Acierta a primera vista el Gobierno cuando, a través del subsecretario del Interior, proclama como uno de sus objetivos “la cultura del orden”.
Se trata de un propósito valioso y compartido, sin duda.
Sin embargo, para que ese propósito tenga plenitud de sentido y no sea simplemente una frase, es imprescindible explicitar qué se entiende exactamente por orden y en qué ámbitos de la sociabilidad se lo persigue.
Para dilucidar qué pueda significar restablecer una cultura del orden, quizá sea necesario distinguir entre lo que podríamos llamar el tráfico social inmediato, por una parte, y el orden en sentido propiamente cultural, por otra.
El tráfico social alude a esa esfera de la vida colectiva que no se compone de relaciones íntimas, ni de actos que demanden mucho esfuerzo comunicativo. A diferencia de las relaciones auténticas o íntimas, en el tráfico social cada uno pone entre paréntesis su yo y se comporta como todos y ninguno. El tráfico social está regulado por normas impersonales, costumbres y pautas de comportamiento colectivas (como el saludo o la cortesía) que regulan más o menos irreflexivamente la vida cotidiana. La filosofía se ha referido a ese ámbito de la vida humana de varias formas. Ortega y Gasset lo llama “la gente” (como cuando decimos para quejarnos de algo mayoritario: “es que la gente es tonta”) y Heidegger, “el uno” (como cuando decimos, para referirnos a un lugar común: “uno cree que…”). Todos formamos parte de la gente o del uno en la medida que nos comportamos mecánicamente en muchas esferas de la interacción social.
Ahora bien, ordenar el tráfico social no parece tan difícil y a ello —mal que pese— han contribuido algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno: pagar las deudas, no incurrir en incivilidades como hacer ruidos innecesarios, no tirar basura en las calles, hacer las necesidades en lugares dispuestos para ello, no rayar las paredes, respetar las reglas del tránsito, cumplir las reglas mínimas en el transporte público, etcétera. Se trata de reglas mínimas de interacción con los semejantes que hoy se han abandonado y cuya exigencia es plenamente compatible con la libertad y la gestión autónoma de la propia existencia. Más aún, la libertad solo es posible si existe ese mínimo orden en el tráfico social; quejarse de que se exija un comportamiento que se atenga a esas reglas diciendo que ello es represivo, es tan estúpido como la paloma que se queja de que el aire le impide volar (el ejemplo, obviamente, es de Kant).
Otra cosa es el orden en un sentido más cultural o ético, porque en este caso ya no bastan las medidas externas o coactivas. Se requiere una cierta convicción de quienes integran una sociedad determinada, de que hay ciertos bienes que son valiosos y que vale la pena perseguir. En este sentido, el orden (en esto están todos de acuerdo, desde Hayek hasta Giddens) es algo que les viene a las sociedades desde dentro, no algo que se les impone desde fuera. Y ello significa que el orden se ha internalizado en las personas mediante la familia, la escuela, el barrio, los grupos en los que se desenvuelve la vida. Recuperar o construir el orden en este sentido es, por supuesto, más difícil que hacerlo en la esfera del tráfico social, puesto que para hacerlo no bastan las medidas externas o coactivas. Y ello significaría que el orden se ha logrado internalizar en las personas que comparten, así, la creencia en el valor de algunos bienes básicos.
En Chile, no cabe duda, el orden se ha deteriorado en esos dos sentidos, tanto en el sentido del tráfico social, como en el sentido ético o cultural del orden.
Pues bien, cuando el subsecretario del Interior expresa el propósito gubernamental de restablecer una cultura del orden, ¿a cuál de esos sentidos del orden —al tráfico social o a la esfera ética o cultural— se refiere?
Ordenar el tráfico social no parece tan difícil.
En cambio, construir una cultura del orden que vaya más allá de ordenar el tráfico social (aunque esto ya sería suficiente) exige un esfuerzo mayor que supone restaurar, sin sacrificio de la libertad, formas de sociabilidad que hoy se han deteriorado, como la familia o la autoridad en la escuela, y cuyo reverso es el extendido proceso de individuación y autonomía que se ha experimentado. Y este problema sí que parece, por ahora al menos, insoluble.