¿Durante cuánto tiempo debe guardar silencio un Presidente de la República tras abandonar su cargo? Naturalmente, no existe una respuesta unívoca a la pregunta: seis meses, un año o dos años, son todas alternativas posibles. Sin embargo, nada indica que tres meses sea un plazo prudente: es demasiado breve para que una nueva dinámica se haya asentado. Además, un exmandatario no puede entrar a la discusión como un actor más, pues debe conservar cierta altura (los expresidentes también deben “habitar” su función).
Si esto es plausible, cabe interrogar los motivos que explican la inaudita impaciencia de Gabriel Boric, cuya abstinencia política no pudo superar los tres meses. El primer dato es el asunto el asunto escogido, el CAE. Sabemos que la cuestión es un fetiche para su generación, pues toca directamente al núcleo duro de sus partidarios, que lo acompañan desde las movilizaciones estudiantiles. Recordemos que, en su mandato, Gabriel Boric estuvo dispuesto a dedicarle una cadena televisiva al tema, a sabiendas de que la educación escolar nunca recibió atención semejante. La señal identitaria es muy fuerte: esta bandera, compañeros, no será abandonada.
El segundo hecho llamativo es la argumentación esgrimida. Boric afirma —como si nada— que hubo un consenso técnico para acabar con el CAE, pero eso es cuando menos inexacto. En efecto, la propuesta del FES, que incluía un impuesto a los graduados y que fue presentada en los estertores de su administración, jamás gozó de un consenso de esa índole. Si esto no bastara, el exmandatario no asume ninguna —digo bien, ninguna— responsabilidad, como si esta historia le fuera completamente ajena, como si su promesa incumplida de condonar los créditos no hubiera aumentado la morosidad, como si fuera inocuo sembrar expectativas imposibles de cumplir: la culpa siempre es de otros y ellos siempre son inocentes. Y ni hablar de la paradoja de aspirar a construir un Estado robusto, que preste servicios sociales, sin considerar las exigencias aparejadas. Sobre aquello, ni una palabra.
Con todo, quizás lo más relevante sea lo siguiente. Si se vuelven frecuentes, las intervenciones de Gabriel Boric harán imposible cualquier proceso serio de reflexión y renovación. A estas alturas, es un lugar común afirmar que las izquierdas están desorientadas, carentes de libreto y de horizonte. Por lo mismo, la tarea urgente que deben acometer es revisar críticamente lo obrado en la última década, para sacar las enseñanzas del caso. Si el trabajo se hace bien, a partir de allí surgirán los nombres capaces de encarnar un proyecto futuro que no sea la mera repetición de consignas gastadas. Pues bien, la presencia del exmandatario en la coyuntura impide cualquier labor en esa dirección. Por un lado, dado que ni siquiera admite sus errores gruesos en torno al CAE, resulta difícil suponer que pueda liderar una reflexión crítica. Este es un punto central: la agenda original del Frente Amplio fracasó estrepitosamente, pero Gabriel Boric opta por ignorar ese dato, y retrocede a su época de dirigente de la FECh. Por otro lado, es tan fuerte nuestro presidencialismo —y tan frágil nuestra izquierda— que su palabra opaca necesariamente cualquier otra voz que quiera emerger. Dicho de otro modo, llena todo el espacio, y vuelve estéril un terreno que ni siquiera ha sido labrado.
Esto puede convertirse en una tragedia para su sector, dada la edad del exmandatario. Su intervención fue precipitada sobre todo por esta razón: con mayor o menor conciencia, reveló demasiada ansiedad por estar en el centro del juego, por seguir siendo la personalidad dominante de la oposición. Dicho en simple, quiere ser el único astro de esa galaxia. Sin embargo, se trata de un arma de doble filo: al volver tan rápidamente al ruedo, corre el peligro de convertirse en un actor más, de quedar atado a la contingencia y la refriega política. En cualquier caso, todo indica que busca precisamente eso: al fin y al cabo, los animales políticos nunca dejan de serlo.
Sin perjuicio de lo señalado, la intervención del expresidente constituye un desafío para el Gobierno. Es cierto que la posición del Frente Amplio es tosca, y es cierto que dicho sector ha instrumentalizado obscenamente el problema del crédito estudiantil, pero con la misma fuerza debe decirse que el problema no fue inventado por ellos. En consecuencia, la respuesta del Ejecutivo no puede ser una mera antítesis, sino que debe fundarse en un diagnóstico más fino. En otras palabras, es vital que el Gobierno logre distinguir entre aquellos que no han pagado aprovechándose del sistema, y aquellos que están agobiados por motivos atendibles (por ejemplo, mantener una familia, que es una de las prioridades del Ejecutivo). Si las derechas no atienden ese hecho, y entran en la dinámica de la guerra cultural, se estarán privando de herramientas indispensables para comprender la sociedad que gobiernan. El reto no es menor, y no es seguro que el ministro de Hacienda sea el mejor vocero del asunto, pues provoca más de lo que explica, e irrita más de lo que persuade. Si el Gobierno no articula una palabra política pertinente, se ampliará inevitablemente el espacio de Gabriel Boric. No es un juego de suma cero, pero vaya que se parece.