No cabe duda de que en una democracia —donde todos nos reconocemos la misma capacidad de discernimiento— los problemas y los conflictos han de resolverse mediante el diálogo o, si se prefiere, el intercambio de razones.
Es obvio entonces que cuando las personas resuelven sus diferencias a golpes o hacen valer sus ideas a patadas, ese ideal se desconoce, se abandona.
Es lo que acaba de ocurrir —un abandono de ese ideal— en los incidentes frente a la Universidad Católica el pasado jueves. Entonces algunos integrantes de una marcha estudiantil agredieron a algunos estudiantes que enarbolaban lienzos cuyos mensajes se oponían a aquello que proferían los primeros.
Es obvio que se trató de un hecho condenable. Faltaba más.
La pregunta que, sin embargo, cabe plantear es cuál es el proceso subyacente a esa agresión o a ese incidente. En otras palabras ¿signo de qué es esa actitud agresiva de unos estudiantes? Responder una pregunta como esta, o pensar acerca de una probable respuesta, no tiene por objeto exculpar a los estudiantes agresores, tampoco justificar sus acciones, sino intentar explicar las causas y los procesos subyacentes. No se requiere haber leído a Kant —aunque no estaría de más que algunos hicieran el esfuerzo— para saber que la razón humana es capaz de formular dos preguntas distintas frente a una misma conducta. Una es si acaso es correcta (quid juris); la otra es qué hechos la explican (quid factis). Y por eso no hay ninguna contradicción entre condenar un hecho y, acto seguido, intentar comprender por qué se produjo.
Y vale la pena recordar esa distinción en esta época en que existe la tentación de moralizarlo todo, y reducir la reacción pública a la condena. Entonces frente a hechos como los del jueves, abundan las reacciones por llamarlas así morales (es un hecho condenable, un acto inaceptable a la luz de la universidad, etcétera) y escasean las preguntas que apunten a discernir las causas y los significados de esos hechos. Es probable que esa reducción del análisis se deba a los acontecimientos de octubre del 19 y su carácter de verdadero trauma. Un trauma es un evento que para una persona es imposible procesar, un hecho que rompe la continuidad de la propia comprensión, como una página en blanco en una novela que amenaza con despojar de sentido a todas las páginas anteriores y a las siguientes. Eso que ocurre a las personas ocurre también a las sociedades. Y es probable que por eso —porque cada hecho violento parece hoy un signo de eso que entonces ocurrió— acontecimientos como los del jueves desatan la condena y silencian la comprensión del fenómeno.
Y, sin embargo, se avanza poco si al lado de la condena, no existe un esfuerzo un poco más reflexivo acerca de hechos como los del jueves.
Desde luego, no se trató de hordas inflamadas de ideología las que protagonizaron esos hechos. No. Eran estudiantes que realizaban una marcha de protesta legítima, envuelta en la dinámica de una masa donde la reflexión disminuye y la agresión tiende a brotar. No es necesario advertir que ese tipo de hechos seguirán, desgraciadamente, ocurriendo porque son propios de la dinámica social. Esto no quiere decir que no haya que controlarlos, solo quiere decir que, mal que pese, seguirán de algún modo ocurriendo de lado y lado.
Tampoco hay que echarse tierra a los ojos —una de las tentaciones de estos días— y creer, o desear creer, que no hay motivos de frustración entre los más jóvenes o entre los estudiantes. Los hay. Después de décadas de proyectos, de análisis y de reformas, la cuestión educacional sigue más o menos donde mismo (un sistema escolar gravemente segregado por nivel de ingreso, expectativas desatadas por la expansión educacional aún insatisfechas, un horizonte ahora mismo sombrío particularmente para los más jóvenes, una inseguridad que más que ciudadana es vital, trayectorias vitales aún determinadas por la cuna, etcétera). Y los jóvenes justamente porque se saben y se sienten iguales a todos los demás, detectan y se hieren por esas diferencias inmerecidas.
Hay, pues, un proceso subyacente cuyas contradicciones no se han resuelto. Es verdad (la idea es de Jorge Millas) que los jóvenes no saben cómo resolver los problemas, pero suelen detectarlos.
Ah, y por supuesto, los hechos del jueves fueron hechos condenables, delictuales, impropios de jóvenes educados, contrarios a la democracia, hechos que todos deben condenar, nada justifica golpear a otro, válgame Dios lo que será de la sociedad con estos jóvenes, etcétera, etcétera.
Faltaría más.