Lo que dijo el Papa León XIV en su reciente visita a España da que pensar. Si las ideas del Papa Francisco eran controversiales —no podemos decir que era un liberal—, el caso de Robert Francis Prevost parece ser distinto. El nuevo pontífice pertenece a la orden mendicante de San Agustín, vivió muchos años en Perú, donde llegó a ser obispo de Chiclayo, y en su reciente discurso ante el Congreso de los Diputados español —es el primer Papa que habla ante esa Cámara— dio señales alentadoras en el plano de las ideas.
Partió con una alusión a la libertad recordando al Quijote, “donde Cervantes proclamó que ‘la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos'”. Agregó que “por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró”. Esta mención es significativa: Salamanca fue la cuna de un grupo de atrevidos y originales escolásticos.
En seguida León XIV añadió que “hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros… introdujeron… la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder”, reconociendo que “la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura”. De hecho, las ideas de la Escuela de Salamanca fueron rechazadas y por largo tiempo ignoradas hasta que los grandes pensadores de la Ilustración retomaron los principios liberales. Con Adam Smith e Immanuel Kant, la economía de mercado y la dignidad de las personas volvieron a caminar de la mano.
Reivindicando públicamente el legado histórico y la vigencia universal de estos precursores del liberalismo y de la economía moderna, León XIV nos recordó que “la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes”. Solo tres días antes de las palabras de León XIV ante el Congreso español, la Universidad de Salamanca le había conferido el doctorado “honoris causa” al gran Francisco de Vitoria (c. 1483-1546). Uno se pregunta por qué tardaron 500 años en reconocer su contribución pionera a la economía moderna y a la defensa de la dignidad humana.
En efecto, Vitoria sentó las bases del derecho internacional, rechazó la idea de que los indígenas fueran seres inferiores, defendió el derecho a viajar y comerciar por el mundo y analizó el precio como un fenómeno de oferta y demanda. En seguida, Martín Azpilcueta (1492-1586) fue otro pionero de la economía y precursor del monetarismo. Tomás de Mercado (c. 1525-1575) hizo honor a su apellido ayudándonos a entender el funcionamiento de los mercados. Diego de Covarrubias (1521-1577) estudió el precio justo y anticipó la idea de la utilidad subjetiva. El jesuita Luis de Molina (1535-1600) ahondó sobre la teoría del valor y el gran Juan de Mariana (1536-1624) analizó los riesgos del Estado definiendo la inflación como un impuesto. En definitiva, delinearon el liberalismo clásico enfatizando la libertad y la dignidad humana, estableciendo los cimientos de la economía moderna.
La relación entre la Iglesia y el liberalismo ha sido compleja. Así como la Iglesia ha mirado con desconfianza al liberalismo, los liberales han hecho lo mismo con la Iglesia. Esta tensión ha llevado a muchos a preguntarse si es posible ser católico y liberal.
Más que antagonismos, hay virtuosas complementariedades. Y aportes tan profundos como la encíclica Magnifica humanitas o las pertinentes alusiones a los grandes de Salamanca no hacen más que allanar ese necesario encuentro entre liberales y católicos.