Vivimos en medio de transformaciones que hace una generación habrían sido consideradas ciencia ficción: máquinas que conversan, cambios climáticos caóticos, trabajos que desaparecen y otros aún sin nombre. Sin embargo, cuando pedimos a nuestro sistema educativo que planifique el porvenir, su respuesta suele centrarse en elogiar o criticar el pasado. Sobre el presente, nos brinda indicadores de resultados, planes de mejora, tasas de rendimiento y avances o retrocesos cada cuatro años. El futuro, esa dimensión que antes alimentaba la imaginación y guiaba nuestras acciones, ahora parece una casilla vacía.
En realidad, no nos falta un futuro, sino la capacidad de imaginarlo de otra manera. Esta paradoja, propuesta por Fredric Jameson, revela que hoy en día resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el colapso del sistema actual. Hemos perdido la habilidad de concebir opciones diferentes, hasta el punto de que la falta de un horizonte claro nos parece la forma natural en que las cosas suceden.
Quejarse de las métricas y rankings es algo muy común hoy en día. Casi todos los seminarios abordan el impacto negativo del “gobierno de los números” en la educación. Sin embargo, considero que el problema es más sutil y grave.
Lo que desplazó a la utopía no fue el vacío, sino las tecnoburocracias encargadas de contabilizar el futuro y de domesticarlo. No predicen lo que viene; gobiernan el presente creando ficciones colectivas de mañanas mejores y ajustándolas a metas y estándares. La OCDE proporciona una “brújula de aprendizaje” que promete guiarnos “hacia el futuro que queremos”. Además, decide por nosotros qué debemos querer, confiando en su propia capacidad para prometer futuros creíbles. Después, evalúa a los países según qué tanto se desvían de esas metas.
Así, acabamos delegando el futuro a dispositivos que lo gestionan mediante comparaciones internacionales, creyendo que planear es igual a imaginar.
Chile no pasó de la utopía a su ausencia. Más bien, pasó de utopías refundacionales rivales —el proyecto socialista de la UP y, después, el experimento que buscó, de manera autoritaria, hacer del país un laboratorio neoliberal— a un pragmatismo administrativo que busca en la OCDE su guía y su confirmación. Avanzó y retrocedió en varios planos, ¡qué duda cabe! Pero se equivocó en la naturaleza de las utopías escogidas: planos completos de una sociedad por rehacer.
De este doble naufragio surgieron nuestra prudencia y, con ella, la utopía domesticada. El reformismo de ayer —que abarca cobertura, gratuidad, calidad, evaluación y supervisión— tiene sin duda valor, pero excluye ideas imaginativas y se concentra únicamente en tareas actuales. A la vez, el contrarreformismo de hoy elige volver a la selección desde las familias y promete seguridad frente a los vándalos y el castigo a la incivilidad.
La interrogante que se plantea es sencilla: ¿Chile posee alguna utopía educativa más allá de lo puramente administrativo?
La objeción es evidente: ¿no aprendimos ya a qué llevan las utopías? Efectivamente, conocemos las consecuencias de las utopías abstractas. Son ideales fijos y completos, desvinculados del proceso histórico: la isla de Tomás Moro, situada fuera del tiempo y sin lugar, que solo requiere ser revelada. La utopía concreta, en cambio, es distinta. La palabra “concreto” proviene de “concrescere”, que significa “crecer juntos”: no un plan a imponer, sino una posibilidad real que surge de los potenciales latentes del presente. No un destino fijo, sino un devenir. Por eso, la forma más interesante es esta: la utopía no es ni un ideal lejano —el no-lugar— ni un hecho concreto —el aquí y ahora—, sino algo que aún no existe, pero que está en potencia en las posibilidades del presente. Todo ello accesible a la imaginación.
Su antídoto contra la ingenuidad se denomina, académicamente, docta spes, o esperanza educada. No se trata de optimismo, voluntarismo, ni de desear con los ojos cerrados. Es una esperanza que surge al analizar con objetividad las condiciones materiales actuales y al actuar sobre sus potencialidades no explotadas. No promete un paraíso, pero rechaza aceptar que el presente sea el límite final.
Y hay un paso adicional que aborda directamente cómo proceder. La socióloga británica Ruth Levitas sugiere entender la utopía no como una herramienta de ingeniería social, sino como un “deseo de un modo de ser mejor”. A partir de esta idea, se comienza a hablar de una educación del deseo. No se trata de asignarle metas cuantitativas y de eficiencia —como siempre han intentado planificadores y economistas—, sino de educar ese deseo, despertarlo, y enseñarle a desear de otra forma, más y mejor. Un país que solo administra su sistema educativo ha renunciado, sin darse cuenta, a educar sus imaginarios y a crear consensos para movilizarlos en la política. Confunde gestionar el presente con construir el futuro.
Nada de esto requiere la isla remota de Tomás Moro. La utopía concreta no se organiza desde un ministerio ni se importa desde París, sede de la OCDE; se identifica en lo que ya sucede, aunque aún no tiene un nombre. Se encuentra en la escuela que prueba nuevas formas de enseñar sin esperar instrucciones, en el profesor que se niega a preparar a sus estudiantes para un mundo que ya no existe, y en la comunidad que imagina su liceo diferente del que heredó. Son posibilidades, no programas. Reconocer y potenciar estas oportunidades —en lugar de gestionarlas o descartarlas en nombre del orden— es una tarea que ningún instructivo ministerial puede realizar por nosotros. Las políticas deben incentivar y promover esas oportunidades, así como facilitar su multiplicación.
No creo que para ello debamos eliminar la medición ni el cálculo; sin embargo, es importante no confundir estas herramientas con la imaginación. Las grandes transformaciones que enfrentamos no pueden abordarse únicamente con administradores más eficientes ni con un espíritu conservador, sino mediante nuevas formas de desear e imaginar. Recuperar la utopía concreta representa un acto de resistencia y de esperanza en una era que ha perdido todo horizonte.
El reformismo de ayer —que abarca cobertura, gratuidad, calidad, evaluación y supervisión— tiene sin duda valor, pero excluye ideas imaginativas y se concentra únicamente en tareas actuales. A la vez, el contrarreformismo de hoy elige volver a la selección desde las familias y promete seguridad frente a los vándalos y el castigo a la incivilidad.
La interrogante que se plantea es sencilla: ¿Chile posee alguna utopía educativa más allá de lo puramente administrativo?