Una de las formas de evaluar cuán bien o cuán mal se encuentra un país, o una persona, o un grupo de personas, lo mismo da, consiste en atender a las cosas que ocupan su atención y la forma en que se refieren a ellas.
En el caso del actual momento de la sociedad chilena la situación, no vale la pena engañarse, es lamentable.
Por ejemplo, este mismo día viernes en una radio se entrevistaba a la ministra de Desarrollo Social y Familia. Y al margen de lo que decía, llamaba la atención la forma en que lo fraseaba. Comenzaba todas sus respuestas con un infinitivo. En vez de decir “pienso que sería útil informar tal cosa…” o “querría subrayar tal otra”, iniciaba todas sus intervenciones al igual que lo hacen muchos periodistas televisivos o radiales con un verbo en infinitivo: informar que…, subrayar que….decir que…etcétera. Es un misterio dónde y por qué decidieron que esa era una forma correcta de hablar.
Acto seguido el subsecretario del Interior daba explicaciones cantinflescas para expresar que la obligación impuesta a actores públicos y privados de entregar datos de emigrantes, no era una obligación en absoluto.
Y está, claro, el caso del Presidente que llama metáfora a una expresión demagógica, es decir a prometer algo que se sabe exagerado y falso, o que preguntado por qué se opone a que reos por delitos de lesa humanidad vayan a recintos comunes dice que “no corresponde” como si eso fuera una razón (cuando de lo que se trataba es de que dijera porqué, en su opinión, no correspondería hacerlo). O la ministra de Seguridad solicitando que la dejen usar PowerPoint y cuando se le niega, se pone a deletrear con dificultades un texto, como una niña que lee el silabario, texto que no contenía plan de seguridad alguno porque, confesó, no imaginó que lo esperaran. Y están los comentaristas que incurren en el simplismo de llamar octubrismo a cualquier forma de protesta, como si en cualquier deseo de manifestarse anidara el anhelo de ejercer violencia al Gobierno. Y todo esto, claro, en un ambiente de extrema gentileza de los medios hacia este último, como si no mereciera la más mínima apreciación crítica. Por supuesto los medios (incluido este, claro está) tienen todo el derecho a tener línea editorial e irrumpir en aplausos cada vez que lo decidan o enmudecer cuando lo juzguen prudente e incluso, como hizo un entusiasta, atribuirle virtudes cardinales y teologales al Presidente; pero siempre que se den un tiempo para ejercer el espíritu crítico o la apreciación racional de las cosas que es un deber, una parte inescindible, del oficio periodístico.
Durante el gobierno anterior a este, se criticó, y muchas veces con toda razón, la inexperiencia de quienes condujeron el Estado o los arrestos poéticos del Presidente Boric (quien tenía al menos la virtud de reverenciar y practicar la lectura). Hoy, en cambio, y teniendo a la vista que todos los planes gubernamentales parecen guiados por el único propósito de hacer un ajuste fiscal —de manera que todos los restantes ámbitos del quehacer gubernamental están subordinados a él—, el ánimo crítico brilla por su ausencia. El Presidente confiesa que en campaña se comportó con la exageración propia de un vendedor de autos usados (y al confesarlo le faltó decir algo así como: ¿pero cómo no se dieron cuenta de que eran exageraciones?) y los medios ven el asunto incluso con cierta simpatía, como si fuera una gracia obrar de esa manera en el ámbito público. Por supuesto se critica, y con razón, la multitud de indicaciones que la oposición preparaba para oponerse al proyecto gubernamental (qué frivolidad, se dice, pero qué manera de malentender su deber) y para frenarlas se recurre a una triquiñuela más o menos parecida, las indicaciones sustitutivas (y, claro, esto ya no es frivolidad, sino ingenio y astucia que se celebra).
Y así.
Ministros que hablan mal o que no hablan, o que solo saben hablar de números y emplear neologismos o que apenas deletrean un texto, o que para exponer ideas necesitan PowerPoint; un Presidente en terreno en una suerte de variación del “aló, Presidente” tan criticado alguna vez; y periodistas simpáticos que parecen preocupados ante todo de mantener sus redes y tener a flote a la audiencia y a los avisadores en vez de preguntar de veras y hacer el escrutinio de los actos y los dichos gubernamentales; y una oposición carente de guía y de ideas que oponer o sin la capacidad de al menos denunciar la pobreza de las que circulan.
Y así estamos, nadando en medio de un ámbito público empobrecido, resignados a escuchar infinitivos en vez de frases bien formadas, metáforas que no son metáforas, lecturas que no son lecturas sino apenas esfuerzos por lograrlas, entrevistas que no son entrevistas sino gentiles conversaciones entre amigos, planes gubernamentales que no son planes, sino apenas decisiones de reducción fiscal, y una prensa amable hasta el exceso.
Como para pensar que la reducción fiscal ha tenido como efecto jibarizar también las habilidades discursivas.