En política, quien pone la música determina el ritmo al que el resto baila. El DJ puede no ser el mejor bailarín ni el que más se luce, pero es quien, en verdad, tiene el poder.
Al inicio de la transición, los llamados poderes fácticos tuvieron un cierto control de la sala de música. Progresivamente lo fueron perdiendo de manos de las autoridades electas. Bingo para la democracia.
No duró mucho. Ya en Bachelet II, particularmente en temas educacionales, la música la pusieron los jóvenes del Frente Amplio. Lo hicieron con una fuerza desproporcionada a los votos que habían obtenido o a los cargos que ocupaban. Su triunfo fue, primero, cultural.
En buena parte de Piñera II, la música la puso la calle. Desde allí se determinó lo que era y no era posible hacer a las instituciones políticas. Quien no bailaba a su ritmo, no pasaba.
El Frente Amplio logró entrar a La Moneda, pero no pudo poner su música, pues al público le pareció demasiado altisonante. Se lo impedimos la ciudadanía, al rechazar su proyecto constitucional, y de ahí en más la música estuvo lejos de la prometida. La ola de la batalla cultural, que la izquierda había ganado, se devolvió en su contra, pues el mareo de altura y la juventud les impidió entender la política como el arte de lo posible. El modelo capitalista y la democracia liberal sortearon ese gobierno sin rasguños.
La experiencia reciente muestra entonces que hay diversos modos de poner la música política. La legitimidad formal, originada en el mandato popular, es solo una de ellas. Ha debido compartir y, a veces, ha sido fuertemente desplazada por el poder económico, el cultural y la calle.
¿Ha vuelto hoy el control del wurlitzer a manos de las autoridades electas? Sí y no. Sí, en cuanto no se avizora un poder cultural ni una violencia callejera que pueda desafiarla. El poder económico, por su parte, está conforme con la música gubernamental y no necesita altisonar compases propios.
La oposición, por ahora, no acierta a tener una partitura y, de no ser por la crítica, está afónica. Esa es enfermedad mortal en política. Carente de proyecto, no puede vocear ninguno. Cualquiera que esboce, amenaza con dividirla.
Lo que muestran estos primeros meses de gobierno es que es el ministro de Hacienda quien más cómodamente se ha instalado en el sillón desde donde se manejan las perillas musicales. El Congreso y los partidos han bailado al son de su música. Auguro que será Quiroz quien siga poniendo los temas bailables.
Con todo, hay dos ruidos en esta sinfonía, que perturban la armoniosa suavidad con que quisiera oírla La Moneda. El primero es que, en razón de no contar con mayorías en el Congreso y dado el fraccionamiento político que allí reina, el Gobierno, en su dogmático afán de aprobar sus proyectos sin alterarlos, ha encontrado un PDG pragmático y ambicioso, que ha prestado su apoyo, a cambio de legislación populista. Ello terminará por aumentar la no poca adhesión ciudadana con que ya cuenta ese partido y Parisi, su eterno candidato. De manera análoga y siguiendo la exitosa estrategia del mismo Kast, los nacional libertarios intentan desafiar con su propia música: indultos y “escucha su corazón”. No son proyectos que despierten gran adhesión, salvo en grupos minoritarios, pero tienen la capacidad de poner nervioso al Partido Republicano, que ha intentado poner la música, pidiendo la privatización de Codelco.
Por ahora son ruidos, ruidos que desordenan la orquesta oficialista y muestran que la lucha por la sucesión está abierta. Por ahora, los más habilosos resultan ser los del PDG, quienes, sabiendo que no pueden, aún, poner la música, sacan su tajada y acumulan fuerzas. Nacional libertarios y republicanos ensayan sus instrumentos, intentando dar con un tono que les permita aspirar a mayorías. La oposición ni siquiera emite música.
No es más que la eterna lucha por poner los compases de la política; antesala de triunfos electorales. Aunque aún se libra en un tono menor, refleja hasta qué punto un gobierno de emergencia es, por definición, uno con serias trabas para proyectarse. Por eso, tantos otros ya afinan sus instrumentos.