La noticia apareció muy al margen, solo en el diario La Tercera, y, sin embargo, es muy relevante desde el punto de vista público. Mucho más que los incidentes y rumores que entretienen en los programas radiales cada vez más magazinescos y deliberadamente simpáticos (¿quién les habrá dicho que comportarse como amigotes que cruzan bromas personales los acerca a las audiencias?).
En fin.
“Para pedir por las familias de Chile”, el Ministerio de Desarrollo Social, encabezado por María Jesús Wulf, invita a una misa que se desarrollará este lunes, a las 13:00 horas, en la capilla de La Moneda.
Por supuesto, celebrar la eucaristía o cualquier rito o ceremonia sacra no tiene nada de malo. En una sociedad abierta, las personas tienen derecho a practicar el credo y el culto que su fe les indique, o el que los persuada o los consuele o, como suele ocurrir en estos tiempos en los que todo parece entregado a la voluntad, los que simplemente elijan dentro de todos los que existen.
Bien. Todo esto es obvio.
Salvo por un detalle: en Chile, el Estado es laico, es decir, no adhiere a ninguna confesión en particular, ni confiere presencia privilegiada a culto alguno. Más bien se compromete a tratar con igual respeto y consideración a todas las creencias, sin considerar a ninguna como intrínsecamente mejor o más fiable que cualquier otra. Por supuesto, que el Estado sea laico no quiere decir que deba ser adversario o rival de las religiones; se trata simplemente de que no debe usar su poder para favorecer a las religiones ni tampoco para obstaculizarlas. En suma, el Estado debe tratar con igual respeto y consideración a todos los credos, y no debe tenerlos en cuenta a la hora de distribuir recursos de ninguna índole.
Ahora bien, como el Estado no es una persona que adopta decisiones o que actúa, sino que lo hace mediante sus funcionarios, es decir, a través de quienes se desempeñan en el Estado o tienen en sus manos su control, ese deber de neutralidad razonable recae sobre ellos. Y, así, un ministro o ministra en calidad de tal no debe invitar a celebrar ni el culto católico, ni ningún otro, porque ello infringe sus deberes públicos.
Pero, se dirá, ¿acaso no hay una capilla en La Moneda donde se practica el culto? ¿Quiere eso decir que habrá que cerrar la capilla? Por supuesto que no. La capilla de La Moneda es católica por su origen y habrá de mantenerse así, a condición de que se la conciba o como un deísmo ceremonial o que se permitan otros credos y cultos en ella de manera equivalente. Y es que el problema no es que existan lugares para practicar el culto, sino que el problema se configura cuando se favorece a uno más que a otro, o cuando una autoridad esgrimiendo su calidad de tal (como la ministra de Desarrollo Social) invita a un culto específico. No es, pues, la religión el problema, sino la igualdad entre todas que el Estado debe homenajear.
Esa distinción parece sutil e incluso alguien de comprensión estrecha (en estos temas abundan) podrá considerarla desmedida o anticlerical, pero es justo lo contrario. Toda la dignidad de las religiones (al menos de las que son religiones soteriológicas, es decir, religiones de salvación, como la católica) radica en que ni se atan al Estado, ni solicitan su auxilio, sino que son autónomas frente a él. Y la razón es bastante obvia: para un creyente de veras, el Estado, fuere cual fuere su orientación política, es insignificante frente al futuro que se acerca y en el que el creyente confía. Es cosa de leer la segunda carta a los tesalonicenses para enterarse que de lo que se trata la fe es, entre otras cosas, de la espera, frente a lo cual todo lo demás empalidece.
Desgraciadamente, hoy suelen confundirse las cosas y hay quienes piensan que ser creyente o suscribir determinadas convicciones acerca de la condición humana, es lo mismo que enarbolar un puñado de principios o consignas o vocearlas en medio de lo que suele llamarse “batalla cultural” (incluso el cardenal se ha deslizado, en ocasiones, especialmente con su empleo de las redes, hacia ese malentendido). Olvidan así que una cosa es permear la cultura mediante la fe o reivindicando los vínculos entre fe y razón, y otra muy distinta imponer o divulgar con entusiasmo en los medios o con auxilio del Estado, determinadas creencias o formas de vida.
La invitación de la ministra de Desarrollo Social a una misa (aunque sea para pedir por las familias de Chile) no puede justificarse como parte del quehacer del Estado y más bien lo transgrede. Es fruto de esos malentendidos tan frecuentes entre algunos creyentes que no logran distinguir entre la fe que dicen profesar y la forma en que conciben el rito, el que de ese modo, más que gesto religioso, parece ritual neurótico (como todo el mundo sabe, Freud pensaba que toda religión era una forma de neurosis. Es probable que estuviera equivocado, pero este tipo de iniciativas se inclinan, desgraciadamente, a darle la razón).
Solo es de esperar que la próxima vez no salga esta u otra ministra o ministro a convocar a una manda colectiva o a una peregrinación.