“No puedo contemplar nada más dulce que mi propia tierra”, dice Odiseo a Alcínoo, rey de los feacios, en el relato de Homero (convertido hoy en un rockstar, gracias a Christopher Nolan). Como buen clásico, el poema aborda asuntos eternos, propios de la condición humana, que emergen una y otra vez.
Temas como el amor —y también el odio— al hogar, la cultura y el espacio heredado, siguen presentes en el debate. Hace unos años, Roger Scruton rescató el término “oikofobia” para definir el rechazo que percibía hacia lo propio, al hogar.
La pensadora francesa Chantal Delsol, en su libro “El odio del mundo” (recién traducido al español), detecta un menosprecio a nuestra realidad concreta, que se deslegitima con la burla y la presión social, para justificar la necesidad de un mundo nuevo y perfecto.
Frente al “demiurgo posmoderno”, Delsol propone la figura del jardinero, que recibe una realidad que no ha creado, reconoce sus leyes y con paciencia ayuda a que crezca y florezca. Sin posturas patrioteras ni aceptando las injusticias, pero sí con respeto al arraigo, los vínculos humanos y los límites de la naturaleza.
En Chile —y sobre todo en el valle del Mapocho— conocimos de cerca este “odio al hogar”, con expresiones como el vandalismo y la destrucción. Hoy nuestras ciudades vuelven a levantarse, aunque quedan huellas. Santiago, Valparaíso y otras urbes continúan vandalizadas y pintarrajeadas en sus muros, lo que genera espacios intimidantes, donde reina la fealdad.
Seamos perseverantes y no caigamos en debates inútiles a la hora de recuperar nuestra Ítaca. Que el INDH hable de “criminalización del arte” y del riesgo de cohibir la expresión artística es innecesario. Podrá haber o no un registro de vándalos —es opinable—, pero pintarrajear sin autorización debe tener un castigo eficiente.
Hay que corregir, con urgencia, la inexistencia de un delito nacional uniforme, que permita sancionar los rayados con penas proporcionales al perjuicio urbano. Y no, no perderemos al futuro Basquiat o Banksy chileno. En el campo del street art existen hoy opciones como los “muros libres” o los murales comisionados.
Tampoco se entiende mucho la oposición a la idea de poner rejas y cerrar de noche los parques urbanos. Lo hacen las ciudades más cultas y liberales del mundo, para proteger los espacios verdes de vándalos amparados en la oscuridad, que nunca faltan.
El huerto de Laertes, en Ítaca, aparece al final del poema homérico. Odiseo recuerda y enumera los árboles que su padre le regaló de niño: trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras. Es el jardín de la infancia y del arraigo. Como escribe otro griego, el poeta Kavafis, “Ten siempre a Ítaca en tu mente./ Llegar allí es tu destino”.