El fútbol tiene mucho de escuela de vida y es un buen retrato de los países. Los argentinos viven el fútbol con pasión y calidad, pero son malos perdedores y celebran goles con la mano.
El presidente histórico de la AFA (Asociación de Fútbol Argentino) fue don Julio Grondona, un personaje que tenía más de padrino que de futbolista. Dueño de una bomba de bencina se las ingenió para, de dirigente de un club de fútbol menor como era Arsenal de Sarandí, llegar a presidir la AFA durante 35 años y alcanzar la vicepresidencia de la FIFA (sin hablar inglés). Se salvó del escándalo de corrupción que terminó con la caída de Blatter et al. porque murió antes. Don Julio era famoso por su anillo, que debía ser besado por el resto de los dirigentes, que tenía una leyenda que decía: “todo pasa”. Al decir de las malas lenguas, todos sus desvaríos los hacía (o perpetraba) a través de terceros, incluido el secretario general de la AFA, que tenía su propio anillo que decía: “algo queda”.
Nuestra historia con los vecinos ha estado unida por desencuentros. Gracias a ellos obtuvimos la independencia, pero no fue solo por altruismo, un ejército español en Chile hubiera sido una amenaza permanente a su propia independencia. El tratado de límites de 1881 lo negociamos mientras estábamos en guerra con Perú y Bolivia. Honrando esa máxima de que en diplomacia siempre se negocia mejor a la sombra de los cañones, Argentina presionó y Chile cedió porque no podía enfrentar al mismo tiempo guerra con tres países, más la Araucanía. Ahí Chile renunció a sus reivindicaciones sobre parte de la Patagonia, pero a cambio aseguró su soberanía sobre el Estrecho de Magallanes.
El tratado de 1881 estableció para el Estrecho de Magallanes cuatro principios: la soberanía chilena; la neutralidad perpetua; la libre navegación y la prohibición de militarizarlo o fortificarlo. Esta soberanía y esos principios fueron precisados y confirmados en el Tratado de Paz y Amistad de 1984, que especificó el límite, estableció la prohibición para Argentina de bloquear los accesos y en especial estableció un régimen especial donde se deja en claro que los buques argentinos que necesiten conectar sus propios puertos (por ejemplo, entre el Atlántico y el Canal Beagle) y pasen por los canales australes chilenos contiguos al estrecho, deben hacerlo obligatoriamente con un práctico (piloto) de la Armada de Chile actuando como asesor técnico.
Esto no lo cambian las declaraciones de un ministro o un almirante. Son tratados vigentes aprobados por ambos países, reconocidos por el derecho internacional. El gobierno chileno ha respondido con mesura pero con firmeza, y el tono y oportunidad del ministro ha sido el adecuado. No ha sido un ministro chileno el que confundió el canal Beagle con el Estrecho de Magallanes y que después debió retractarse, ni un almirante chileno el que reivindicó un derecho inexistente y que fue desmentido por el propio presidente de su país. Chile puede apoyar la reivindicación argentina sobre las Malvinas, siempre que sea pacífica y se sujete al derecho internacional, pero no puede aceptar restricciones al comercio y navegación ni menos a la forma que nos relacionamos con Gran Bretaña y las islas Malvinas.
Hoy los diputados han decidido interpelar a nuestro canciller. No es fácil defenderse para un ministro que deberá transitar por una delgada línea que delimita lo necesario de decir para defender su gestión con lo conveniente de silenciar para no comprometer los intereses del país. Alguien decía que en diplomacia no se habla de lo que se piensa; en cambio en política se habla sin pensar. La Constitución reconoce que las relaciones internacionales del país son manejadas por el Presidente. Este lo hace directamente y a través de su cancillería. Hay una jerarquía clara que se diluye si el Congreso quiere intervenir.
Alguna vez le pregunté al excanciller don Hernán Cubillos, por qué el año 1978 había un gran nacionalismo y fervor bélico en Argentina que no tenía un correlato equivalente en Chile. Él me contestó: “porque el entusiasmo bélico es muy fácil despertarlo y muy difícil aplacarlo”, como lo terminaron sufriendo los argentinos en carne propia con las Malvinas. La mejor forma de relacionarse con nuestros vecinos será siempre una diplomacia amistosa, integración económica y fuerzas armadas con capacidad disuasiva. Esto lo entiende nuestro gobierno, que ha sido efectivo y exitoso en evitar que Argentina, a través del “todo pasa”, logre que “algo quede”. La interpelación de un ministro competente es una mala idea y parece tan absurda como la acusación constitucional contra Raúl Figueroa por tratar de que los niños volvieran a clases.