El Partido Republicano es un caso interesante de la política chilena, tanto por el sorpresivo éxito que hasta ahora lo acompaña —posee la más numerosa bancada de diputados— como por los equívocos que su denominación y su conducta producen.
El viernes —bajo el título “Republicanos, un difícil aprendizaje”—, el editorial de este periódico critica el comportamiento que hasta ahora han tenido. Como el asunto es de amplio interés público (¿cómo debe comportarse un partido de gobierno en democracia?), vale la pena examinar si es correcto o no ese reproche o esas admoniciones que el editorial contiene.
Para saberlo hay que mostrar la identidad ideológica de los republicanos y la necesidad de subrayarla.
El concepto de república (y los asociados como republicano y republicanismo) posee un antiguo origen en la historia de las ideas políticas. Aparece nada menos que en Maquiavelo en sus Discursos acerca de la primera década de Tito Livio (1531). Allí, Maquiavelo sostiene que una ciudad es “libre” cuando nadie tiene poder arbitrario sobre los demás. Esta idea es la que permite distinguir a un republicano en el sentido de Maquiavelo, de un liberal. Un liberal piensa que mientras menos interfiera el Estado, la libertad se acrecienta. Un republicano, en cambio, piensa que el gobierno debe esforzarse porque cada uno sea su propio dueño (sui juris) y si debe intervenir para lograrlo, es correcto que lo haga. Es lo que se conoce en la literatura como libertad como no dominación. Esta última exige que nadie tenga la capacidad de intervenir en una vida ajena a la suya a su arbitrio. La riqueza de algunos y la pobreza excesiva de otros, por ejemplo, atentaría contra esa forma de libertad.
En la política contemporánea —mal que pese—, quien se definió como republicano en ese sentido fue el gobierno socialista de Zapatero (aunque, todo sea dicho, la virtud que Maquiavelo exigía a los ciudadanos no pareció estar del todo presente en él).
Por supuesto, el Partido Republicano en Chile nada tiene que ver con esa forma del republicanismo que ensalzaba Maquiavelo (y que estuvo en el origen del constitucionalismo de los padres fundadores).
Se asemeja más, en cambio, al Partido Republicano de los Estados Unidos de América. En otras palabras, se trata de un partido cuyo rasgo central es el conservadurismo asociado a posiciones sobre rebaja de impuestos, restricciones a la inmigración, apego a la tradición nacional, una agenda contraria al aborto, etcétera, es decir, temas de esos que asoman hoy en el debate. No tiene, en suma, nada que ver con el republicanismo de los Discursos de Maquiavelo.
Ahora bien, ¿sería conveniente que los integrantes del Partido Republicano moderaran la expresión de sus ideas y proyectos en beneficio de objetivos pragmáticos de corto plazo —como lo aconseja el editorial de este mismo diario, el día viernes— o, en cambio, sería mejor que, como ha venido ocurriendo, esas ideas se manifiesten y promuevan revelando el horizonte de sentido que anima a ese partido?
Por supuesto, no hay duda de que es mejor y más correcto que expresen esas ideas y promuevan proyectos destinados a realizarlas. ¿Para qué tendrían entonces sus ideas y enarbolarían sus ideales? ¿Por qué va a ser correcto que promuevan algunas ideas relativas a rebajas de impuestos y oculten las que tienen sobre el aborto? Es muy rara la idea de democracia que inspira ese editorial al aconsejar a una fuerza política específica que no revele las ideas que la animan o promueva proyectos para realizarlas, escamoteándolas a los ciudadanos. La democracia, uno de cuyos componentes es el debate abierto, existe principalmente para que todas las ideas se expresen y traten de realizarse, procurando, de esa manera, influir la cultura, ganar la adhesión de los ciudadanos y modelar finalmente la vida colectiva, que es lo que los republicanos en el sentido criollo han venido haciendo.
Tampoco es razonable sostener que algo así debilita al Gobierno o entorpece su agenda. Es obvio que es perfectamente posible (y además sano para la democracia) que la gente que adhiere al Partido Republicano promueva las ideas que abraza revelando así su identidad más propia, y al mismo tiempo, contribuya con su voto a una iniciativa gubernamental. Después de todo, una cosa es ser un partido de gobierno comprometido a apoyar las iniciativas de este último, y otra cosa es ser un partido que gobierna. En esa diferencia entre ser un partido de gobierno y no un partido que gobierna está el secreto de la democracia que de esa forma alienta y permite que el primero no se calle o se reste del debate, favoreciendo así el discernimiento ciudadano, incluso si ello resulta transitoriamente molesto al gobierno.