Para muchos resulta incomprensible la actitud empecinada del PS, el PPD y la DC en el Congreso. Parece que nada, ni siquiera las mejores iniciativas del Gobierno, merece su apoyo.
La explicación más habitual para esta terquedad consiste en la teoría del vagón de cola. De acuerdo con ella, la izquierda tradicional, de talante democrático tradicional, está condenada a bailar al ritmo de la música que le ponen el FA/PC. ¿A qué se debe esta actitud?
La explicación es histórica. Tras la traumática experiencia de la derrota/fracaso de la UP, el socialismo se renovó y cambió tanto que llegó a hacer coalición con un partido moderado, como era la DC de Aylwin y Frei. Así gobernaron el país durante 17 años, pero en realidad muchos de sus referentes no hicieron lo que verdaderamente querían. Como el temor a repetir la experiencia de Allende era muy grande, aceptaron de mala manera aplicar las recetas económicas “neoliberales” y cumplir las reglas de la democracia protegida, dictadas por los llamados enclaves autoritarios.
En el fondo, se limitaron a seguir el juego de los sectores pragmáticos y hoy, cuando sus hijos frenteamplistas les dirigen un dedo acusador, se llenan de vergüenza. Por eso, ahora se contentan con viajar en el último vagón del carro de la historia, que estaría conducido por la nueva izquierda. Este complejo de inferioridad ante el FA/PC explicaría que la izquierda tradicional no quiera colaborar en nada con el gobierno de Kast.
Es posible que haya mucho de verdad en esta explicación. Hay, sin embargo, otra alternativa, que es complementaria. La mayoría de esos parlamentarios son personas experimentadas y tienen cierta cultura. Esto significa que reconocen todo lo bueno que hay en las iniciativas del Gobierno, y si las rechazan, lo hacen precisamente porque cabe que tengan éxito y, paradójicamente, produzcan un daño profundo al país. Supongamos que se atrae la inversión, se impulsa el crecimiento, se destraban los permisos para emprender y se entrega esa seguridad básica que requieren las empresas para trabajar a largo plazo y generar empleo. Estas recetas ya han resultado otras veces, también en Chile.
¿Qué consecuencia podría tener el éxito de esas políticas? Los números van a mejorar, pero, según teme cierta izquierda, se instaurará en Chile una nefasta lógica de competencia y consumismo, además de generalizarse la idea de que es posible emplear soluciones privadas para los problemas públicos. Todo esto es inaceptable para la izquierda.
Este marco interpretativo torna comprensible la actitud de nuestra izquierda. De ahora en adelante, todo se reinterpretará en este contexto. Así, se reconoce que el Estado se ha hipertrofiado y que sobran numerosos funcionarios públicos; también se admite que existe una burocracia asfixiante, pero las medidas que se tomen en esa dirección no se interpretarán como una necesaria modernización del Estado, sino su auténtico “desmantelamiento”, según dicen indignados. ¿De verdad cabe pensar que corremos en Chile un riesgo semejante?
Así las cosas, cualquier iniciativa que parezca encaminarse hacia el bien común, aunque sea reconocida como necesaria por los expertos que tienen sensibilidad de izquierda, ya no será eso, sino parte de un plan de la “ultraderecha” con el que resulta imposible colaborar.
Ya no hay medidas como atraer la inversión o promover el empleo, sino que la totalidad de las acciones gubernativas se interpretan en función del macroconflicto entre las fuerzas progresistas y las que representan a la reacción. Todo es política y hasta la cuestión más pequeña es transformada y puesta en un contexto mayor.
No estamos, por tanto, en presencia de un simple problema psicológico que se expresa en el complejo de inferioridad del PS/PPD ante el FA/PC, sino también de una cuestión filosófica. Ya no existen medidas que están dirigidas hacia un bien común que cualquiera puede reconocer de más allá de la propia postura política, sino que todo resulta reinterpretado en un contexto más amplio. Así, cualquier acuerdo al que se llegue con la derecha es una forma de colaborar con la instauración en Chile de un proyecto conservador o incluso autoritario. No importa que Kast reconozca el valor de la prensa, que respete a sus adversarios y haya llevado adelante una política respetuosa de quienes piensan distinto. Todo lo que diga y haga será siempre una expresión del “fascismo” que esconde en lo más hondo de su alma. Las cosas no son aquello que vemos, sino expresión de una agenda oculta. Nada de lo que pueda hacer los llevará a cambiar su juicio: si no veo el mal, es porque está muy bien escondido.
Esta actitud tiene dos consecuencias nefastas. La primera es que, en esas condiciones, resulta muy difícil la actividad política, como ha podido constatar el Gobierno en este par de meses. La política supone reconocer las divergencias, pero que se interpreten como una diferente manera de ver la vida, no como pura mala fe.
La segunda es que, como ellos —que deberían ser los interlocutores naturales del Gobierno— se niegan a dialogar, dejan el camino despejado para el Partido de la Gente: se transformará en la bisagra del sistema político, sacará mucho provecho y se erigirá como la alternativa natural para ser la continuidad en el próximo período presidencial. Sin quererlo, la izquierda le habrá preparado el camino al PDG.