La reciente publicación del último Informe de Finanzas Públicas encendió luces de alerta. Este tradicional documento, elaborado por la Dirección de Presupuestos (Dipres) y esta vez inusualmente firmado por el ministro de Hacienda, da cuenta de un deterioro significativo del escenario fiscal. Y aparecen algunas diferencias en las proyecciones de la deuda para el período 2026-2030. Esta supuesta incoherencia —técnicamente existiría una “brecha de inconsistencia”— nos llevará a romper la barrera del 45% de deuda pública.
Este balde de agua fría cayó en manos de José Pablo Gómez, el nuevo director de Presupuestos, alguien que conoce bien el teje y maneje de la respetada y temida Dipres. Gómez ejerció en esa repartición entre 2008 y 2022, esto es, durante los cuatro gobiernos de Bachelet y Piñera. Lo importante ahora es restablecer esa impronta y reputación que han caracterizado el trabajo de Hacienda y la Dipres. Por eso, más que acusaciones o defensas, hay que mirar al futuro en este nuevo contexto. Si fue un error o si solo cambiaron los supuestos, es una materia técnica aún por dilucidar que no debe alejarnos de la nueva realidad económica y fiscal. Las finanzas públicas están muy apretadas y el contexto internacional sigue volátil.
Ahora bien, este episodio encierra dos temas de fondo. Por un lado, la actitud o el carácter de la generación política del Frente Amplio. Por otro, la épica de la responsabilidad fiscal.
Al alero de los movimientos estudiantiles se formó una nueva élite política que hizo su estreno con Bachelet II. Con la promesa de un nuevo país, iniciaron su ascenso al poder. Sufrieron torturas imaginarias en el metro. En Piñera veían a Pinochet. Machacaron esa idea falsa de que Chile era el país más desigual del mundo. Y denostaron los 30 años más exitosos de nuestra historia. Para ellos todo habría sido una farsa. En definitiva, nos hicieron creer que Chile era un fracaso. Y que ellos serían los mejores.
Si hay algo que caracterizaba a muchos de esos jóvenes fogueados en las asambleas estudiantiles, era su alta concepción de sí mismos. Encarnaban cierto ethos de dogmatismo con un dejo de soberbia. Muchos de ellos, formados en las mejores universidades del mundo gracias al Estado y al esfuerzo de todos los chilenos, se sentían superiores. La credencial de un posgrado y un par de papers los convertía en poseedores de alguna verdad. Después de cuatro años de experiencia en el gobierno, la realidad hizo de las suyas.
Las ironías de la historia están a la vista. Los padres y abuelos de esas jóvenes promesas están a la deriva: la vieja socialdemocracia no encuentra su rumbo. La tumba del neoliberalismo hoy parece una broma de mal gusto. Y ese puñado de movimientos que se cobijó bajo el paraguas del Frente Amplio finalmente se unió al orden y la estructura del PC. Pareciera que la superestructura, como decía Marx, no es lo de ellos.
En el tema fiscal, el gobierno de Boric se jactó por haber estabilizado la deuda. Sabemos que eso no fue así. Y si durante el primer año el esfuerzo para recuperar la responsabilidad fiscal fue reconocido, los siguientes tres años dejaron mucho que desear. Marcel, el fundador y cerebro detrás de la regla fiscal, no pudo contener el déficit. Y fue víctima de su propia creación.
Sin embargo, todo esto es también una oportunidad para volver a conectar la economía con la política. Primero, es importante dejar atrás las acusaciones constitucionales por errores no intencionados o diferencias de interpretación. Segundo, la necesidad de un ajuste debe ir acompañada de un horizonte. Si la caja o las cuentas no calzan, debe existir una épica y una esperanza. Hay espacio para la honestidad, pero el discurso debe ser claro y simple. Y lo que es más difícil, con sentido de futuro. Vaya desafío.