“La derechita cobarde llega a acuerdo con el Socialismo Democrático”. Así reaccionó Pamela Jiles a la decisión del diputado Schalper, quien anunció su rechazo a la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau. El objetivo de la parlamentaria posee el mérito de la transparencia: agudizar al máximo la tensión al interior del oficialismo y subir el precio a quienes se descuelguen de la ofensiva contra Grau. Para lograrlo, emplea una expresión que los republicanos, para diferenciarse y desprestigiar a Chile Vamos, usaron hasta el hartazgo. Dicho de otro modo, les recuerda a los más duros que la centroderecha es fundamentalmente traidora y que, por tanto, no se puede confiar en ella. Si la auténtica derecha quiere conservar la pureza de su identidad, debe mantenerse lejos del cáncer entreguista.
El talento de Pamela Jiles es innegable, pues conoce a la perfección los mecanismos que operan en cada tecla que pulsa. Cada una de sus frases, cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos están quirúrgicamente medidos para producir cierto tipo de efecto. En este caso, su intención es alimentar una tentación arraigada en las filas republicanas: debemos ser fieles a nosotros mismos, no podemos ceder. Somos, sobre todo, los anti-Boric. En el fondo, dice exactamente aquello que desean oír. El resultado no es misterioso: la convivencia oficialista se vuelve más áspera y difícil, pues aumentan las desconfianzas.
Con todo, el partido del mandatario haría bien en formular una pregunta elemental antes de seguir escuchando —y cediendo a— los cantos de sirena. Nada es gratis en política, y nadie hace favores por el gusto de ser amable. Si Pamela Jiles está tan interesada en azuzar las diferencias en las derechas no es porque le inquiete el destino del sector ni del Gobierno. Su preocupación exclusiva es el PDG y su alianza con Franco Parisi, con vistas a los próximos comicios. Ella está trabajando la tierra de tal modo que mañana le resulte posible prosperar, y eso exige la degradación de nuestras instituciones. El libreto es conocido, pues ya fue utilizado con el sistema de pensiones, cuando la diputada quiso estirar los retiros hasta vaciar completamente los fondos. El libelo contra Grau obedece a la misma lógica: mientras más desierto quede el terreno, más fácilmente podrá cosechar ella y su gente. Los liderazgos del PDG necesitan que todo se convierta en un páramo, para erigirse en salvadores de un sistema que se saboteó a sí mismo.
La estrategia de Jiles es legítima, y quizás razonable desde su perspectiva. La interrogante no pasa tanto por ella, sino por los diputados que caen en su juego sin advertir —ni de lejos— el fondo del asunto. En otras palabras, no saben para quién trabajan. En efecto, la acusación contra Grau solo trae costos para la derecha: divisiones internas, rencillas interminables, fracaso seguro en el Senado, además de incentivar que los ministros de Kast sean acusados a la vuelta de la esquina. Brillante plan. Sobra decir que nada de esto ayuda al Gobierno, muy por el contrario. Y la pregunta se vuelve entonces más apremiante: ¿en qué medida los parlamentarios del Partido Republicano se sienten comprometidos con el Gobierno? ¿O solamente buscan satisfacer a sus respectivos nichos y ganar algunos adeptos en redes sociales? Es cierto que la presión ejercida por el Partido Nacional Libertario es fuerte, pero dicha tienda ni siquiera cuenta con las firmas necesarias para presentar un libelo. Este tema nunca debió haber ido más allá de una sobremesa bien regada.
En este contexto, la decisión de Schalper cobra todo su valor, pues afirma cierta autonomía respecto de la tentación identitaria que predomina entre los republicanos. Si ellos quieren seguir en ese negocio, no tienen por qué arrastrar a todo el sector. De paso, permite recordar que gobernar implica asumir responsabilidades, y que no es posible acumular las ventajas de ser opositor y oficialista a la vez. Pero hay más, pues el episodio también ha dejado ver al gran ausente de la historia: el Gobierno, que optó por mirar de lejos un conflicto que lo afecta directamente. Solo quien posee poder puede ordenar a las propias huestes exigiendo disciplina y haciendo valer los costos, pero el Ejecutivo prefirió desentenderse. La consecuencia es obvia: el poder que no se usa, se diluye (incluso el presidente Boric estuvo dispuesto a detener los retiros, contra la opinión de sus cercanos).
La situación, como puede verse, es delicada y deja ver una dosis importante de frivolidad. Después de todo, la actual administración enfrenta desafíos colosales, que apenas han aflorado. Por mencionar un solo ejemplo, las derechas deberían dedicar sus energías a transmitir un discurso creíble en torno a la reforma a la admisión escolar y la selección. Allí hay un tema que está en el centro de su proyecto: el esfuerzo, el mérito y la recuperación de establecimientos emblemáticos dinamitados por ideas equivocadas. Sin embargo, el partido del mandatario prefiere gastarse en reyertas absurdas que distraen de lo esencial. Nadie lo ha entendido mejor que Pamela Jiles: allí reside toda su ventaja.