¿Cuál ha de ser el papel del expresidente Boric? ¿Habrá de salir en defensa de cada una de las propuestas o medidas del gobierno que encabezó? ¿Deberá, en cambio, conducir la oposición? ¿Deberá quizá ser crítico permanente, y en las redes, del gobierno del Presidente Kast?
A juzgar por sus recientes apariciones —tanto en el extranjero como en las redes— aún no ha definido su papel.
Pero como deberá hacerlo, es hora de comenzar a examinar qué factores incidirán en el que decida asumir.
El más obvio es la edad. La mayor parte de los presidentes terminan su mandato con la convicción de que han concluido su papel en la vida pública, e incluso cuando no abrigan esa convicción, morigeran y disminuyen su presencia pública. Contribuye a ello, sin ninguna duda, el hecho de que para casi todos los expresidentes los años pasados de su vida política fueron muchos más de los que les quedan por delante. El horizonte cuando miran hacia atrás es ancho y cuando miran lo que viene es estrecho. Es el naufragio de los años (P. Roth prefiere un término más acertado: masacre). Pero ese no es el caso del expresidente Gabriel Boric. Cuando mira hacia atrás, la mayor parte de su trayectoria vital está ocupada por esa extraña mezcla de alergia por el mundo que se recibe y anhelos algo desordenados de otro mejor, eso que Claudio Giaconi llamó “La difícil juventud”. Y lo espera la mayor parte de su peripecia vital.
No puede, pues, esperarse de él que adopte esa actitud de dignidad con que se disfraza el empujón de los años y que portan quienes han concluido su quehacer y han transitado, o comienzan a transitar, la línea que los separa del conflicto y la rencilla.
Tampoco es razonable esperar que no intervenga en la vida pública discutiendo algunas de las medidas del Presidente Kast, si este, por su parte, insiste una y otra vez en atribuir todas las dificultades que experimenta la sociedad chilena al gobierno del primero, insinuando que habría sido negligente. Es raro lo que ocurre en esta especie de enfrentamiento sordo entre el expresidente y el actual. Es probable que exista allí también un problema de personalidades inconciliables: la actitud simple y sosegada de un conservador (de quien nunca se sabe si no entiende del todo, o entiende; pero lo que ocurre no logra alterarlo) y la actitud alerta de quien se quiere progresista en todas las circunstancias de la vida (sembrando la incógnita de si esa actitud vital acompañada de un cuidado desaliño en el vestir, no es más que la porfía de un personaje que no logra abandonar del todo).
Lo que cabría esperar del presidente Gabriel Boric es que, en vez de reaccionar frente a las medidas gubernamentales —que es la tentación a la que acaba de ceder a propósito de los embargos del CAE—, comience a tejer un planteamiento respecto de la sociedad chilena que nunca logró, por lo prematuro y accidental de su ascenso al poder, formular del todo. Es verdad que ha dicho cosas, incluso algunas tremebundas, como esa que anunciaba el funeral o la tumba del neoliberalismo, o esa otra confesión, más propia de un diván, según la cual había algo en él que deseaba el fin del capitalismo. Es cierto. Dijo cosas. Pero la verdad sea dicha, no alcanzó a pensarlas, a transformarlas en un programa madurecido y bien pensado de cambios con sentido político. Pensar con sentido político quiere decir (es cosa de leer a Aron o a Weber) resignarse a que la pureza absoluta no es nunca posible, que siempre hay una estela de dudas morales en la acción, y que la realidad acaba siempre teniendo la última palabra, motivo por el cual hay que describirla bien si se quiere rodearla o modificarla.
No es necesario ser perspicaz para darse cuenta de que el ideal del yo del expresidente Gabriel Boric es una cierta vocación intelectual en el campo político. Lo dicen los frecuentes libros bajo el brazo, la actitud reflexiva que a veces adopta, las citas frecuentes, el ceño que frunce de manera deliberada, queriendo mostrar que reflexiona. Es hora entonces de que principie a ponerse a la altura de ese ideal que, sin duda, abriga, y dedique su tiempo no a reñir con el Presidente Kast (a quien el asunto lo tiene, además, sin cuidado), o a desempeñar el papel de joven (que ya no es) desaliñado y rebelde, sino ponerse a pensar para responder la pregunta que los años que han pasado dejaron flotando en el aire, ¿qué significa hoy —cuando es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo— ser de izquierda?