En una visita a Villarrica, el Presidente Kast perdió la calma frente a una mujer que —sin emplear insulto alguno— lo increpó. En vez de discutir largamente con ella, o hacer caso omiso de lo que decía o simplemente escucharla, prefirió, luego de responderle con el rostro levemente congestionado, dirigir dos o tres admoniciones o advertencias al niño que la acompañaba.
La escena sorprendió no porque una persona increpara al Presidente, puesto que algo así es perfectamente predecible y de común ocurrencia, sino porque este último reaccionó de una manera desusada, que contradijo el tono contenido y de autocontrol, incluso de cierto humor involuntario, que suele cultivar. Por supuesto el Presidente no insultó, no maldijo, ni expresó nada inconveniente. Fue el hecho que perdiera la calma y se dirigiera a un niño lo que sorprendió. Recordó —mutatis mutandis, cambiando lo que hay que cambiar— lo que ocurrió al Presidente Gabriel Boric frente a su jefa de prensa, cuando la reprendió en público.
¿Hay algo de malo en todo eso?
El ministro del Interior al referirse al incidente dijo algo que en vez de aclarar lo que ocurrió, lo enturbia:
“…entiendo —explicó— que una señora que tenía dos procesos judiciales excede sus comentarios respecto al Presidente y el Presidente responde pidiendo respeto para él y para los demás”.
La explicación es obviamente errada. Desde luego carece de toda relevancia que quien profirió las expresiones que irritaron al Presidente tuviera dos —o tres o cuatro, a estos efectos no importa— procesos judiciales. De ese hecho no se sigue que no pudiera decir lo que dijo, ni tampoco las intenciones que tuvo al decirlas, ni nada acerca del valor proposicional de lo que dijo. ¿Acaso quienes están sometidos a proceso judicial han de enmudecer? Tampoco las expresiones de la mujer que se entreveró con el Presidente parecen faltas de respeto, eran más bien calificaciones políticas dichas en tono informal, incluso podría tildárselas de metáforas en el sentido que emplea este último concepto el propio Presidente.
¿Cuál es la relevancia de todo esto que lleva incluso al ministro del Interior a comentarlo?
Los seres humanos tenemos la característica que solemos escoger la cara que exhibimos al mundo. Cada uno esconde su subjetividad, los deseos que anida o las rabias que porta, o las emociones que lo invaden, tras una malla de modales, gestos aprendidos y una leve hipocresía. No es casualidad que, a partir de este hecho, haya incluso quien, en la sociología, describe el mundo social como una variante de la dramaturgia, los roles y tareas como máscaras que se construyen a partir de otras máscaras que ocultan el rostro original. Todo ello, claro está, hasta que de pronto alguien dice o hace algo o escribe algo que hace saltar un resorte escondido y una parte del verdadero yo del aludido y sus emociones, asoma. Todo el mundo, y especialmente la prensa, sabe eso. Y de ahí, por ejemplo, que, tratándose de figuras o funcionarios públicos, escrute los gestos involuntarios, reproduzca los lapsus o, en casos extremos, los exabruptos. Y es que sabe que en medio de ellos aflora una porción de verdad.
¿Qué parte del yo presidencial afloró en este incidente?
Desde luego no es cierto que la popularidad no le importe. No es cierto, como suele decir, que está dispuesto a hacer lo que juzga correcto, aunque sea impopular. La señora del incidente dijo lo que cree y piensa la mayor parte de quienes el Presidente Lagos resumió bajo la figura de “la señora Juanita”. Había pues un fondo de verdad en lo que la señora del incidente decía, no porque el contenido de lo que aseveraba fuera necesariamente verdad, sino porque el gesto era, pudo advertir el Presidente, sincero: ella creía lo que decía. Cuando decimos algo comunicamos un cierto contenido y a la vez ejecutamos un acto. El contenido puede ser discutible, pero si al decir lo que decimos lo decimos persuadidos, entonces el acto como tal (el acto a nivel performativo dicen los filósofos) es verdadero. Fue lo que ocurrió en este caso, el Presidente cayó en la cuenta de lo que la gente, la señora Juanita, pensaba. Y ello lo rebeló.
De ahí en adelante todo fue un desacierto.
Lo fue especialmente increpar al niño diciéndole que no debería dejarse usar por su madre. Ese fue un ejemplo de verdadera contradicción puesto que quien usaba al niño en medio de ese diálogo era él, el Presidente, y no la representante oficiosa de la señora Juanita quien lo hacía. Al decir al niño (que no debe haber entendido nada de todo esto) que no se dejara usar, era el Presidente justamente quien lo hacía.
Por eso para el futuro, donde este tipo de incidentes sin duda se repetirán —es uno de los costos del oficio—, el Presidente debe recordar que la suya es una figura transferencial y que nada de lo que oiga se lo dicen a él, sino que va dirigido a la máscara presidencial de la que es portador.
Y lo aconsejable es que no se la saque.