Esta semana se cumplen seis meses desde que José Antonio Kast recibiera la banda presidencial. Su promesa —sabemos— era muy clara: el regreso del orden y la superación de las emergencias. Estos conceptos le permitieron al candidato republicano conectar con una amplia mayoría del electorado y obtener así una cantidad inédita de votos. La tarea era mayúscula: responder a la confianza de los chilenos y articular una respuesta a nuestras crisis acumuladas.
Así las cosas, el primer desafío del gobierno entrante —y condición de todo lo demás— pasaba por traducir políticamente la inequívoca idea de campaña. Es cierto que las elecciones se ganan en torno a uno o dos temas, pero es evidente que, para gobernar, se requiere algo cualitativamente distinto. Es necesario ampliar los registros semánticos, mediar entre distintas áreas y, en definitiva, ofrecer un sentido general. En este punto, el déficit del Gobierno resulta llamativo, pues ha fallado gravemente en una cuestión elemental. En efecto, no es posible apreciar —en ningún sentido y bajo ninguna perspectiva— un diseño que esté a la altura de la responsabilidad histórica que pesa sobre sus hombros. De allí la constante sensación de improvisación, que impide controlar la agenda. Cada cual hace lo que quiere, y cada cual habla —o no— sin guion conocido. La ausencia de vocero es el mejor síntoma: ¿para qué necesitamos un vocero si no hay línea que fijar? Dicho en simple, el Presidente y su entorno directo supusieron que la consigna del orden es suficiente. Al final, todos los problemas del Gobierno conducen sistemáticamente a esta falla de origen: nadie ha reflexionado seriamente sobre estas materias.
Mencionemos un ejemplo que ha estado presente en las últimas semanas: relaciones internacionales. Hemos visto a ministros afirmar tesis opuestas, y también hemos visto al Presidente desmentir a sus ministros. Pero, sobre todo, parece haber una ausencia total de discurso. ¿Qué respuesta merece un embajador que dice, muy suelto de cuerpo, que Chile le hace el trabajo fácil a su país? ¿Cómo reaccionar frente a un mandatario extranjero que se inmiscuye sin vergüenza en asuntos internos, mientras se niega a firmar un decreto que asegura nuestra soberanía sobre el Estrecho de Magallanes? ¿Qué pensar sobre los cambios geopolíticos que estamos presenciando? Pues bien, sobre cada uno de estos temas, el Gobierno no ha tenido casi nada sustantivo que decir. Más allá de lo extraño que resulta que una administración de derecha ignore el concepto mismo de nación, la actitud es, por momentos, desconcertante: ¿nadie ha pensado estos tópicos? ¿No hay algún asesor generoso que pueda redactar una minuta, esbozar una idea, insinuar un argumento? ¿O quizás esas minutas sí existen y no son consideradas?
Encontramos algo semejante si atendemos a la reforma constitucional en materia de seguridad. El Gobierno presentó una norma que nadie ha defendido de modo medianamente persuasivo. Diputados, senadores y ministros lo han intentado, pero el resultado es idéntico: no hay argumentos. Esto sugiere que la reforma no pasó las mínimas exigencias profesionales: alguien tuvo la idea, no se pidieron opiniones, y vamos para adelante. ¿No nos eligió acaso la ciudadanía para brindar más seguridad? El fenómeno se repite: ausencia de toda mediación política. Los ejemplos podrían multiplicarse: a veces, el Gobierno quiere reeditar la coalición por el Rechazo y, otras veces, avala la organización del Foro Madrid la víspera del 4 de septiembre. A veces, el Gobierno quiere enfrentarse a las élites tecnocráticas —todos son opinólogos— y, otras veces, reivindica su capacidad de gestión, y así.
Como puede verse, el entuerto no es trivial. Sobra decir que, de seguir el mismo libreto, el futuro no es muy estimulante. Ahora bien, ¿de qué modo podría salir el Ejecutivo del callejón? El trabajo es difícil, pero está lejos de ser imposible. Además, para su suerte, las izquierdas siguen más extraviadas que nunca, empeñadas en defender un proyecto que fue arrasado en las urnas hace cuatro años. La tarea del Gobierno pasa, en primer lugar, por traducir las consignas de campaña en orientaciones políticas efectivas, a sabiendas de que el problema no es meramente comunicacional. Luego, es urgente que el oficialismo constituya un coro ordenado, que permita el complemento de distintas voces. Ministros, parlamentarios y dirigentes deben estar alineados en táctica y en estrategia. Por lo demás, en el Gobierno hay más talento del que se deja ver en la discusión diaria. En otras palabras, las individualidades aisladas deben transformarse en equipo. Por otro lado, la necesidad —real— de mantener contacto con las bases no debe confundirse con precipitación ni con torpeza: es posible hablar a distintos públicos si un diseño previo combina los registros.
Por último, resulta imprescindible que el propio Presidente prepare mejor sus mensajes, pues sus intervenciones deben mostrar una dirección nítida. Un sistema tan presidencialista como el nuestro, y con un gabinete relativamente débil, exige un mandatario especialmente incisivo. Algo de esto se vio en la Cuenta Pública, pero luego las cosas se han desdibujado. Es responsabilidad del mandatario impulsar cuanto antes una solución a este cuadro. La promesa de orden se vuelve vacía si el mismo Gobierno no logra encarnarla.