El retorno, este fin de semana, de la estatua del general Baquedano y la restauración de su plinto, ¿tienen algún significado cultural que valga la pena subrayar?, ¿un significado que vaya más allá de las obviedades de estos días (de la recuperación de la chilenidad, la reivindicación de un héroe y ese tipo de cosas que en estos días infantilizados se repiten)?
Por supuesto que sí.
Uno de los rasgos que asomaron en la revuelta de octubre del 19, cuando se lo pintarrajeó y se lo quiso derribar, fue una cierta concepción del tiempo. Se reveló allí, en parte de la población juvenil y con prescindencia de su nivel educativo (como lo mostraron algunas investigaciones, también participaban en los hechos de esos días personas ilustradas), lo que en la literatura sobre estos temas suele caracterizarse como una ruptura en la cadena de la temporalidad. Lacan (el psicoanalista) describe la identidad de una persona como una cadena de significantes que están atados unos a otros. Eso mismo ocurriría en la identidad de una sociedad nacional (como es el caso de la sociedad chilena); ella se constituiría por una suma de significantes, cada uno de los cuales concede sentido a los otros. Cuando esa cadena se rompe, el sujeto experimenta el presente como una suma de instantes discretos, carentes de sentido. Y por eso no es que las turbas que agredieron a esa estatua odiaran lo que ella representaba (el hecho de que Baquedano participara en la ocupación de la Araucanía o que fuera militar, etc.), sino que la odiaban porque les parecía, y es probable a muchos les parezca, un sinsentido. Pero ese sinsentido no es el producto de una posición política, sino de un fenómeno cultural más extendido, consistente en carecer de la experiencia de un tiempo que se estira hacia atrás y hacia adelante.
El fenómeno ha sido largamente descrito en la literatura sobre estos temas, y algún autor ha acuñado una expresión espléndida para describir la comprensión que de sí mismos tienen muchos jóvenes (y, desde luego, otros que se creen tales): nómades del presente.
Si lo anterior es así, entonces la restauración de la estatua del general Baquedano está, sin duda, muy bien como hecho urbanístico y como reparación de lo que, con toda razón, se consideró una agresión sinsentido; pero la situación subyacente, el tipo de sensibilidad que se desató esos días, no puede haber cambiado radicalmente de la noche a la mañana. Y las celebraciones de estos días (donde el fervor patriótico y la apelación a los grandes valores nacionales es, para la mayoría, un pretexto obvio para una celebración con tintes de carnaval) no deben hacerlo olvidar.
En otras palabras, el retorno de Baquedano y, es de esperar, los días presumiblemente tranquilos que le esperan, no debe ser juzgado apresuradamente como el reconocimiento de las gestas que él representa, ni como la consolidación de una conciencia histórica o nacional extendida que habría renacido después de los hechos de octubre y justo, además, por estos días. Solo una mirada policial a estos últimos, que ve en ellos ante todo su dimensión delictiva o los diagnostica como una asonada política, podría llegar a la conclusión de que las cosas han vuelto a su cauce junto con el orgullo nacional y la conciencia del pasado.
Desgraciadamente, las cosas no suelen ser tan sencillas y los cambios culturales una vez que se producen —como parece ser esa ruptura de la temporalidad— suelen precipitar por largo tiempo. Esto anuncia, y es probable explicará, la distancia de las nuevas generaciones al discurso del Presidente Kast y las fuerzas que lo apoyan, que poseen, al revés de lo que ocurre en las nuevas generaciones, una conciencia de la temporalidad espesa y extendida, una reivindicación de la nación y de los símbolos. Esa distancia entre la conciencia del tiempo de un conservador y la conciencia de los más jóvenes que viven en un presente discreto será quizá una de las claves de la política futura.