Pero, al mismo tiempo, están dispuestos a escuchar razones y, si son serios, a cambiar de opinión con bastante facilidad.Para muchas personas altamente eficientes la política es una cosa incómoda. Ellas están acostumbradas a emprender y ejecutar con prontitud, mientras que la política exige oír, deliberar y convencer. Todo esto les parece una pérdida de tiempo y, por eso, tienden a tomar atajos que, a la larga, terminan saliendo muy caros.
Me parece que ese precisamente ha sido el caso de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, en estos días. A mi juicio, ella tenía una idea muy buena y otra discutible. Si hubiera conversado con los rectores y otros académicos, ellos podrían haberle mostrado a tiempo las ventajas e inconvenientes de sus proyectos y se habría evitado un buen dolor de cabeza y, de paso, el haber conseguido unir en su contra a académicos de las más diversas tendencias.
Los académicos son gente de piel fina, con una autoestima bastante alta y dispuesta a ofenderse con gran facilidad. Pero, al mismo tiempo, están dispuestos a escuchar razones y, si son serios, a cambiar de opinión con bastante facilidad.
Para entender todo este enredo de becas y fondos de investigación es necesario comprender que la carrera académica es muy larga. Hoy no basta con terminar un doctorado, sino que también resulta muy conveniente llevar a cabo un posdoctorado. Como los futuros académicos suelen carecer de medios económicos, los Estados, las universidades y algunos privados especialmente generosos invierten dinero para otorgar becas que permitan a esas personas jóvenes concentrarse en el estudio y la investigación durante algunos años.
Por largo tiempo, el Estado de Chile entregó becas no solo para realizar doctorados en el país, sino también en el extranjero. Esto era costoso, pero permitió fortalecer los claustros de las universidades chilenas, que hoy tienen un nivel bastante bueno.
La pregunta que se hizo la ministra Lincolao era bastante obvia: “¿Tiene sentido que sigamos gastando un dineral para pagar por doctorados en el extranjero que bien podrían hacerse en Chile?”. Y la respuesta fue negativa. Como los recursos son limitados, lo mejor es potenciar los doctorados chilenos y dejar las becas para el extranjero reservadas a casos muy excepcionales, como el de quien quiere estudiar historia antigua con especialidad en la cultura egipcia.
Ahora bien, como no basta con tener doctores, sino que conviene que hoy los profesores hagan un posdoctorado, el Estado también apoya este tipo de programas. Aquí la ministra tomó dos decisiones que han sido muy cuestionadas.
La primera es que, hasta hoy, esas ayudas posdoctorales estaban destinadas no solo a chilenos, sino también a extranjeros. Ahora esos fondos se restringirán solo a los chilenos (o residentes). Es curioso, porque hay países importantes, como Alemania y Japón, que realizan enormes esfuerzos para conseguir que muchos extranjeros vayan a sus universidades a realizar estancias posdoctorales. ¿Por qué lo hacen? Porque saben que sus universidades obtienen grandes beneficios con la incorporación de esas personas jóvenes, que ya tienen cierta experiencia y están llenas de buenas ideas. Este modo de proceder no es muy caro y los beneficios son enormes.
Además, muchos de estos becarios se quedan en Chile, lo que permite mejorar el nivel de nuestra investigación y docencia, y otorga al medio universitario nacional una mayor diversidad.
Además, a nadie se le oculta que esa es una herramienta diplomática muy valiosa, especialmente con los académicos latinoamericanos que, después del posdoctorado, vuelven a sus países y ocupan allí puestos relevantes.
Obviamente, aunque el sistema es muy bueno, siempre está el argumento nacionalista que dice que en las universidades hay que contratar a chilenos, aunque haya candidatos mejores. Pero ¿tendrían los Estados Unidos sus magníficas universidades si no hubiesen contratado a miles de académicos europeos en el siglo XX?
Junto con lo anterior, la ministra tuvo otra idea: asignar las becas de otro modo, estableciendo ciertas prioridades que dejan en una situación muy desmedrada a las humanidades, un sistema semejante al que existe en países como Perú.
El tema de las prioridades se puede discutir, pero es bastante más complicado de lo que parece a primera vista. Pensemos, por ejemplo, en cuál es el problema más grave y profundo que afecta a Chile en la actualidad. Obviamente, es nuestra baja de natalidad. Chile tiene la tasa más baja de Latinoamérica y una de las peores del mundo.
Nadie en el planeta ha podido revertir exitosamente esta tendencia. Los incentivos económicos, usados en Hungría y otros países, no parecen ser la solución adecuada a un problema que tiene hondas raíces culturales. Cuando la ministra fija prioridades, está pensando en innovación, minería, salmonicultura o ingeniería forestal. Ninguna de sus prioridades permite enfrentar en serio nuestro problema más delicado.
Es decir, su lógica resulta ciega a la hora de tratar esta cuestión que sí debería ser prioritaria, pero que solo puede abordarse con las herramientas intelectuales que ella ha decidido dejar en un lugar secundario.
La solución a todo este entuerto que tiene a los académicos enfrentados con la ministra del ramo no es difícil. Se arregla con más diálogo (la herramienta favorita de la política) y escuchando unas sabias palabras de Steve Jobs: “Me gusta vivir en la intersección entre las humanidades y la tecnología”.