El turista que recorre Francia en auto puede encontrarse de pronto con un espectáculo inesperado si llega al pueblito de Romagne-sous-Montfaucon. No se trata de una catedral gótica ni un viejo castillo medieval, sino de un enorme cementerio que alberga a miles de soldados norteamericanos muertos en la Primera Guerra Mundial. Ellos no están enterrados en Texas o en Indiana, sino en el cementerio de Meuse-Argonne, una zona de Francia cercana a Verdún. Esos jóvenes murieron en una guerra que no era suya, sino de Europa. Algunas tumbas ni siquiera tienen nombres, pero se dice que allí yace un soldado norteamericano y que Dios sí sabe cómo se llama. Otro tanto pasa con los cementerios de la Segunda Guerra Mundial, porque los Estados Unidos les han salvado varias veces la vida a sus parientes europeos a costa de perder la de muchos de sus ciudadanos.
Nosotros estamos acostumbrados a escuchar críticas a los Estados Unidos. A veces son más que acertadas, pero se nos olvida un hecho elemental. Sucede que imperios ha habido toda la vida, pero la gran diferencia entre estar sometidos a los egipcios, los babilonios o los romanos y hallarnos bajo la influencia de lo que Raymond Aron llamó la “República imperial”, es que hoy podemos darnos el lujo de formular y difundir esas críticas, mientras que en esos otros contextos lo habríamos pagado con la vida.
Alguien me dirá que le estoy atribuyendo a los Estados Unidos algo que es una virtud de las democracias. Sin embargo, ¿habríamos tenido las democracias que conocemos si no hubiésemos contado con el poderoso ejemplo de la vida política del país del norte? ¿Tendríamos nuestro presidencialismo, la separación de poderes o la libertad de prensa de que gozamos si, por arte de magia, pudiésemos borrar a los EE.UU. de Norteamérica de la historia humana?
El primer europeo que descubrió que allí se estaba gestando algo grande fue Alexis de Tocqueville. En un pasaje de su “Democracia en América” les dice a los europeos una idea que podríamos resumir así: ustedes están durmiendo y no se dan cuenta de que hay dos países que en el futuro serán cada vez más grandes, los Estados Unidos y Rusia. Su impronta, sin embargo, es muy diferente: uno ha crecido en lucha contra la naturaleza, se caracteriza por la libertad y su símbolo es el arado. El otro, en cambio, domina a los hombres, su sello es la servidumbre y su signo es la espada del soldado.
“Su punto de partida es diferente —concluye Tocqueville—, sus caminos son diversos; sin embargo, cada uno de ellos parece llamado por un secreto designio de la Providencia a tener un día en sus manos los destinos de la mitad del mundo”.
Para asombro nuestro, todo esto lo publicó en 1835, cuando muchos pensaban que los EE.UU. era un lugar apto solo para aventureros.
Nuestro juicio sobre esta nación no depende solo de lo que ella haya hecho u omitido. Todos los países tienen cosas buenas y malas en su historia, pero hay cosas que difícilmente podemos ocultar. Una de ellas es la calidad e influencia de sus universidades, donde se han formado miles de intelectuales, políticos y empresarios de todo el planeta. Por otra parte, de esas tierras ha recibido el mundo la Constitución escrita; una determinada concepción de la separación de los poderes; el presidencialismo; el federalismo; una multitud de avances médicos y gran parte de los inventos que hoy nos facilitan la vida. El número y calidad de sus museos y bibliotecas no guardan relación con su relativamente breve historia. Ese es un país donde mucha gente influyente ha sabido pensar en grande.
También presta una gran contribución a nuestra cultura el respeto por los disidentes que históricamente, y más allá de sus polémicas actuales, ha mostrado. En gran parte de los regímenes políticos ser opositor al gobierno puede resultar un serio riesgo para la libertad personal e incluso la vida. En cambio, los opositores a sus gobiernos han podido dormir tranquilos y decir lo que han querido. Esto representa un modelo que las demás naciones, les guste o no, se ven forzadas a tener en cuenta.
En un fallo de esta semana, la Corte Suprema norteamericana ha reiterado un principio político característico de ese país: todos los nacidos en esa tierra, aunque sus padres estén de paso o sean inmigrantes ilegales, podrán tener su nacionalidad y gozar de todos los beneficios y libertades que esa tierra reconoce a sus hijos. La historia norteamericana está marcada por la práctica de la acogida y precisamente por eso las discusiones en torno al problema de la inmigración ilegal son tan acaloradas, porque ellas apuntan a la forma de entender uno de los rasgos más propios de su identidad.
A nadie se le oculta que la sociedad norteamericana de hoy ha perdido algunas características que la hacían especialmente amable. La polarización hace que su convivencia sea a veces poco grata. Las posturas de buena parte de la izquierda política y cultural fueron tan radicales y sostenidas en el tiempo que terminaron por producir reacciones destempladas y no sabemos cómo va a terminar esa historia. Pero al menos hay algo que sería injusto desconocer en estos días en los que conmemoramos el 250° aniversario de su independencia: los Estados Unidos han ayudado a que muchas cosas en nuestra vida sean mejores.