“No voy a respaldar una colusión con Quiroz”, “era una mentira”, “El PPD se vendió”. Estas frases —pronunciadas por senadores PS y DC— dejan ver con claridad el grato clima que reina en la oposición. ¿El detonante? La voluntad de algunos por sentarse a conversar con el Gobierno sobre la ley miscelánea. Esa mera disposición constituye, para los más dogmáticos, una herejía inaceptable: con el fascismo no se dialoga, al fascismo se le combate. Allí reside el fondo del mantra de la unidad: la idea es que los más duros posean un poder de veto ilimitado respecto de cualquier atisbo de negociación. Todo el resto es traición, venta, colusión y felonía.
Sobra decir que, fuera de los muros del Congreso, todo esto resulta incomprensible. Basta levantar un poco la vista para percatarse de que no hay estrategia alguna detrás de esta actitud: es, más bien, la reacción de quien se ve encajonado y recurre al único libreto que conoce, aunque sepa que no funciona. Esta es la paradoja: la oposición necesita —más que nunca— algo de imaginación política, pero solo encuentra reflejos gastados que no conducen a nada. En lo inmediato, el riesgo es condenarse a la insignificancia, pues el oficialismo no necesita votos opositores. Es cierto que, para algunas normas, subsiste el recurso al TC, pero es un arma de doble filo, y refugiarse en las polleras de la tercera cámara —después de décadas haciendo gárgaras con la “agencia política del pueblo”— conlleva costos elevados. Si se quiere, implica reconocer una enorme derrota política. El pueblo ya no está con nosotros.
En cualquier caso, la falta de estrategia remite a lo siguiente: la carencia total y absoluta de proyecto político. Las izquierdas no tienen nada significativo que ofrecer, más allá de las bravatas, las reyertas y los insultos. El vacío es, propiamente hablando, abismal. Por lo mismo, pueden repetir el libreto empleado en el segundo gobierno de Piñera, pero el chiste está gastado y dejó de funcionar. La credibilidad y la confianza agotaron toda la línea de crédito posible. Hace diez o quince años el discurso contra el “gobierno de los ricos” habría producido efectos importantes; hoy, apenas se oye. Esta falta de voz es la consecuencia directa del fracaso del diseño inicial del gobierno de Gabriel Boric. ¿Cómo creerle a un sector que prometió asaltar el cielo con las manos y que terminó bien acomodado con el sistema y que, peor, nunca esbozó una explicación? Las izquierdas quedan paralizadas, pues quienes intentan mover en algo el tablero solo reciben improperios.
Mientras, el país prosigue su camino, y no está paralizado. La ciudadanía tiene urgencias más o menos claras, y nada indica que vayan a cambiar en el corto ni mediano plazo: seguridad, migración, empleo y reactivación económica. ¿Tiene la oposición algo pertinente que decir sobre alguno de estos temas? ¿Cómo recuperar el dinamismo económico, qué señales dar en seguridad, qué hacer en materia de empleo? ¿Pueden sus líderes construir una alternativa política en torno a estas cuestiones? Estas son las preguntas que pocos —muy pocos— se atreven a formular. Responderlas seriamente tiene consecuencias dolorosas y nadie quiere asumirlas del todo.
Así, creo, debe explicarse la creciente influencia —en estilo, tono y forma— de la dupla Cicardini-Manouchehri. El fenómeno remite a una vieja tradición caudillista que tiene poco que ver con la izquierda (cabe recordar que el diputado Manouchehri ha defendido la pena de muerte y la limitación de votos para extranjeros), pero que tiene réditos electorales. En cualquier caso, si la acusación contra el exministro Grau alimentó el populismo del PDG, los rebeldes del PS no hacen nada muy distinto. El terreno que ellos siembran mañana será cosechado por otros. No hay doctrina, no hay ideas, tampoco hay mucha política: ellos están en otro negocio.
La escena tiene otra consecuencia. Como sabemos, el oficialismo está enfrascado en sus propias discusiones, y no hay acuerdo entre quienes quieren negociar con la izquierda, y quienes defienden que la mayoría parlamentaria debe ser ejercida sin conversar tanto. La anarquía opositora deja a los primeros sin interlocutor: ¿con quién debería sentarse hoy un ministro que quisiera negociar y alcanzar un acuerdo? ¿Cuánta fragmentación —horizontal y vertical— resiste nuestro sistema? En ausencia de liderazgos visibles, los más duros del gobierno ganarán espacio, ya que su estrategia parece ser la única viable. En el fondo, los halcones nunca dejan de ser cómplices entre sí: se necesitan recíprocamente para confirmar sus posiciones.
Como puede verse, el espectáculo no tiene nada de estimulante. El fraccionamiento de nuestro sistema político —inducido por el sistema electoral— aún no termina de dar sus frutos. A estas alturas, quien tenga alguna vocación de poder debería estar pensando en el modo de impulsar la indispensable reforma electoral que tanto necesitamos. Ella no resolverá —ni de lejos— todos nuestros problemas, pero permitirá una conversación que haga posible resolverlos. De lo contrario, tendremos que acostumbrarnos a que el insulto reemplace —definitivamente— cualquier asomo de argumento.