Al leer las últimas columnas de Lucía Santa Cruz (“Ahora todos quieren ser liberal”, viernes 4 de septiembre) y David Gallagher (“En defensa de Europa”, miércoles 9 de septiembre), me acordé de Friedrich Hayek y su visionario libro The Road to Serfdom (“El camino a la servidumbre”). Esta magnífica obra, publicada en 1944, justo antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, está dedicada “a los socialistas de todos los partidos”. Su tesis es simple y provocadora: hay pocas diferencias entre Hitler y Stalin.
Para ilustrar aún más el liberalismo hayekiano, que se aleja de los extremos, basta recordar su relación con John Maynard Keynes. Pese a sus diferencias, nunca fueron enemigos, sino adversarios que se respetaban. Durante el bombardeo a Londres, Keynes ayudó a Hayek a refugiarse en Cambridge. Y mientras Keynes cruzaba el océano para participar en Bretton Woods, leyó “El camino a la servidumbre”. El 28 de junio de 1944, le escribe una carta a Hayek. Parte diciendo que “es un gran libro”, le agradece por “decir tan bien lo que se necesita decir” y aunque reconoce algunas discrepancias, agrega que “moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con casi todo, y no solo de acuerdo, sino profunda y sentidamente de acuerdo”. Ambos coincidían en el riesgo político de los extremos.
Por cierto eran otros tiempos y otro contexto. Pero han pasado 82 años y si la historia no se repite, al menos rima. Hoy se ha perdido la tolerancia. Y en el mundo civilizado se respira un aire de extremos. El rule of law y eso que los británicos llamaban good manners sobreviven a duras penas. Vivimos en una época donde las virtudes han sido reemplazadas por las consignas, y el buen trato por la descalificación. Por eso es saludable volver la vista al liberalismo y a Europa.
En el Viejo Continente el ejemplo de Meloni, que cumplió un récord histórico liderando el gobierno italiano, es alentador. Dejó sus posturas más extremas para acercarse a la moderación. Y se plantó frente a Trump sin caer en la trampa de la sumisión ciega. Es de esperar que los nuevos líderes de otros países europeos, como Gran Bretaña y Alemania, sigan su ejemplo. En Chile, Kast parece ir en esa dirección. Basta escuchar su discurso en el Foro de Madrid o sus palabras en el Te Deum. ¿Será el líder de una nueva transición posestallido?
En Estados Unidos, a 250 años de la Declaración de Independencia, las cosas han cambiado. Los founding fathers, esas grandes figuras como George Washington, que no quiso postularse a otro período, o Abraham Lincoln, que enfrentó una guerra civil para abolir la esclavitud, nos suenan a cuentos de hadas. Hoy, la política internacional parece moverse por el poder y el dinero.
En Chile, nos costó combatir el uso de información privilegiada, pero lo hicimos. Estados Unidos era nuestro modelo. Solo recuerde el caso de Martha Stewart. La ley se cumplía. Y terminó en la cárcel. Hoy, algunos círculos trumpistas juegan con la información. Ese ideal de un mercado competitivo “fair” parece algo del pasado. Aunque vivimos al ritmo de “trumpapalooza”, hay que recuperar el sentido y carácter moral del liberalismo.
Ya hemos visto al Presidente de Estados Unidos disfrazado de Jesús. También lo hemos escuchado descalificando y mintiendo. La semana pasada prometió un “dividendo MAGA” de 5.000 dólares a cada adulto si los republicanos mantienen el control del Congreso en las próximas elecciones. Debe estar preocupado. Y con justa razón.
Para Hayek, los extremos de izquierda y derecha suelen confundirse. Basta ver las negociaciones entre los Estados Unidos y Venezuela o, mejor dicho, entre Trump y Delcy Rodríguez. Como diría Nicanor Parra, “MAGA y el chavismo unidos jamás serán vencidos”. En Chile, en cambio, celebramos nuestra independencia con menos fanfarria, pero más esperanzas.