Ninguno de nosotros ha elegido su nombre, la Iglesia Católica tiene una costumbre atípica en esta materia: quien es elegido papa adquiere un nombre nuevo. Quizá sea un eco de la práctica del propio Jesucristo, que le puso “Pedro” a un pescador de Galilea que se llamaba Simón. Hoy estamos acostumbrados a los Pedros, pero en ese entonces llamaba mucho la atención, ya que esa denominación significa “piedra”. Es tanto como si a uno de nosotros empezaran a llamarlo “ladrillo”, “peñasco” o algo semejante. Este cambio indicaba la función que debía desempeñar en esa comunidad compuesta por gente insignificante que en pocos años se iba a extender por todo el mundo.
Así las cosas, dos mil años después, un sacerdote de Chicago y misionero en el Perú decidió que ya no se llamaría “Robert”, sino “León”. Lo hizo evocando a León XIII (1810-1903), el papa de la Rerum Novarum, infatigable promotor de la paz e impulsor de una profunda renovación intelectual en la Iglesia Católica después del difícil siglo XIX.
Se trata de un nombre que, en sí mismo, representa todo un programa de acción, un plan que hemos visto desplegarse, sin estridencias, pero con toda claridad, a lo largo de este primer año de su pontificado.
Su preocupación social es notoria, y se ha expresado en estos días con un viaje poco espectacular, pero muy significativo. En su primer recorrido extenso, León no eligió ir a algunas de las principales potencias del mundo, allí donde se toman decisiones que afectan a miles de millones de personas. Él visitó Argelia, la tierra donde vivió San Agustín, su inspirador, un lugar donde hubo antaño una floreciente comunidad cristiana, de la cual apenas quedan restos, pues fue aniquilada por la violencia. El camino del cristianismo no tiene por qué estar lleno de triunfos.
El obispo de Roma también recorrió tres naciones del África subsahariana: Angola, un lugar que por décadas sufrió cruentas guerras civiles, Camerún y Guinea Ecuatorial, un país que pocas personas podrían ubicar en el mapa. Allí tuvo un encuentro con los presos de la cárcel de Bata, famosa por ser la más dura del país. Quienes han visto esas imágenes apenas han podido contener las lágrimas al ver a los 650 internos bailando bajo la lluvia mientras entonan en castellano un canto que expresa su arrepentimiento: “Ora por nuestros pecados y nuestra libertad”. Los presidiarios y el Papa mostraron una lógica muy distinta de la que suele imperar en las relaciones humanas de nuestro tiempo, marcadas por las recriminaciones, el enfrentamiento y la polarización.
La preocupación por la paz ha sido otra de las constantes en este pontificado. Ella ha sido puesta de relieve por la prensa con ocasión de las duras críticas que le ha dirigido el Presidente Donald Trump, quien lo acusa, entre otras cosas, de promover que Irán tenga una bomba nuclear.
Esto no es así. León no es un pacifista. Él acepta la milenaria doctrina cristiana sobre la guerra justa, pero no puede dejar de advertir que la legitimidad de un conflicto no se funda solo en la justicia de su causa (supuesto que se cumpla), sino también en los medios que se emplean para llevarla a cabo. Y aquí el Papa tiene serios reparos, en especial a la vista del enorme daño que esta forma de combatir ocasiona a la población civil.
También hay otro paralelo entre León XIII y León XIV en lo que se refiere a la renovación intelectual del catolicismo, que implica ir a sus fuentes y, al mismo tiempo, hacerse cargo de los problemas contemporáneos. Es notorio, por ejemplo, su recurso constante al pensamiento de San Agustín, pero también al de otros teólogos, como John Henry Newman. Muy elocuente resulta el tema que ha elegido para sus audiencias de los miércoles: ha acometido un detallado y profundo comentario de los diversos documentos del Concilio Vaticano II.
Las páginas del Concilio entregan a los católicos de nuestro tiempo valiosas herramientas para llevar a cabo un diálogo con el mundo contemporáneo. Se trata de un diálogo desde la propia tradición, donde ambas partes tienen mucho que aportar. No es, como algunos han entendido, una rendición incondicional a mentalidades y modos de vida incompatibles con el seguimiento de Jesucristo.
En este campo, no le han faltado a León dificultades, especialmente con una parte del catolicismo alemán, que parece empeñado en presentar un cristianismo light, que ha perdido el carácter de provocación que trae consigo el mensaje de la cruz. Las consecuencias de este cristianismo aburguesado son notorias. Aunque la Iglesia en Alemania abunda en riquezas materiales, sus templos están cada vez más vacíos. El contraste con otros países es notorio. En los Estados Unidos, por ejemplo, son innumerables las iglesias que están llenas de gente joven, personas que no tienen el más mínimo interés en un cristianismo políticamente correcto. Un fenómeno semejante tiene lugar en la laicista Francia.
Probablemente León no aparecerá muchas veces en las primeras páginas de los diarios, y tampoco sé si alguna vez ocupará un papel relevante en los libros de historia. Pero quien escuche sus palabras y atienda a sus gestos podrá constatar que, con su estilo ponderado, acogedor y no exento de un humor muy fino, este papa nos muestra el atractivo que puede tener un cristianismo que es amable y exigente a la vez.