No todos están contentos con la vuelta de la estatua del general Baquedano a la plaza que lleva su nombre. El diputado frenteamplista Jaime Bassa ha reaccionado como si el pasado octubrista fuera intocable: “Pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”.
Sus palabras nos muestran al menos dos cosas importantes. La primera es que existe una izquierda absolutamente irreductible. Ella siempre pensará que habla en nombre del pueblo, aunque ese mismo pueblo le haya propinado una derrota histórica el 4 de septiembre de 2022, donde, para decirlo en palabras de Konrad Adenauer, los chilenos dijimos: “No queremos experimentos”. Sin embargo, golpes como este no solo no llevaron a la izquierda nacional a recapacitar, sino que sigue en sintonía con una izquierda global muy radical y “wokista”.
En efecto, estas posturas no son solo patrimonio de algunos parlamentarios nacionales. La idea de reconstruir el país también está presente, por ejemplo, en los socialistas democráticos norteamericanos. En una reciente entrevista, Megan Romer, copresidenta nacional de esos socialistas que pertenecen al Partido Demócrata, dijo con todas sus letras que quería cosas como suprimir el Senado, cambiar la Corte Suprema y, a largo plazo, eliminar las fronteras, amnistiar a todos los inmigrantes ilegales, estatizar la mayoría de las grandes corporaciones y abolir las prisiones, al menos en gran parte.
En la misma línea se mueven los políticos de Die Linke, la agrupación que acaba de ganar en Berlín esta semana. Su promesa estrella consistió en expropiar más de 220.000 viviendas que pertenecen a las grandes corporaciones inmobiliarias, con el fin de bajar el precio de los arriendos. No es menos radical la Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon. Este último partido impulsó la concesión a Héctor Llaitul de una medalla de la Asamblea de Francia. Le fue otorgada en estos días, a pesar de que está condenado por la justicia chilena a 23 años de cárcel, por apología de la violencia, hurto y otros delitos.
Este tipo de actos y declaraciones de los representantes de la nueva izquierda, tanto en Chile como en el extranjero, llenan de amargura a la izquierda sensata. Ella se da cuenta de que las posturas radicales de la nueva izquierda proporcionan una óptima munición a la derecha y asustan a los electores. Además, en un momento en que nos enfrentamos a crisis mundiales muy serias, desvían la agenda pública de las grandes prioridades.
Ahora bien, todas estas declaraciones de la izquierda radical nos muestran también un fenómeno más profundo, que podríamos calificar como “narcisismo político”. Para los ciudadanos de a pie, el general Baquedano es un héroe, un símbolo de todos los chilenos que a lo largo de la historia han dado la vida por la patria, no solo como soldados en el norte, sino también como carabineros, bomberos o rescatistas. No en vano se eligió precisamente esa estatua para ubicar allí la tumba simbólica al soldado desconocido, que constituye un homenaje a todos esos héroes anónimos que han engrandecido a la patria.
Nada de eso resulta visible a la mirada de la nueva izquierda. Para ella, digno es solo aquello que corresponde a sus propósitos refundacionales, y es tal, aunque constituya una suprema muestra de prepotencia y vulgaridad. Esos rasgos narcisistas les impiden, al mismo tiempo, realizar la más mínima autocrítica. Si su proyecto no encontró el esperado apoyo popular es porque las masas fueron engañadas, porque no han adquirido la necesaria conciencia revolucionaria.
Para ellos, nada es digno de respeto si no resulta útil para su propuesta de refundar Chile. Su proyecto subvierte todos los ideales de orden, justicia, valor y dignidad que hemos mantenido los chilenos desde siempre. En el tango “Cambalache” (1934), Gardel se quejaba porque en el siglo XX el bien había sido relegado al mismo nivel que el mal: “Todo es igual, nada es mejor/ Lo mismo un burro que un gran profesor”. Aquí se ha dado un paso más, porque para esta izquierda lo indigno, zafio, vulgar e injusto constituye ahora el contenido de la dignidad.
Pensemos, por un momento, qué ocurriría si, movidos por el ejemplo octubrista, un grupo de chilenos decidiera hacer con la estatua de Salvador Allende lo mismo que durante largo tiempo nuestros izquierdistas radicales hicieron con las del general Baquedano y del soldado desconocido: que la ensuciaran, la pintarrajearan, intentaran destruirla y se montaran en ella, no obstante que son figuras que están más allá de izquierdas y derechas. Naturalmente, no solo elevarían la más enérgica de las protestas; de inmediato exigirían la restauración del orden y, si la policía se demorara en cumplir con su deber, es probable que ellos mismos se tomaran la justicia por su mano. Si, además, esos manifestantes pretendieran que la estatua misma y su emplazamiento cambiaran de nombre y se pasaran a denominar con alguna palabra tan noble como “justicia”, “autoridad” u “orden”, su voz de protesta se oiría de Arica a Magallanes.
El ejemplo parece disparatado, porque solo a la nueva izquierda se le ocurren cosas semejantes. Ahora bien, ¿por qué ellos se permiten hacer con el general Baquedano y su plaza lo que jamás permitirían que alguien hiciera con sus propios modelos?
Por una razón muy simple, el narcisismo político es incapaz de reconocer el valor universal de la regla de oro. Para ellos, solo en unos pocos casos es verdad que “no debemos hacer a los demás lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros”.