Los chilenos asociamos, en forma natural, el mes de mayo a la gesta heroica de Arturo Prat en Iquique, el Combate Naval del día 21. No hace tanto, según decreto, se añadió celebrar el 10 de mayo el Día de la Madre (aunque se ha ido imponiendo el segundo domingo del mes). Sin embargo, la memoria colectiva —que es frágil, con mayor razón en este caso— ha omitido asociarlo al terremoto.
Aunque fue conocido en el período prehispánico, el más antiguo registrado en Santiago bajo dominio español ocurrió la noche del 13 de mayo de 1647 y su magnitud fue de 8,5 grados, destruyendo casi toda la ciudad y con una mortalidad del 20% de su población. Su sencilla construcción colapsó. Las labores de reconstrucción se extendieron por años. Se volvió a utilizar adobe, pero de mayor grosor en las viviendas más modestas y numerosas, con menos altura. Las restantes fueron edificadas de piedra, madera y cal. Los previsores armaron “ranchos de temblores” básicos y de madera, como refugios distribuidos por aquí y por allá.
El 25 de mayo de 1751, de madrugada, la ciudad de Concepción (Penco) fue afectada por un devastador temblor que la destruyó por completo; su magnitud alcanzó los 8,5 grados, prolongándose seis minutos, seguido del respectivo tsunami. Se recogió un kilómetro el mar y retornó devastador. La mortalidad no fue alta, comparada con el volumen de su población. El impacto más significativo para sus habitantes fue el traslado de su emplazamiento a la ubicación actual.
Hay una docena y más de terremotos en mayo, pero el del día 22, en 1960, en Valdivia, fue el más feroz. De 9,5 grados, reestructuró la geografía de la zona y derrumbó el 80% de la ciudad; localidades del interior y de la costa se hundieron 2 metros. El tsunami, con olas de 10 m, arrasó una larga zona costera y se desplazó por el Pacífico, alcanzando riberas de Hawái, Filipinas y Japón. Hubo otros efectos zonales: en ríos, lagos y un volcán.
Es una historia de desastres, pero también de esfuerzos comunitarios e institucionales, de resiliencia y reinvención. Corriendo el año 2008, se dispuso instituir el Día Nacional de la Ingeniería, conmemorando la profesión. Al Colegio respectivo se le encargó elegir el día, decidiendo que fuera el 14 de mayo. De manera que el Ministerio del Interior, mediante decreto supremo, procedió el 2009 a instituirlo como onomástico de la profesión. Justo el día después de la tragedia de 1647, honrando de esa manera los trabajos que se iniciaron en forma individual y mancomunada, cuando con técnicas precarias, despejando escombros, con materiales modestos y directrices “ingenieriles” de algún modo, los habitantes levantaron de nuevo su ciudad. El Colegio, desde la distancia temporal, valoró el “reconstruir” como una máxima o piedra angular de la Ingeniería Civil.