Por primera vez en 53 años, no hubo en La Moneda un acto conmemorativo del 11 de septiembre. Algunos de sus partidarios se molestaron mucho por esta noticia. ¿No era este el momento de festejar la gesta que nos liberó del marxismo, después de décadas de memoria selectiva y tergiversaciones? Una parte de la izquierda también expresó su desagrado. ¿Acaso nuestros gobernantes no han visto que, frente a la entrada de Morandé 80, están los nombres de 38 personas, miembros del Grupo de Amigos del Presidente u otros colaboradores que acompañaron a Salvador Allende hasta el final y pagaron su fidelidad con la vida? Les parece que ese silencio de las autoridades mancilla su recuerdo y el de tantas otras víctimas.
Sin embargo, en la propia izquierda hay quienes han respirado aliviados. Ya se imaginaban lo que podía haber sido ese acto, con toda suerte de nostalgias pinochetistas, incluida la tercera estrofa de nuestro himno nacional, de modo que el hecho de que el Gobierno haya elegido el camino de la sobriedad fue para ellos una buena noticia.
Quizá toda esta discusión no pase de ser una anécdota, pero pienso que no es así. Más allá de las habituales protestas y episodios de violencia, la decisión del Presidente Kast parece significar que el 11 de septiembre ha debido emigrar: desde haber constituido en el pasado un hito anual en nuestra agenda política, ahora empieza a trasladarse a los libros de historia, al campo de los análisis académicos, a las conversaciones de algunas familias en el almuerzo del domingo o a los museos. Si esto es así, llegará el momento en que ingrese a ese lugar de nuestra mente donde están la guerra civil de 1891, las matanzas de Santa María de Iquique o del Seguro Obrero, o el golpe de Estado que llevaron a cabo Marmaduke Grove, Carlos Dávila, Arturo Merino Benítez y otros sublevados que derrocaron al presidente Montero el 4 de junio de 1932.
Es verdad que muchos de sus protagonistas están vivos y que no debemos minimizar su dolor, pero, más allá del juicio que tengamos sobre estos acontecimientos, hay que admitir que, por ley de vida, alguna vez va a pertenecer a ese pasado, y el hecho de que no haya acto oficial es un paso normal en esa dirección. Por otra parte, tras los cuatro años de Kast sin que se organicen actos de este tipo va a ser muy raro que se busque volverlo central otra vez, cuando estén cerca de cumplirse sesenta años de 1973.
Llevar al 11 de septiembre a la historia, ¿es una falta de respeto para con las personas que vivieron esos hechos, de uno u otro lado? Si eso fuera así, cada vez que nos juntamos con un peruano deberíamos hablar de la ocupación de Lima o la batalla de la Concepción, para hacer justicia a todo el dolor que está presente en la vida de las naciones. El pasado, ciertamente, es importante, y ya Cicerón nos enseñó que “la historia es maestra de la vida”: maestra, no jaula ni cadena que nos aprisionan y nos impiden seguir viviendo.
Hasta ahora, todos los gobiernos habían buscado aleccionarnos acerca de lo que debíamos pensar sobre estos hechos dolorosos. Kast nos ha dejado a nosotros solos la responsabilidad de pronunciar un juicio al respecto. Algunos podrán decir que ha sido por su propio bien, ya que sus aproximaciones al tema en el pasado habían sido bastante toscas, pero ese es un asunto distinto al que nos ocupa.
Es posible que haya llegado el momento de reconocer que el naipe se baraja hoy de una manera diferente. Lo que une o divide a los chilenos en estos momentos no es aquello que ocurrió hace 53 años, sino, por ejemplo, el cambio de categorías que mostró el triunfo del Rechazo el 4 de septiembre de 2022, un acontecimiento tan relevante que en estos días ha llevado a que incluso algunas personas que fueron partidarias del Apruebo hayan mostrado distancia respecto de esos experimentos sociales. En el fondo, los chilenos mostraron entonces y ahora que ya no quieren ensayos refundacionales, sino que simplemente esperan vivir en el Chile de siempre. La discusión de hoy es otra.
Al menos desde 2010, nuestros gobernantes, cual más, cual menos, han tendido a olvidar que los apoyos que reciben en las elecciones no significan que los chilenos se hayan vuelto liberales, socialistas o conservadores, sino tan solo que están decepcionados con lo que ven y esperan que alguien ponga las cosas en orden. Ayer era la demanda por un poco más de igualdad o por mejor educación, hoy, cuando los ciudadanos están agobiados por la delincuencia o ven que la economía lleva años estancada, piden seguridad y crecimiento económico. Nada de peso tiene que ver de manera directa con el 11 de septiembre u otras fechas de nuestro pasado.
La decisión del Gobierno de no conmemorar este 11 de septiembre parece mostrar que ha entendido que, aunque el tema sea muy importante, las preocupaciones diarias de los chilenos no van por ahí. Sin embargo, al mismo tiempo, esas inquietudes les plantean un desafío muy difícil a las autoridades, porque organizar actos más o menos solemnes lo puede hacer cualquiera, pero resolver el problema de la delincuencia y hacer crecer el país son palabras mayores. Y la posibilidad de defraudar está ahí, muy cerca.