Este aniversario del Once fue distinto. Por primera vez ocupa la Presidencia alguien que votó en favor de prolongar el gobierno de Pinochet y que, en su carrera política, ha emitido no pocos elogios a ese régimen.
Por primera vez, desde el retorno a la democracia, un jefe de Estado no hace acto alguno de conmemoración en La Moneda. Kast decidió no permanecer en Palacio y explicó su decisión en base a que esta es una fecha que nos divide. Sus partidarios han elogiado su prudencia. ¿Es prudente que un jefe de Estado haga como que no hubiera nada que conmemorar o recordar públicamente un once de septiembre?
El Presidente pudo haber contribuido a que esta fecha nos divida menos. Por cierto, si, desde su perspectiva, hubiera justificado o siquiera explicado las causas del Golpe, hubiera profundizado en las heridas que permanecen. El país conocía la trayectoria política de aquel por quien votó mayoritariamente. Nadie podría pedirle que traicione su propia interpretación de los hechos o haga actos de cinismo. Solo que quien ejerce el cargo de jefe de Estado tiene oportunidades y responsabilidades que son propias de esa, la más alta investidura de la República. Pudo el Presidente recordar como el clima de beligerancia, cancelación e intolerancia de entonces nos condujo a esa tragedia y explicar que la democracia necesita sustentarse en climas que valoran el diálogo y el respeto por las ideas ajenas.
En este sentido, el silencio presidencial representa la pérdida de una oportunidad de alguien que, habiendo sido partidario del régimen militar, pudo reivindicar y valorar la concordia que se logró a su término. Decirlo, reafirmarlo hoy no es ocioso. Ese clima, que es condición indispensable de la subsistencia de la democracia, fue intensamente cuestionado no hace mucho y hoy tampoco está particularmente vigoroso. Silenciar este riesgo, no recordar a qué tragedias nos condujo y a qué otras nos expone siempre la intolerancia y la descalificación, es, para un jefe de Estado, un acto de imprudencia.
El silencio presidencial es elocuente en un segundo sentido. El Once ha sido siempre la oportunidad para que quienes gozan de autoridad reiteren el valor de la vida y de la dignidad de toda persona; para que repitan que toda violación a los derechos humanos es condenable, que nada las justifica y que nunca más deben ocurrir. En boca de este Presidente, una declaración así, en una alocución solemne, habría resultado particularmente valiosa y significativa. Su silencio rompe una cadena, y, en tal sentido, la omisión hace ruido.
El Once no desaparecerá de la agenda presidencial por ausentarse de La Moneda. El Partido Nacional Libertario y el suyo propio le piden, pública y privadamente, indultos a los condenados por violaciones a los derechos humanos. En algunas de esas voces, el perdón no aparece como una consideración humanitaria, dirigida a personas en estado de salud terminal, lo que sería justificado, sino como un acto de justicia, de reivindicación valiosa de las conductas por las cuales han sido condenados. Al igual que respecto del Once, el Presidente, por ahora, guarda completo silencio, repitiendo la obviedad de que los indultos se resuelven caso a caso, sin adelantar siquiera los criterios que enmarcarán sus decisiones.
El Once nos divide. Los Presidentes de Chile no solo resuelven políticas públicas. Son las principales figuras que, para bien o para mal, marcan a fuego la educación cívica y el clima político del país. Eludir esa responsabilidad no es prudente. Desde cualquiera de las trincheras que se provenga, es posible siempre que un Presidente refuerce las bases culturales en que descansa la democracia.