se debe tirar al suelo, etcétera. En algunos casos, el aumento de la proporción de personas que atentaron contra la norma frente a una pared con grafitis llegó al 300%. Los experimentos demostraron también que esta inducción no tenía que ver con el tipo de atropello, sino con el hecho de contravenir una norma.
Cabría entonces preguntarse si los altos niveles de delincuencia y criminalidad que estamos sufriendo no estarán siendo estimulados también por la invasión de grafitis y la desaparición de toda posible belleza en nuestras ciudades.