La rencilla entre la senadora Vodanovic y la senadora Cicardini —discutieron con aspereza: brazos en jarra, el índice de una y otra subrayando admoniciones, la senadora Cariola con la boca en círculo y abriendo los ojos en señal de sorpresa por lo que oía a sus espaldas— muestra, como en un ejemplo, la crisis en medio de la cual se encuentra la izquierda.
Los analistas a veces emplean la expresión “quedar sin conducta” para describir la situación en que el sujeto no puede elaborar una respuesta articulada, ni siquiera formar un síntoma, o algo que parezca una respuesta, frente a una situación que lo desborda. Es el caso, por ejemplo, de una persona habitualmente contenida que, de pronto, en una discusión menor y sin razón aparente estalla en insultos obscenos, desbordada por sus pulsiones.
Es lo que parece estar ocurriendo a la izquierda: está sin conducta y por eso lo que se ve son aspavientos, rencillas, gestos sin sentido. Cuando eso ocurre a una persona, a un individuo, es que le falta mediación simbólica: se encuentra cara a cara con lo Real (el vacío o el dolor) sin ninguna envoltura fantasiosa que lo ayude a mitigar ese encuentro. Queda entonces estupefacto, hipnotizado por aquello que lo atrae y lo amenaza. Mutatis mutandis (cambiando lo que hay que cambiar) es lo que ocurre a la izquierda. Está sin conducta porque no tiene ideas, no parece haber entre ella y los desafíos a que se ve expuesta ninguna mediación conceptual o ideológica que le permita hacer frente a estos últimos.
Todo esto es el resultado de muchos años en que la izquierda generacional (la de Gabriel Boric) comenzó a expandir un discurso de cambios estructurales, plagado de gestos simbólicos y ademanes retóricos, que se demostraron, como era obvio, totalmente ajenos a la sensibilidad de las mayorías. Mientras la cultura espontánea de las mayorías había sido permeada por la expansión del consumo y los bienes asociados a él, la izquierda en vez de hacer frente a las patologías de ese proceso (anomia, inseguridad) se dedicó a criticar conceptualmente esa nueva cultura. El resultado fue que mientras las grandes mayorías se enorgullecían de su trayectoria vital asociada al proyecto reformista de la Concertación, el discurso de la izquierda frenteamplista se distanció de esa sensibilidad favoreciendo la de jóvenes pequeñoburgueses que venían descubriendo recién el pensamiento abstracto y lo empleaban para construir conceptos y derivar de ellos un programa político posmaterialista (centrado hasta el exceso en valores medioambientales, el feminismo, el decrecimiento, el indigenismo, etcétera) que derogaba, como si fuera solo el fruto de un timo o de una estafa, todo lo que hasta ese momento la propia izquierda había construido. Y ahora, cuando deben hacer frente a los proyectos de la derecha, la futilidad de esas tramas conceptuales queda totalmente al descubierto.
Ni servían para un programa de gobierno, ni sirven para hacer política desde la oposición. Apenas sirven, y solo a veces, para escribir papers, redactar proyectos y hacer fundraising.
Y para confirmar el fenómeno de carencia de conducta, algunos sectores están ahora diseñando una conducta sustitutiva: recurrir ante el Tribunal Constitucional. Pero es obvio, y las circunstancias lo ponen de manifiesto, que se trata de una maniobra sustitutiva o de reemplazo, apenas un gesto para encubrir el desvalimiento en que se encuentra hoy la izquierda, sin votos suficientes en el Congreso y sin ideas con que ganarse a la opinión pública. Ya se verá que el único camino para el recurso ante el Tribunal Constitucional (falta de adecuación o proporcionalidad de las medidas, ambos criterios de control inspirados en escritos de Alexy, los juristas y profesores que lean esto entenderán) es tan enrevesado, tan conceptualmente difícil, que lo más probable es que no resulte. Y de esa manera a la carencia de conducta se agregará un error.
Nadie ha sabido (salvo la senadora Cariola, que desorbitaba los ojos al oír lo que oyó) lo que se dijeron las senadoras Vodanovic y Cicardini; pero lo que es seguro es que no estaban discutiendo ideas, sino que formulándose reproches y modales.
Y cuando los políticos de profesión (es decir, quienes viven de la política y para ella) abandonan la suave hipocresía del oficio y dejan, como en este caso, aflorar la ira o la desavenencia, y montan una escena en público, esgrimen el índice para acusarse recíprocamente y ponen los brazos en jarra y levantan la barbilla como diciendo ¿y qué?, ¿y qué?, es que las cosas están muy mal, tan mal que los nervios afloran y empiezan a ocupar el lugar que apenas anteayer ocupaban las ideas.