El Templo del Pabellón de Oro (1956) es la novela más celebrada del novelista japonés Yukio Mishima (1925-70). Lo inspiró el extraño caso de Hayashi Shoken, un novicio budista que en 1950 le prendió fuego al Templo del Pabellón de Oro, en Kioto. Construido en 1397, había sobrevivido 553 años. Mishima crea un personaje, de nombre Mizoguchi, que ejecuta este mismo acto piromaníaco. Quizás quería imaginar qué había en la mente de Hayashi para que cometiera semejante atrocidad. Pero al crear un personaje con otro nombre se dio también la libertad de idearlo a su manera.
El Mizoguchi de Mishima, también novicio budista, es ferozmente tartamudo, lo que le da un tremendo complejo de inferioridad. Es solitario y autodestructivo. También enamoradizo, pero lo humillan las mujeres, que se ríen de su tartamudeo. En todo esto, le sobresale una cosa: la obsesión que va adquiriendo por el Templo del Pabellón de Oro. Su padre le inculcó la idea de que el Templo es de una belleza inconmensurable, una belleza única en el mundo, y esta idea abruma a Mizoguchi. Se va convirtiendo en un esclavo de esa belleza, y llega un momento en que ya no puede pensar en otra cosa. El Templo se le vuelve literalmente inolvidable.
De allí que Mizoguchi llega a pensar que la belleza del Templo es maligna. Que en realidad toda belleza lo es. Concluye que tiene entonces que quemar el Templo, destruirlo, sacarlo del camino, porque su belleza apabullante ya no le permite vivir una vida normal. De allí que lo vemos vagando por Kioto sin otro propósito que pensar en el Templo y en cómo lo va a destruir.
¿Muy japonés esto? No, necesariamente. Mishima leyó mucho a Dostoievski, y las obsesivas andanzas de Mizoguchi por Kioto se parecen a las de Raskolnikov, el autodestructivo estudiante de Crimen y Castigo. Recordemos que él también deambula por su ciudad —la de San Petersburgo—, invadido por una idea terrible: en su caso, la de asesinar a la usurera que le ha prestado dinero.
Lo que tienen Mizoguchi y Raskolnikov en común no es solo que a ambos se les ocurre cometer un acto abominable. Es la curiosa forma, llena de contradicciones, en que la ocurrencia los va invadiendo. Una y otra vez se arrepienten. Obvio que no van a cometer tamaña barbaridad. Pero la idea vuelve y vuelve. Es como si estuvieran presos de una fatal adicción. Como que pierden agencia. Como que sufren de un duro estrechamiento cognitivo. Como que la única forma de salir de la obsesión es cometiendo el terrible acto de una vez. Por lo cual, un tema de las dos novelas es el de la compulsión destructiva. En Mishima la compulsión de quien en el fondo es un pirómano, como esos que emergen en nuestros veranos, esos que saben que no deberían prender fuego a los bosques, pero igual terminan haciéndolo porque no pueden no hacerlo. En Dostoievski es la compulsión de un estudiante tan solitario que no tiene amigos que lo distraigan o disuadan de su adictivo propósito.
Hay algo más en Mishima: la naturaleza insoportable, para Mizoguchi, de la belleza, no solo la del Templo, sino la belleza en general. Insoportable para un hombre que se siente tan inferior como Mizoguchi, pero también, en general, para quienes no soportan el aire de superioridad que emanaría de la belleza.
La belleza, sin duda, desmiente a quienes aspiran a la igualdad, y como consecuencia, despierta rabias y envidias. De allí esos actos revolucionarios en que hordas rabiosas destruyen lo bello. Pienso en los bolcheviques o en las huestes de Mao en la revolución cultural. Pienso también en expresiones de arte y de moda que a través de los siglos han exaltado lo feo. Pienso, también, y mucho, en nuestro estallido, en ese tremendo afán octubrista que hubo por incendiar, o por afear, rayando todo, para bajar la belleza de su Olimpo, para hacer que caiga y se haga pedazos, para que deje de intimidarnos de una vez, para más bien intimidarla con furia, fuego y feísmo.