Esta semana, el Presidente José Antonio Kast estará presente en la Asamblea General de la ONU, donde realizará su primera intervención como mandatario. Se trata de una buena oportunidad para reflexionar sobre el estado del mundo y, sobre todo, nuestro lugar en él. La cuestión cobra especial relevancia en función de los últimos incordios diplomáticos, aunque excede la coyuntura. En efecto, hace tiempo que Chile está desorientado en los meandros de la política mundial.
Más allá de las complejidades del escenario global, no es difícil explicar dicha desorientación. Después de todo, Chile fue uno de los países que más se beneficiaron de la globalización feliz: firmamos tratados de libre comercio, abrimos nuestra economía al mundo y nos convertimos en fieros (e interesados) defensores del multilateralismo noventero. Al mismo tiempo, creímos que los conflictos con nuestros vecinos eran cosa del pasado, hasta el punto de que Sebastián Piñera pudo hablar de “cuerdas separadas”, mientras el Perú no trepidaba en complicarnos la vida con una demanda marítima que Alan García sacó de su sombrero. Con todo, y más allá de las vicisitudes, nuestros dirigentes leyeron bien el mundo de los noventa.
Sin embargo, ese mundo se esfumó, y no regresará tal y como lo conocíamos. Aquí reside el primer peligro de nuestra política exterior: suponer que ese orden podría volver. Esto es particularmente delicado: bien decía Maquiavelo que es muy difícil adaptarse a los cambios de la fortuna, pues la inercia es muy pesada. ¿Por qué habríamos de cambiar una receta que resultó tan bien? Algunos creen que la alternativa a dicha inercia sería el mero alineamiento ideológico, sin considerar que es, por definición, circunstancial. Así, Gabriel Boric pretendió liderar —en redes sociales…— una revuelta antitrumpista sin efecto alguno. Como si esto fuera poco, lanzó la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU desde una esquina, como lo muestran sus respaldos: Lula, Sheinbaum y Petro. Debe notarse que el Presidente Kast ha estado tentado por un error simétrico, pues, en un principio, supuso que Trump y Milei eran sus amigos más que representantes de intereses potencialmente contrarios a los nuestros. En política exterior no existen los favores, y nadie debería ignorar ese dato elemental.
Ahora bien, ¿en qué consiste el nuevo orden mundial? Aunque es difícil definirlo con precisión —está en pleno desarrollo—, es posible distinguir sus rasgos principales. Por de pronto, es un mundo que mira con distancia las ilusiones de la globalización. Esto no implica que esta haya terminado, pero su despliegue será menos lineal. El libre mercado se funda en la premisa según la cual todas las partes ganan con los intercambios, y es precisamente esa idea la que está puesta en duda. Al menos en los países desarrollados, crece la convicción de que el intercambio no siempre es beneficioso para todos.
Esto debe comprenderse a la luz de otro fenómeno: los Estados Unidos ya no están en condiciones —financieras ni militares— de asegurar la paz global (requisito del libre comercio). Ya no hay pax americana, y de allí la importancia que adquieren las zonas de influencia, donde cada imperio busca imponer sus reglas. Este es todo el punto: Estados Unidos es más rival que socio de China (y basta ver la configuración de las marinas de guerra en el Pacífico para percatarse). Lo señalado hasta acá implica que la geografía se volverá fundamental: el mundo no es —ni será— plano. Las discusiones recientes en torno al Estrecho de Magallanes, y la fuerte ofensiva argentina sobre las Malvinas, cobran todo su sentido: esos lugares serán cruciales en un futuro cercano.
Si todo esto es plausible, Trump es síntoma antes que causa. Su desafío al orden es patológico y estridente, pero eso no debería ocultar que, tras la superficie, los cambios son estructurales, y permanecerán una vez que salga de escena. Por mencionar un ejemplo que nos toca de cerca, la crisis de la ONU no es pasajera, ni mucho menos. Se trata de una institución inspirada en una fe progresista que cree posible la paz universal y, por lo mismo, nadie sabe muy bien cuál sería su papel en un mundo multipolar y plagado de conflictos.
Ahora bien, ¿qué le corresponde a Chile en un escenario como el descrito? Pues bien, el primer reto pasa por saber leer el entorno y el modo en que podemos proteger nuestros intereses. Con todo, no tiene mayor sentido seguir defendiendo el multilateralismo de modo dogmático, ni suponer que el comercio del siglo XXI seguirá el libreto de los años 90. En una palabra, falta desarrollar mayor conciencia geopolítica, para sacar partido de las ventajas de las que disponemos (que no son pocas). Pero si nuestra clase política sigue anclada en las lógicas del pasado, o toma decisiones de política exterior en función de supuestas amistades, seguiremos girando en banda, mientras nuestros vecinos observan atentos.
En este contexto, el Presidente Kast tiene la inmejorable oportunidad de dibujar un horizonte en su intervención en la ONU, y mostrar que tiene un discurso en la materia. Tanto por razones de política interna como por nuestras relaciones internacionales, es fundamental no desaprovechar la ocasión.