Es increíble lo que ocurrió en el Foro de Madrid. Se esperaba que fuera un encuentro de la derecha conservadora e iliberal y lo más relevante ha sido la intervención del Presidente Milei.
El Presidente argentino dedicó buena parte de su intervención a leer un discurso (inclinado sobre el atril, los anteojos en la punta de la nariz, el pelo cuidadosamente desordenado, los pulgares dispuestos para la foto) salpicado de insultos que adornaban lo que pretendía ser un análisis de la evolución social y económica de Chile de las últimas décadas. Su intervención poseyó un extraño estrechamiento, un raro adelgazamiento de su horizonte a la hora de efectuar el análisis, puesto que todo lo malo que había acontecido se debía, desde luego, a lo que llamó “zurdos mugrosos negadores de la realidad”.
La realidad, la compleja realidad es, a su juicio, resultado de la actitud y la decisión deliberada de un sector, un análisis en que todo lo que parece reprochable es reconducido a la actitud de un solo grupo (como para recordar, si no fuera exagerado, eso que consignó alguna vez Dalí: el paranoico siempre tiene la razón).
Lo extraño, sin embargo, no fue el tipo de actitud y de expresiones del Presidente argentino, sino el hecho de que la audiencia, compuesta mayoritariamente de personas aparentemente sanas y sensatas, aplaudiera entusiasta, enfervorizada, como fieles de un nuevo y sorprendente profeta, como si el espíritu crítico y la sobriedad hubiera estado en ellos, en esos momentos, anestesiada. Solo es de esperar que ningún político local se contagie del estilo del Presidente argentino, desaforado y con esa rara costumbre que posee cada vez que enfrenta a una cámara, o a una audiencia, de ponerse a imitar —con gran talento habría que agregar— a un delirante.
La política está compuesta de ideas, por supuesto, y el Presidente argentino tiene las suyas, aunque como queda dicho, suela ocultarlas debajo del aliño de los insultos y la exageración; pero también se compone y posee casi pareja importancia, la gestualidad y la conducta, lo que suele llamarse buenas maneras. Pero si las ideas se ocultan y las buenas maneras (la noble hipocresía sobre la que se sostiene una vida civilizada) se abandonan, entonces se lesiona gravemente a la política.
Al mandatario argentino, desgraciadamente, no le parece interesar la política, sino la agresión y la lucha; es, o parece ser, de esas personalidades querulantes que tienen una irrefrenable propensión al litigio deslenguado con otros y una sobrevaloración de sus propias capacidades, una de esas personas que adquieren su ímpetu y su entusiasmo en conflicto con un enemigo real o imaginario. Esa actitud, desde luego, suele ser muy provechosa en la política, especialmente en momentos decaídos, inciertos y desorientados, donde se pierde lo que los sociólogos llaman “seguridad ontológica”, y entonces la gente se aferra a la ilusión de que, por fin, la causa de todos los males se ha logrado identificar y cede a la ilusión paranoica de la explicación sencilla.
Afortunadamente, el Presidente Kast no posee esos rasgos querulantes y, en cambio, tiene una personalidad más sosegada y más sencilla que, salvo excepciones de las que ha habido dos o tres, todo hay que decirlo, le permite sostener la institución que desempeña dentro de las buenas maneras, algo que, como va dicho, no es poco porque, después de todo, la interacción entre las personas o entre los ciudadanos, se hace de palabras y de ideas, es cierto, pero también de gestos mudos, de acciones y de conductas que sin decir palabra, también permiten y modelan la interacción. Los seres humanos somos seres relacionales que dibujan la idea de sí mismo y de los demás a partir de las relaciones que trazan en medio de su desenvolvimiento vital. Una personalidad sosegada y contenida, incluso con ideas erróneas o ambiguas o nunca bien formuladas, puede sin embargo ser virtuosa y contribuir a la convivencia y a la vida cívica, gracias a esa disposición al buen comportamiento, es decir, a la capacidad de tener el control de sí mismo.
Al comparar al Presidente Kast con el Presidente Milei, no hay duda: pueden pensar parecido y a veces tener parejos entusiasmos, pero la querulancia de este último y ese talento notable para imitar el delirio no aparece, para bien de la vida cívica en Chile, ni siquiera por casualidad en el primero.