Recuerdo mi propia adolescencia cuando leo el libro recién publicado “Paz y no violencia” de la psicóloga Neva Milicic, tan cercana a mí por sus reflexiones a lo largo de mi vida. La otra autora de “Paz y no violencia”, Luz María Edwards, lo siento, no la he conocido, es filósofa, y entrenadora de personas (“coach”, como Nicolás Massú, no deportivo, de desarrollo personal).
Ambas han construido un espacio de esperanza.
“Paz y no violencia”: el libro calza tan bien esta semana del Dieciocho. Está dirigido a papás, mamás, profes, y los que, como los abuelos y abuelas, nos sentamos a mirar a nuestros nietos y nuestras nietas —nuestros propios ADN— de entre 12 y 19, entre séptimo y cuarto medio. Para conversar: ellos con nosotros (si es que los escuchamos) y nosotros con ellos (si es que lo logramos).
Pero también, ¡oh si leyeran estas páginas los diputados y las diputadas, las senadoras y los senadores, los ministros y las ministras, las alcaldesas y los alcaldes!, fueron adolescentes.
Ambas autoras escriben sabiendo lo que han vivido, profesionalmente, escuchando. También muestran casilleros de conocimiento estudiado, pensado, aplicado. Citas inescapables desde los clásicos griegos, pasando por Nietzsche hasta el Premio Nacional de Educación 2025, Juan Casassus.
Esas citas resbalan, porque, leyendo el texto, uno regresa a su adolescencia, a esas relaciones cuando uno se sintió excluido, después, acogido. Mi papá. Mi mamá. Mis amigos, mis adorados maestros. Y esas instancias en que, con otros, uno emprendió desafíos, como los gritos de la barra en el Estadio Nacional, como el divagar sin saber qué carrera elegir.
Y esos impulsos hacia la paz. Y el conocer la violencia.
Ese odiado compañero de colegio que abrió la puerta del baño para exponerme cuando yo estaba sentado. Y su gesto, riéndose de mí, apuntándome. (Me gustaría exponer su nombre, pero está fallecido).
Y en el patio, rodeado de un círculo de condiscípulos avivando la cueca, mientras otro, al cual años después visité con lágrimas en su agonía, me ametrallaba puñetes, derrotándome, haciéndome sentir ínfimo.
Todas esas cosas van apareciendo con la lectura de “Paz y no violencia”, de Ediciones El Mercurio.
Porque también acogí y protegí y me hice de amigos y de amigas entrañables en mi colegio y en mi barrio. La Bernardita, por supuesto.
Sentirse acogido. El camino a la paz.
Valores, una cierta construcción interior con otros. Cultura, dicen las autoras que se llama eso, “valores en torno a los cuales un pueblo define su pertenencia y su identidad”. El valor de exponer mis pinturas con otros mucho mejores que yo: un “nosotros”.
No me atreví a entrar a la Academia Literaria, temí que se rieran de mis escritos. Pero aún guardo mi diario de vida que empecé a los 16.
Bueno, todo eso me ha pasado leyendo “Paz y no violencia”. Una puerta abierta a escuchar y a conversar con mis más de 20 nietos. Para empatizar con sus rebeldías. Y sus caminos. Para imaginar cómo, en estos días patrios —nuestra Patria— podemos conversar. Todos.
Y encaminarnos hacia… ¿la no violencia… la paz?