Las noticias de la semana vinieron de la ONU. Desde la fracasada carrera de nuestra expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General del organismo, que recordó esa frase de Don Francisco: “Y a usted quién le dijo que postulara”, hasta el discurso breve, claro y directo del Presidente Kast ante la Asamblea General.
El récord de duración de un discurso lo tiene el mismo que tiene el récord como dictador latinoamericano, el inefable Fidel Castro (seguido muy atrás por Stroessner y Trujillo), que el año 60 en su primera aparición ante la Asamblea General se despachó un discurso de 4 horas y media, desafiando la paciencia y las posaderas de los delegados. Lo paradojal es que partió con la frase “aunque nos han dado fama de que hablamos extensamente, no deben preocuparse. Vamos a hacer lo posible por ser breves”, demostrando que desde sus inicios nunca entregó lo que prometió.
El año 1972 fue el turno del presidente Allende, que empezó su discurso así:
“Vengo de Chile, un país pequeño pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vínculo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los Tribunales de Justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 solo una vez se ha cambiado la Carta Constitucional, sin que esta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada.
Pero Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida, e inclusive enajenada, a empresas capitalistas extranjeras; ha sido conducido a un endeudamiento externo superior a los cuatro mil millones de dólares, cuyo servicio anual significa más del 30% del valor de sus exportaciones, con una economía estrechamente sensible ante la coyuntura externa; crónicamente estancada e inflacionaria. Así, millones de personas han sido forzadas a vivir en condiciones de explotación y miseria, de cesantía abierta o disfrazada”.
Un gran resumen del Chile que terminó el año 73, una democracia hiperdesarrollada con una economía hipertrofiada. Era la época del Estado rico con ciudadanos pobres. Un Estado endeudado e inflacionario con ciudadanos pobres con pocas oportunidades de progreso pero que votaban periódicamente por el político de turno que prometía más.
El contraste con el discurso del Presidente Kast no pudo ser mayor. En vez de ir a quejarse y echarle la culpa al resto de nuestros infortunios como le gusta a la izquierda mundial, Kast fue a contar la buena nueva e invitar a invertir y confiar en nosotros. Al hablar de nuestra economía dijo: “Nuestro país implementó políticas económicas que priorizaron la estabilidad macroeconómica, la apertura comercial y la inversión privada. En el contexto latinoamericano, donde muchas naciones enfrentaban crisis inflacionarias y de deuda externa, Chile destacó por mantener una gestión fiscal responsable, altas tasas de crecimiento y reducción de la pobreza”, para acto seguido decir que después Chile se estancó y que por eso ahora, tras seis meses de gobierno, “Chile está de vuelta”.
Pero no se quedó en eso, sino que criticó a la ONU, señalando que debe ponerse a tono y los invitó a volver a lo esencial: “Una proliferación de agendas que, por muy nobles que parezcan, han terminado por desplazar aquello que esta organización se comprometió a hacer en su Carta fundacional: mantener la paz, proteger la vida y defender la libertad de los pueblos”.
Y acto seguido propuso tres cosas: (1) reducir la burocracia y concentrar el presupuesto donde hay vidas en juego; (2) suspender las agendas que no son prioritarias, para devolver el foco a las que sí lo son; (3) reformar el Consejo de Seguridad, no como gesto simbólico, sino como condición para que sus decisiones vuelvan a ser respetadas.
La ONU se ha transformado en un organismo elefantiásico, cementerio de privilegiados que tiene un presupuesto de US$ 3.450 millones y emplea a más de 75 mil personas y donde sin pagar impuestos, ganan más, trabajan menos y jubilan mejor que el resto mientras se lamentan de la pobreza en el mundo. Cuando Arafat habló ante la ONU dijo que en una mano traía un revólver y en la otra una rama de olivo. Kast llevó en una mano oportunidades de inversión y en la otra la invariabilidad tributaria. Ojalá le vaya mejor que a Arafat.