Todos la rodean. Todos quieren sacarse una foto con ella. Todos quieren estar cerca, lo más cerca posible. Todos aspiran a sentarse a su lado. Todos buscan un gesto, una palabra que los aproxime a la luz y centro de gravedad. Todos quieren que hable, todos quieren escucharla. Todos desean que regrese, porque encarna una esperanza hace tiempo extraviada. Todos anhelan que ella opere el milagro: después de la ultraderecha, después de fracasos tan sonados, después de noches tan oscuras, siempre sale el sol. Y el sol, para el progresismo chileno, tiene un solo nombre: Michelle Bachelet.
Desde luego, es posible que haya algo de exageración en el párrafo anterior. Supongo que no todos quieren que regrese, y algunos incluso pueden temer su eventual candidatura. Sin embargo, el homenaje que las izquierdas le brindaron esta semana a la expresidenta se pareció bastante a una aclamación pública. No hubo allí deliberación ni discusión, pues su mera presencia basta (y sobra). Siempre estaremos mejor con ella que sin ella: tal parece ser la única certeza indubitada de la oposición.
Es cierto que razones no faltan. Al fin y al cabo, la capacidad de convocatoria de Michelle Bachelet sigue siendo inaudita: todo el arco de las izquierdas, desde la DC hasta el PC, se siente representado por su liderazgo. Si una de las exigencias contemporáneas es superar la fragmentación, es difícil negar que Bachelet posee un capital inestimable. De algún modo, sintetiza la identidad del progresismo chileno, en sus triunfos y derrotas. Además, como buen cuadro, nunca ha dejado de dar una batalla. Esto explica que un sector que aún no se entera de lo ocurrido el 4 de septiembre de 2022 haya encontrado un motivo para unirse y celebrar. No hay otra brújula disponible.
Sin embargo, es evidente que la situación involucra más de un peligro. Mal que mal, Michelle Bachelet apareció en la primera línea de la vida pública hace 24 años, casi un cuarto de siglo. Hay algo patológico en un sector que recurre —una y otra vez— a la misma persona para evitar toda reflexión ingrata. En rigor, Bachelet se ha transformado en un atajo y una salida cómoda para todos quienes quieren ahorrarse el trabajo de pensar. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que un partido como el PS no haya sido capaz de producir otro liderazgo en más de dos décadas? ¿No hay otros dirigentes con ganas de iniciar algo nuevo, de escribir otro capítulo de la historia?
La trayectoria de Bachelet también obliga a formular preguntas. Su primer mandato fue el cuarto gobierno de una Concertación algo gastada. Ella se notaba incómoda, aunque tenía poco margen de acción. Le entregó la banda a Sebastián Piñera, pero no tardó en comprender las posibilidades que abría el movimiento estudiantil de 2011. En efecto, para su segunda candidatura Bachelet asumió todas las banderas de dicho movimiento, además de incluir al PC en la nueva coalición. El mensaje era nítido, y de enorme peso histórico: si la Concertación se había articulado en torno a la renovación socialista y la alianza entre el centro y la izquierda, la Nueva Mayoría implicaba un giro marcado a la izquierda, y la consecuente muerte de la idea que dio vida a la transición. En estricto rigor, allí reside la principal tesis política de Michelle Bachelet: es más importante entenderse con el PC que con la DC (que la Falange haya aceptado ese trato fue, a no dudarlo, la causa directa de su irrelevancia futura. Pero esa es otra historia).
La dificultad estriba entonces en determinar si, más allá del balón de oxígeno para un sector moribundo, la izquierda necesita más bacheletismo. La interrogante no es nada de trivial, pues en el intertanto hubo acontecimientos: el estallido social, la Convención Constituyente, el frustrado gobierno de Gabriel Boric y el consecuente triunfo de José Antonio Kast. En otras palabras, el resultado de la tesis Bachelet fue —a la larga— el haber facilitado la llegada de “la ultraderecha” al poder. Al perder su conexión con el centro, las izquierdas estrecharon su base de apoyo, perdieron capacidad de interlocución política, y se encapsularon sobre sí mismas, alimentando el ciclo de polarización en el que estamos sumidos (para no hablar de las reformas).
Llegados a este punto, cabe preguntarse si efectivamente Michelle Bachelet sigue siendo una brújula. Quizás no haya otra disponible, pero eso no quita que, quizás, sea prudente averiguar si indica correctamente los puntos cardinales. Si la izquierda carece de proyecto, es porque no ha procesado el ciclo estallido-Convención ni la última derrota electoral. Y lo menos que puede decirse es que, a ese respecto, Michelle Bachelet no ha ofrecido siquiera un atisbo de reflexión, ni ha sugerido un esbozo de camino. Su capacidad de convocatoria es engañosa precisamente porque crea la ilusión de que ella es el camino.
Todos la rodean. Todos quieren sacarse una foto con ella. Todos quieren imaginarse, aunque fuera un instante, que su presencia bastará para vencer definitivamente al fascismo. Todos anhelan que ella opere el milagro.
Cuando despertaron, Michelle Bachelet todavía estaba allí.